Gracias a La Clínica es Nuestra, el Faispiam y médicos cubanos, Potrero de la Palmita y otras localidades ya cuentan con servicios sanitarios
Lunes 26 de enero de 2026, p. 13
El Nayar, Nay., Cuando Marina Medrano tuvo a sus primeros cuatro de ocho hijos, en los años 80 del siglo pasado, sólo contó con la ayuda de su esposo. “Ándale, puja, me decía”. En La Palmita no había clínica y nada pudo hacer para que vivieran. A dos les picó un alacrán, a otro “en su popó salía sangre” y al cuarto le dio tétanos porque hubo que cortar el cordón umbilical con una navaja.
Así lo cuenta la mujer que ahora forma parte del comité de vigilancia en el centro de salud en el poblado wixárika Potrero de la Palmita. Ahí fueron reubicadas las personas para “estar más cerca”, por lo menos de la presa Aguamilpa, que se construyó en los primeros años de los 90.
Para llegar a La Palmita hay que caminar dos horas. Las autoridades “dijeron que en Potrero estaríamos mejor”, lo que fue cierto en parte, pues aunque construyeron una clínica, no había doctor y menos medicinas. “Últimamente ya estaba bien fea, el techo se estaba cayendo y los muebles estaban todos viejos”, recuerda Marina en entrevista, luego de que terminó su tarea de estar pendiente de la entrega mensual de medicamentos y material de curación por parte de IMSS-Bienestar.
Algo ha empezado a cambiar, dice, porque ya hay doctores. Con el dinero que llegó del programa La Clínica es Nuestra, se hicieron los arreglos al inmueble.
Dos médicos familiares cubanos garantizan la atención en los turnos matutino y vespertino, y también cuando se necesite porque viven en el pueblo, y gracias a la organización comunitaria que se ha logrado, los enfermos graves pueden ser trasladados en alguna de las dos “ambulanchas” disponibles hasta la cortina de la presa. De ahí, en transporte terrestre al hospital general en Tepic, la capital del estado.
Estos mismos especialistas aceptaron prestar sus servicios en las casas de salud de Aguamilpa y El Colorín, dos de las 25 comunidades que se encuentran en los alrededores de la presa, y donde los habitantes también se han organizado para construir lo que bien podrían ser considerados como centros de salud.
Decisiones conjuntas
En Aguamilpa, la población recibió dinero del Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social para Pueblos Indígenas y Afromexicanos (Faispiam) y en asamblea decidió construir la Casa de Salud. “Teníamos una, era rústica y se cayó con las lluvias”, explica Adolfo Eligio Salvador, comisariado ejidal.
A estas pequeñas localidades llegan las unidades médicas móviles cada 15 días. En Nayarit funcionan 24, y están integradas por un promotor de salud y una enfermera que ofrecen servicios básicos de prevención con la aplicación de vacunas y la impartición de talleres.
Por eso, en Aguamilpa, “le dimos prioridad a la salud; es esencial y carecíamos de esto”, dice el comisariado ejidal, al tiempo que señala la obra recién terminada.
La coordinación estatal del IMSS-Bienestar acordó con la población enviar al médico cada 15 días y dotarlos de un paquete de medicinas con 60 fármacos para enfermedades comunes y control de algunas de carácter crónico, como la diabetes y la hipertensión arterial.
Para los habitantes de la comunidad, es un logro y reconocen el trabajo hecho. La casa es de tabique con aplanado y pintura. El piso es de losa blanca y el día de la apertura estaba reluciente.
Había llovido, los visitantes traían lodo en los zapatos y se abstuvieron de entrar, pero los primeros pacientes, sin pensarlo, se quitaron los zapatos, los dejaron a un lado de la puerta y entraron descalzos.
Así, el piso se mantuvo limpio, y cuando se ensució, de inmediato Hipólita Díaz, voluntaria de salud, trajo la escoba y ella misma se puso a barrer “para que siga bonito”.











