un mesero huérfano que sólo estudió la primaria y fue amante del futbol debemos unas 300 canciones con las que, guitarra en mano, le puso voz y corazón a un país. Sin saber una nota de solfeo ni de pentagramas para representar gráficamente la música, escribió la banda sonora de nuestras emociones, de nuestras alegrías y traiciones; de nuestros amores y parrandas. El hijo del pueblo, El rey.
Ayer se cumplió un siglo del nacimiento de José Alfredo Jiménez.
Decía Carlos Monsiváis que se había convertido en una de las propiedades emocionales de una comunidad sin fronteras porque en su obra concurren el abandono, la necesidad de despedirse de la ingrata, la urgencia de la represalia, la gana de informarle a todos de las provocaciones de una mala mujer, la muerte de la privacidad, la algarabía alcohólica.
Él extrae el clamor que contiene el rezongo, el alborozo que el resentimiento suele sepultar. Con el juego entre la voz desatada y la confidencia, decía nuestro extrañado Monsi, “se vuelve a un tiempo el clamor de lo mexicano, y el éxtasis de lo popular”. Estaba seguro de que quien no se deja representar por José Alfredo carece, ante sus propios ojos, de legitimidad emocional.
Su vasto catálogo de más de 300 temas abarca huapangos, boleros, corridos y, por supuesto, la canción ranchera que permanece como una de las líneas de identidad del alma mexicana. Dicen que para entender a México hay que pasar por ciertos ritos. Uno de ellos es escuchar a José Alfredo.
José Alfredo participó como actor y cantante en una veintena de películas. Coincidió con María Félix en la cinta Juana Gallo de Miguel Zacarías. Una película ambiciosa por su reparto, por su música y por estar basada en la vida y leyenda de Angela Ramos, una zacatecana de carácter fuerte que al parecer participó en la Revolución Mexicana; una de las muchas adelitas fraguadas en el movimiento armado.
María, años después, dijo en una presentación con voz engolada que la canción Ella, de José Alfredo, se la había compuesto: “esta canción me la compuso un enamorado sin ilusiones… fue para mí”. La familia del compositor sabía la verdad: había sido escrita para una prima quien nunca le hizo caso. Pero como sea, habitar de esa manera en la cabeza de La Félix habló muy bien del músico guanajuatense.
Si las canciones de este compositor han sobrevivido en el gusto popular se debe, me parece, a ese entramado de experiencias amorosas exitosas o marcadas por el fracaso que refieren sus letras. No conozco mejor sistema de educación sentimental que el de la música. Sin letra conecta, con letra puede convertirse en patria acústica, en memoria colectiva.
Dice su hija Paloma Jiménez, gran conocedora de la obra de su padre, que la estructura de sus canciones más emblemáticas empieza con afirmaciones fuertes, directas para atrapar de inmediato las emociones. “La primera frase de una canción tenía que ser contundente… fácil de atrapar de un solo golpe:
“Te vas porque yo quiero que te vayas”, “Me cansé de rogarle” “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida”, “Estoy en el rincón de una cantina”, “No vale nada la vida, la vida no vale nada”.
La canción ranchera, según Monsiváis, es “el reino de las victorias póstumas” y José Alfredo uno de sus más emblemáticos baluartes. Al convocar a la desesperanza, estas composiciones hacen que su eje sea la vocación de los vencidos. Para Monsiváis, es el gran ejemplo del nacionalismo cultural vuelto melodrama, quiebre existencial y de autodestrucción: “que me sirvan otra copa y muchas más, que me sirvan de una vez pa’ todo el año.”
Una anécdota compartida por su hija Paloma da cuenta de la gran imaginación creativa de José Alfredo, quien se inspiraba siempre en la vida menuda. El famoso corrido de El caballo blanco da cuenta de una accidentada gira que hiciera por el Pacífico. El caballo era un automóvil Chrysler 1957. Cuando refiere que cojeaba es porque una llanta se había ponchado y, al decir que llevaba el hocico sangrando, es porque el radiador se había sobrecalentado y el agua salía a borbotones. La ternura del valle del Yaqui es la vulcanizadora que allí encontró.
Poesía de lo inmediato con metáforas certeras llamó a ese recurso Monsiváis.
Ahora que con motivo de su centenario se reditará su cancionero, tendremos la oportunidad de conocer mejor ese vibrante ADN de lo mexicano, ese nacionalismo que en este mundo global surge cuando escuchamos sus canciones. El material inédito que habrán de musicalizar jóvenes compositores según su estilo volverá a refrendar que la vida menuda de uno forma parte de la vida de todos.











