Editorial
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¿Fin del bloque occidental?
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or lo menos desde el término de la Segunda Guerra Mundial, el término “Occidente” ha significado, primordialmente, el bloque de países que, sin importar su ubicación geográfica, se alinean de manera incondicional a Washington y disfrutan del beneplácito de la Casa Blanca para organizar sus asuntos internos e impulsar su desarrollo económico. La relativa autonomía política y el “permiso” para alcanzar la convergencia con los estándares de vida estadunidenses son elementos claves para distinguir a los privilegiados miembros de este club de aquellos otros países cuyos dirigentes obedecen ciegamente a Estados Unidos mientras sus riquezas naturales son saqueadas y sus habitantes, condenados a condiciones laborales cercanas a la esclavitud en las grandes corporaciones occidentales. Así, por ejemplo, Japón es indudablemente occidental, pero la Argentina de Menem y Milei o la Colombia de Uribe nunca lo fueron ni lo serán.

Si bien en un marco asimétrico en el que Estados Unidos disponía y Europa (más Israel, Japón, Corea del Sur y Australia) seguía, Occidente se mantuvo unido sin fisuras mayores hasta 2017, cuando Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca con un discurso hostil hacia el pilar de la simbiosis estratégica entre Washington y Bruselas: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Durante su primer mandato, el magnate acusó de manera reiterada a los miembros europeos de la OTAN de aprovecharse de la “generosidad” estadunidense y de no gastar lo suficiente en defensa, lo que en la lógica transaccional del magnate se tradujo en un chantaje para que sus socios adquiriesen más armamento a las trasnacionales de Estados Unidos.

En buena medida, a causa de la guerra contra Rusia, precipitada por Joe Biden, Europa satisfizo las demandas trumpianas con presupuestos militares impensables hace apenas un lustro, para los cuales incluso suspendió su estricta legislación contra el déficit fiscal. Sin embargo, lejos de colmar el apetito del huésped de la Casa Blanca, la aquiescencia desbordó sus ambiciones: desde su regreso al poder, del que hoy se cumple un año, ha impuesto a sus aliados europeos aranceles tan o más elevados que los dirigidos contra rivales, cuestionado la utilidad de la OTAN y, sobre todo, insiste en que arrebatará a Dinamarca la isla de Groenlandia “por las buenas o por las malas”.

Hasta el momento, Bruselas había digerido todos los golpes, pero el asunto del Ártico desató una resistencia inédita de siete países que respaldan a la corona danesa en su defensa del territorio groenlandés como “nación constituyente del reino de Dinamarca”. Las fricciones han escalado hasta el punto en el que, por primera vez, la Unión Europea plantea responder a las tarifas punitivas de Trump con un mecanismo anticoerción diseñado para proteger a todos los miembros que puedan ser coaccionados de forma económica por terceros.

Es probable que el político republicano y sus asesores descarten la capacidad de sus socios atlánticos para presentar un frente unido ante las agresiones, y hay elementos que les dan la razón. Polonia, por ejemplo, ya dejó claro que nada romperá su condición de Estado satélite de Washington y el primer ministro británico, Keir Starmer, esquiva toda pregunta sobre el respaldo a la estrategia continental y rehúsa la confrontación con el pretexto de preferir “soluciones a eslóganes”, aunque Trump sea explícito en que la única solución aceptable para él es la entrega “completa y absoluta” de Groenlandia, como si se tratase de la venta de un lote para instalar un campo de golf.

Con todo, la creciente agresividad de la Casa Blanca entraña el riesgo de que las cosas se salgan de su control, con repercusiones impredecibles sobre una relación comercial que alcanza 1.5 billones (millones de millones) de dólares al año y supone el principal destino de las exportaciones de servicios estadunidenses, así como una cuarta parte de los ingresos de las grandes empresas tecnológicas cuyos dueños y directivos son los principales financiadores del trumpismo.

Más allá de lo económico, una ruptura de la OTAN sería una herida grave a la capacidad estadunidense para proyectar poder global, privando a la superpotencia de los aliados que habilitan su interferencia en el resto del mundo con la tranquilidad de que el frente europeo está permanentemente asegurado. Se trataría, pues, de un cataclismo geopolítico, acaso el más relevante desde el colapso de la URSS en 1991.