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Ciudad perdida

Varias preguntas sobre la reforma electoral // Políticos y policías, en último sitio de confianza

A

querer y no, uno se pregunta: ¿qué clase de reforma político-electoral es la que tenemos enfrente?

Y no solamente. Son varios los cuestionamientos sobre este quehacer que resultan, podríamos decir, naturales, porque hasta el momento no tenemos claro qué es lo que se pretende, y eso ha llevado a una serie de especulaciones que en nada benefician al proceso, pero propician la confusión.

Parece como si la discusión se centrara solamente en algunos puntos, como el de la existencia en las cámaras, de diputados y senadores, de los representantes de las minorías, los llamados “plurinominales”, o si los partidos políticos deben recibir más o menos recursos para sus trabajos.

Ésas son demandas que deben ser atendidas de inmediato, pero si ya se está en la transformación, ¿por qué no ir a fondo y plantear un nuevo acuerdo que permitiera a la política elevar sus niveles de reconocimiento popular?

Para nadie es un secreto que los políticos y los policías –estos últimos, cada vez menos, y los primeros cada vez más– comparten el último lugar en la confianza ciudadana.

Nuestra política está desprestigiada, corrompida, y ha levantado un muro de cinismo desde donde ondean las banderas de los diferentes partidos, que es cada vez más indignante. Elección tras elección, decepción tras decepción.

Y es que con este sistema político a la mexicana fracasó la democracia. Véalo bien. Aquí pierden las mayorías y triunfan los menos. Por ejemplo: los partidos tumor –bultos anormales que le han crecido a la misma democracia– pueden decidir si una propuesta favorable a los más se convierte o no en ley, es decir, el apotegma aquel de “la democracia es el mandato de las mayorías”, es mentira, cuando menos aquí.

Aunque esa situación tiene remedio. El interesado en el triunfo prodiga recursos y promesas para quienes los secunden en sus ambiciones, así sean las más nobles, porque no hay ninguna otra manera de hacer que triunfe el interés común.

Para eso, para darle un argumento al chantaje, es que se inventó eso de la mayoría calificada, concepto que derriba la idea de que el que triunfa lo hace hasta con la diferencia de un voto, cosa que no sucede en las cámaras. Si la democracia mandara en esos recintos, la mayoría simple serviría para darle sentido al mandato de la gente.

Y es que para eso son las elecciones, para darle las riendas de gobierno a quienes obtengan la mayoría, cosa que en realidad no sucede. Hoy, para lograr que una idea se convierta en ley, se necesitan cómplices.

Por ejemplo, al partido verde no le importa quién gane. Ellos siempre triunfan porque tienen el voto o los votos con los que se logran las mayorías, y tampoco les importa si la ley favorecerá a la izquierda o a la derecha. Ellos cobran, como sea, su servicio, y eso no es democracia, eso es sólo un business por el que subsisten.

Si esa “mayoría calificada” se rompiera, si dejara de existir, tal vez se podrían extirpar esos partidos “tumor” tan peligrosos y la democracia podría volver a su cauce, pero hay que recordar que los tumores, si no se extirpan a tiempo, crecen tanto que se convierten en males incurables.

De eso estamos hablando.

De pasadita

Otra provocación. Así debemos entender lo que sucedió este fin de semana a cargo del gobierno de Estados Unidos.

El aterrizaje de un avión Hércules en el aeropuerto de Toluca y el aviso de maniobras militares aéreas en cielos cercanos a las costas mexicanas no son más que otra provocación de los halcones gobernantes y su patrón naranja para tratar de hacer caer en algún error a nuestro gobierno. Afortunadamente la “cabeza fría”, sigue así, sin calentarse. ¡Magnífico!