quienes sobrevivieron al holocausto de los años de la Segunda Guerra Mundial podría parecer imposible, y aún más si supieran que quien ahora lo ejecuta es el ejército del Estado israelí. Cómo es posible. La pregunta parece retórica, porque en los hechos es una realidad, no una virtualidad o una amenaza. La pregunta es pertinente. Una sociedad y un Estado que se levantaron hace un siglo en las costas del Mediterráneo sobre las tierras pobladas desde hace siglos, son los actores principales de este horroroso drama.
A partir del 7 de octubre de 2023, el mundo ha visto el escandaloso proceso con el cual el ejército israelí respondió de forma brutal a la provocación violenta de Hamas. Una acción de respuesta que cabe calificar de desmesurada. Porque aquí los números pueden resultar abstractos frente al hecho concreto de vidas humanas, personas que tienen familia, personas que tienen una historia, personas que sienten y sufren. Hamas atacó a grupos de población israelí y produjo cientos de muertes, tal vez 2 mil. El origen de su acción fue la desesperación, años de humillación e impotencia. Bajo un manto de impunidad, Israel llevaba décadas cercando y encarcelando a los palestinos. La acción de Hamas puede verse como un acto terrorista que respondía a años de terrorismo del gobierno israelí. Lo que resultó insólito es que ese acto terrible detonó una respuesta desmesurada, un genocidio: Israel consideró que en defensa propia podía destruir a la sociedad palestina. Borrarla del mapa. La brutalidad de ese gesto, que ha sido reprobado por todas las instancias de justicia internacional, no se ha detenido. Su intención última es erradicar a los palestinos de su tierra. Un genocidio. ¿Cómo es posible que una sociedad que padeció un holocausto se atreva a infligir ese dolor a otra sociedad? ¿Qué nos dice esta acción de la sociedad humana? ¿Hay límites para la violencia? ¿Se puede aprender de la experiencia de la violencia para no utilizarla? Hannah Arendt habló de la banalidad del mal. Ahora qué podríamos decir: ¿la frivolidad del mal, la amnesia del mal, la ceguera del mal?
Se afirma que hay una razón económica: que Israel se comporta como una entidad europea occidental colonizando una región, expulsando a sus pueblos originarios, un despojo que, como en otras partes del mundo, tiene como objetivo adueñarse de sus tierras y recursos (suelo, minerales, playas, energía) para instalar ahí a sus colonos. Esa violencia es conocida desde hace tiempo. Pero si algo pretendía la modernidad que venció a los nazis puede decirse que era eso: abolir ese tipo de violencia. Dos guerras mundiales, un holocausto, procesos de descolonización, habrían enseñado que la violencia es inaceptable, que el sufrimiento que acarrea una guerra es inadmisible. Y aún más: que el genocidio es una práctica tan nefasta, inhumana y sanguinaria, que ningún pueblo del mundo puede quedarse impávido ante ese proceso criminal.
Sin embargo, ahí lo tenemos. Y lo más asombroso es que los países europeos reprimen las protestas contra esa brutalidad. Se detiene a los ciudadanos que en las calles de Europa exigen poner fin al genocidio. ¿Por qué? Porque se dice que apoyan al terrorismo, pero cabe preguntar ¿quién es el terrorista? ¿Quién asesina a niños, mujeres y abuelas, a miles de familias que no tienen vela en este entierro? ¿Quién destruye todo lo que hace posible la vida, escuelas, hospitales, viviendas? El silencio estruendoso que encubre este holocausto en pleno siglo XXI ha sido tejido por una red de intereses que muestra sin duda un enorme poder. Aunque esta barbarie ha sido denunciada en todos los foros e instancias de justicia globales, nada parece detenerla. La alevosía que ostentan los colonos sionistas al depredar el suelo palestino raya en el cinismo: nada les avergüenza. La impudicia repite la misma actitud del nazi, la ausencia de todo código moral, la perfidia con la que en los años 40 del siglo pasado un pueblo se propuso exterminar a otro. ¿Qué nación civilizada en la Tierra podría aceptar que restringir a los niños medicinas, comida y agua es aceptable? Ante este escenario de crueldad e impunidad, ante estos crímenes de guerra, ¿qué podemos hacer? Gaza se ha convertido en un enorme campo de concentración a cielo abierto, una prisión que encadena a un pueblo que merece respeto. ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?, diría el poeta.
*Doctor en ciencias sociales











