ice un refrán popular que “en el camino de la carreta, las calabazas se acomodan solas”. No conocemos aún el desenlace final de la construcción de un madurismo sin Maduro. Pero vemos como, aceleradamente, algunas piezas del nuevo orden en Caracas se van acoplando, a trompicones y señales encontradas.
Nada es igual en el país caribeño a como era antes de la agresión militar estadunidense, el asesinato de más de 100 personas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Ciertamente, después del ataque, el chavismo sigue al frente del Estado bolivariano, se mantiene la unidad territorial, el ejército no se fracturó, la clase política sigue unida, el aparato de seguridad permanece intacto y la población movilizada en las calles. Pero las cosas hoy son muy diferentes a lo que fueron antes del 3 de enero.
Washington puso una espada de Damocles sobre la cabeza de Venezuela y extorsiona a su dirigencia para que enrumben la nación hacia nuevos derroteros. El 4 de enero, Donald Trump amenazó a la presidenta encargada Delcy Rodríguez. “Si no hace lo que es correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que el de Maduro”, dijo. El mandatario venezolano está preso. ¿En qué consiste pagar un costo mayor? ¿Acaso en quitarle la vida?
Estados Unidos advirtió al ministro del Interior, Diosdado Cabello, figura clave del bolivarianismo, segundo de a bordo del chavismo, responsable de la seguridad y con relación directa con las milicias y los grupos de autodefensa conocidos como colectivos, que podría correr la misma suerte del mandatario si no facilita la gobernabilidad a la presidenta encargada. Esto, a pesar de que filtró interesadamente que funcionarios estadunidenses mantuvieron conversaciones con él.
Trump justificó públicamente su apuesta de hacer a un lado a María Corina Machado e intentar tutelar un Estado vasallo flexible conducido por la nomenclatura chavista, recordando lo que le sucedió a su país con la invasión en contra del régimen de Sadam Husein. “Si alguna vez recuerdas un lugar llamado Irak donde todo el mundo fue despedido… La policía, los generales, todos fueron despedidos y terminaron siendo ISIS”, respondió cuando le preguntaron por qué no respalda a María Corina Machado. Quiere estabilidad a cambio del acceso a las riquezas naturales.
Diversos analistas explicaron, a comienzos del ciclo progresista en América Latina, las dificultades para transformar a fondo países con gobiernos nacional-populares, utilizando la metáfora de que hacerlo era como tratar de cambiar el motor de un automóvil con el vehículo en marcha. Concluían que, para sustituir la maquinaria y ponerle una nueva, se requería que el coche no estuviera en movimiento. Es decir, hacer una revolución. Pero el vehículo de las administraciones progresistas no se podía parar porque había llegado al gobierno por medio de las elecciones, y estaban obligados a ajustarse a reglas y tiempos de la democracia representativa.
La imagen es útil también para entender los límites de la iniciativa estadunidense en Caracas. ¿Cómo hacerle para meter reversa sin detenerlo, a un vehículo que marcha a toda velocidad en dirección contraria a la que Washington quiere ir? Eso es la Venezuela hoy.
El chavismo se construyó como proyecto antimperialista, con un Estado social cuyo horizonte es el socialismo del siglo XXI, con una nueva doctrina militar y con bastiones reales de poder popular (comunas), pueblo armado y alianzas con China, Rusia e Irán. A diferencia del socialismo realmente existente, no colapsó internamente. Fue golpeado por una agresión militar y el secuestro de su presidente. No se ha desplomado. Resiste. Pretender desmantelar desde arriba todas esas conquistas y que su pueblo se someta incondicionalmente a los caprichos imperiales parece cuesta arriba.
Es innegable que hemos visto en muy poco tiempo cambios significativos. Se han sustituido ministros sin sobresaltos. Delcy Rodríguez se reunió con el director de la CIA, John Ratcliffe. Conversó telefónicamente con Donald Trump durante una hora. Ambas naciones avanzan en la normalización de servicios consulares y la reapertura de sus embajadas, cerradas desde 2019.
En el centro de las relaciones binacionales está la cuestión petrolera. Las empresas petroleras objetaron invertir en Venezuela, en parte por la ausencia de condiciones legales para hacerlo. Pero, también, porque lo que les interesa es obtener ganancias rápido. La mandataria anunció que se realizarán cambios jurídicos a la ley de hidrocarburos para dar garantías a inversores extranjeros. Estados Unidos realizó ya su primera venta del oro negro venezolano, por 500 millones dólares, a uno de los principales donantes de su campaña (a John Addison, de Vitol) y a Trafigua. Retendrá un tercio de las ganancias. El resto se distribuirá a través del Banco central en Caracas. Esos recursos (unos 330 millones de dólares) se destinarán a alimentos, medicinas y pequeñas empresas. Los fondos fueron enviados a un banco en Qatar, con el fin de evitar que acreedores los reclamen.
Desde antes, la estadunidense Chevron trabajaba en colaboración con filiales de Petróleos de Venezuela (PDVSA) en cinco proyectos de producción en el occidente y oriente de la nación caribeña. Comercializaba alrededor de la cuarta parte de los combustibles del país y generaba 30 por ciento de sus divisas.
Donald Trump anunció que la patria de Bolívar le entregará entre 30 y 50 millones de barriles. Es un enigma en cuánto tiempo y cómo se van a manejar sus ganancias. El país cuenta con abundante petróleo, pero después de años de bloqueo, su infraestructura está deteriorada y el mantenimiento es precario. Para alcanzar la producción que tuvo en los 90, requiere de una inversión de 100 mil millones de dólares.
¿Subordinación o digna rebeldía ante el imperio? La moneda está en el aire y así seguirá por un rato. Trump necesita resultados rápidos, y Caracas, ganar tiempo. Las calabazas del madurismo sin Maduro no se han acomodado aún. El futuro de la Revolución bolivariana está en su pueblo.
X: @lhan55











