La obra de Vicente Leñero aborda temas tan actuales como el acoso a la mujer, la violencia intrafamiliar y la contaminación
Domingo 18 de enero de 2026, p. 2
A más de 40 años de su primera presentación, La visita del ángel, del escritor Vicente Leñero (1933-2014), no ha perdido vigencia. Entre sus temas resaltan aspectos que aún permean en el México contemporáneo, como el acoso a las mujeres y la violencia intrafamiliar, el caos y la contaminación en la ciudad.
Tres actores y una cocina fue lo que necesitó la obra para su montaje en el Foro Lucerna tras su regreso a las tablas. La pieza, dividida en dos actos, retrata las diferencias entre la juventud y la vejez, así como la complicidad entre abuelos y nietos.
Estrenada por primera vez en el 13 de agosto de 1981 en el Centro Cultural Universitario, la pieza tuvo una recepción divida, según relató el autor en Vivir del teatro (Fondo de Cultura Económica): “A Héctor Mendoza le pareció una obra extraordinaria; a Malkah Rabell, interesante. Luisa Josefina Hernández abandonó el teatro al terminar el primer acto, y, aunque Esther Seligson y Emilio Carballido elogiaron el experimento, pusieron serias objeciones, como muchos otros espectadores, al remate”.
Sin embargo, el silencio es todo. Más de la mitad del primer acto sucede mientras unos ancianos –interpretados por Silvia Mariscal y Juan Carlos Colombo– esperan la llegada de Malú, su nieta (Jesusa Ochoa Leñero, nieta del dramaturgo). La ausencia de ruido muestra la vida apacible de los adultos mayores.
Leñero enfatizó sobre esto en el mismo texto. Según su testimonio, la historia se le ocurrió cuando pasaba por el Parque Hundido, ubicado a un lado de la avenida Insurgentes, donde vio a una pareja de abuelos.
“No, no hablaban, no necesitaban hablar. Así podían pasarse toda la mañana, toda la tarde, todo el resto de la existencia. Parecían haber llegado a una edad en la que ya no requerían palabras para comunicarse y vivir en perfecta armonía”, explica.
En la obra, el sosiego sólo es interrumpido por los sonidos de la cocina: la licuadora, el cuchillo contra la tabla de picar, el agua saliendo del grifo y, pocas veces, las voces de los abuelos cuando hablan entre sí. Él, lee la primera plana del periódico; ella, le recuerda tomar su medicamento. El tiempo se eterniza hasta la llegada de su nieta, momento en que se fractura la quietud.
La entrada de la joven es tangible. Se adueña del espacio y se apropia de las palabras. Abraza a sus abuelos, cepilla el cabello a él, limpia el piso y cambia de asiento constantemente. Es universitaria y su vida apenas inicia. Durante su estadía la pareja hace pocas preguntas, sólo se observan entre ellos, se sorprenden y la miran con ternura cuando dice algo agradable.
Es una visita rápida. Mientras platica, Malú va de un tema a otro, desde el tráfico en la capital, hasta la historia de una de sus tías paternas, a quien su esposo “le daba unas tranquizas de mandarla al hospital”.
La conversación, casi unilateral, se interrumpe cuando se da cuenta de que no ha dejado que sus abuelos respondan. “Soy un desastre. Todo mundo me hace burla en la universidad. ‘Ahí viene la cotorra’, me dicen. Luego no dejo hablar a nadie. Hasta me da pena. Con ustedes no. Con ustedes me gusta echar rollo. Ustedes me aguantan, ¿verdad, abuelito?”, se excusa.
Mientras comen, la pareja escucha atenta sus historias, sin juzgarla. Asienten con cada oración. Cuando terminan sus platillos, continúan con el postre, unos bocadillos y una taza de café, mientras la joven sigue hablando.
Uno de los momentos más significativos para los abuelos ocurre en el segundo acto. Su nieta les confiesa la confianza que les tiene, pues más allá de sus amistades, ellos son los únicos con quienes comparte su vida.
Les explica que salió de vacaciones a Acapulco, Guerrero, con su amiga Graciela. La noche de su llegada, un hombre las acosó mientras una de ellas estaba en el sanitario. Al día siguiente salieron del lugar en el que se hospedaron, entonces conocieron a un par de estadunidenses con quienes pasaron el resto de su estadía.
“¿Y tu mamá qué piensa?”, pregunta la abuela. “Ay, no, de los gringos no le conté nada. Ella no entiende esas cosas, no es como ustedes. Para qué me arriesgo a una discusión que a lo mejor acaba en problema. Qué caso tiene, sobre todo ahora que andamos tan bien. Nos estamos llevando de maravilla”, explica.
La visita culmina y tras la partida de Malú, quien pasó por el lugar como un torbellino, vuelve el silencio. Ambos coinciden en que su nieta es una buena persona. Se abrazan y arreglan el lugar; sin embargo, suena el teléfono. La abuela toma la llamada. En la cocina, el abuelo se da cuenta de que la llave del lavadero se quedó abierta. Se levanta a cerrarla, pero un dolor lo detiene, es la muerte, que también llegó a visitarlo.
El texto es demasiado descriptivo. Entre sus líneas, más que diálogos, resaltan las acotaciones del autor. Narra a fondo las acciones de sus personajes, de los objetos que utilizan y del espacio en el que se desenvuelven. No obstante, pareciera que esas puntualizaciones tienen una función: ralentizar su lectura e interpretación, a fin de que la lentitud del tiempo durante la espera de los abuelos sea tangible.
La pieza es experimental y, a pesar del paso de los años, se ajusta a cada época. El mismo Leñero dejó espacio para que los actores cambien algunos diálogos dependiendo del momento en que sea representada.
La visita del ángel, dirigida en esta ocasión por Benjamín Cann y Miguel Santa Rita, tendrá funciones hasta el primero de marzo: los viernes a las 20:30 horas, sábados, a las 19, y domingos a las 18 horas, en el Foro Lucerna, ubicado en la colonia Juárez de la alcaldía Cuauhtémoc. El texto se encuentra entre las páginas 503 y 542 del libro Teatro completo I (Fondo de Cultura Económica).











