Editorial
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Trump: dinamitar alianzas
E

l presidente Donald Trump anunció ayer la imposición de un arancel adicional de 10 por ciento a Dinamarca y los siete países europeos que la han apoyado en su rechazo a las pretensiones del magnate de apoderarse de Groenlandia, isla que en la actualidad tiene un estatus semicolonial bajo la corona danesa. Trump amenazó con que Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia tienen hasta el 1° de junio para sentarse a negociar los términos de la venta del territorio ártico o la tarifa se incrementará a 25 por ciento “hasta que se cierre un trato por la venta total y completa de Groenlandia”.

La indigencia lingüística y la falta de tacto de Trump posiblemente no tengan parangón en las relaciones entre grandes potencias, pero las naciones europeas no deberían sorprenderse de que el republicano trate a un país y sus habitantes como si fuesen un lote baldío. Después de todo, así es como gran parte de Europa ha tratado a América, África, Asia y Oceanía desde el siglo XVI; los estadunidenses a todo el continente americano (más Hawai y Filipinas) desde el momento de su independencia, y los israelíes a Palestina a partir de 1948. Lo novedoso, entonces, es que Washington ejerza sobre sus incondicionales aliados occidentales una violencia que los integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta ahora habían reservado para la extinta Unión Soviética y el resto del Sur Global.

El mandatario estadunidense ofreció un ejemplo tan grotesco como elocuente de esta insolencia al dirigirse a senadores de su partido la semana pasada, cuando dedicó seis minutos de su discurso a mofarse de su homólogo Emmanuel Macron. Imitando lo que cree es el acento francés, Trump relató la manera en que, según su versión, humilló a Macron y lo obligó a elevar el precio de los medicamentos a cambio de abstenerse de elevar los aranceles sobre todos los productos franceses. No es la primera vez que el magnate se ufana de haber forzado a sus iguales a hacer lo que le da la gana, pero su caracterización de la plática y el tono suplicante que le adjudicó a un personaje que ha hecho todo lo que está en sus manos para mantener buenos términos con él muestra la arrogancia creciente de quien ha traspuesto todos los límites de la ley y la diplomacia sin padecer consecuencias.

Es evidente que ningún país podría maltratar de esta manera a sus aliados y gozar de una lealtad –o sumisión, según se mire– tan completa como la que goza Washington, pero la fatiga ante el trumpismo comienza a hacerse visible. Esta semana, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, realizó una visita de Estado de tres días a China en la cual pactó con Xi Jinping “un acuerdo comercial preliminar pero histórico para eliminar barreras comerciales y reducir aranceles”. En el marco de la “nueva asociación estratégica” entre Ottawa y Pekín, el país norteamericano redujo de 100 a 6 por ciento las tarifas de importación para hasta 49 mil vehículos eléctricos fabricados en la potencia asiática, mientras ésta bajó de 84 a 15 por ciento el arancel a las semillas de canola y productos derivados. Más allá de la apertura limitada a los autos chinos de nuevas energías, la medida contiene un enorme simbolismo en tanto la virtual prohibición a los mismos fue tomada para alinear la política comercial canadiense con la de su mayor socio y, hasta hace un año, mejor amigo. También fue muy significativo que Carney remarcara el carácter pragmático de la asociación al señalar sus diferencias ideológicas con Pekín, para a continuación añadir que “tomamos el mundo como es, no como nos gustaría que sea” y que la relación con China se ha vuelto más predecible y efectiva que la existente con Estados Unidos.

Si al periplo del premier canadiense se suman los encuentros con Xi sostenidos o programados por el dirigente surcoreano Lee Jae Myung, el británico Keir Starmer y el alemán Friedrich Merz, así como la propuesta de la Unión Europea para sustituir las tarifas punitivas a los vehículos eléctricos chinos por un acuerdo de precios mínimos, comienza a perfilarse un cuadro en que la agresividad y los comportamientos erráticos del trumpismo echan a los aliados más seguros de Washington en brazos de su mayor rival tanto en lo económico como lo geopolítico. En pocas palabras, todo indica que Estados Unidos se está haciendo más pequeño pese a sus arrolladores triunfos en imponer gobiernos de ultraderecha en el continente americano.