Opinión
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El colapso civilizatorio de Occidente
E

n estos días no puedo dejar de pensar que nos encontramos ante el colapso de lo que creíamos que era la “civilización occidental”. Observo, una y otra vez, cómo se desintegran los valores de ética, justicia y humanismo que pensé resistirían el paso del tiempo. Pero no: el ser humano se ha convertido en un monstruo egoísta, despiadado y cruel. Tal vez siempre lo fue, pero ahora muestra su rostro sinvergüenza y de manera cínica. La barbarie no es nueva; lo que sí resulta inédito es la desfachatez con la que hoy se despliega.

Hubo momentos en que pensábamos que se habían alcanzado acuerdos mínimos –el respeto universal, la soberanía de los pueblos, el estado de derecho–; sin embargo, esos conceptos han perdido todo peso. Asistimos al derrumbe profundo del pacto moral que creíamos haber construido. Vivimos en un simulacro, flotando sobre los restos resquebrajados de la supuesta democracia liberal. Esa puesta en escena parece burlarse de nosotros, escupiéndonos en la cara y recordándonos lo ingenuos que fuimos al pensar que un mundo pacífico entre las naciones sería posible en nuestro tiempo. El ser humano deambula ahora en un universo hostil y violento, donde la mentira se ha vuelto parte de la realidad cotidiana. Esta sensación no es una intuición aislada: basta observar el escenario internacional para comprender la magnitud del agotamiento civilizatorio.

¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI y con toda nuestra historia acumulada, no hayamos logrado un mínimo de convivencia pacífica? Más bien lo hemos destruido todo –el planeta mismo– mientras observamos, atónitos, cómo miles de niños y personas son asesinados en Palestina. Un genocidio que ocurre frente a nuestros ojos, sin que haya manera de detenerlo. Hoy, las ruinas de Gaza son el símbolo más claro del derrumbe moral de Occidente. Cuando las contemplo, siento vergüenza de ser humana; me duele el fracaso de nuestro proceso como humanidad.

Gaza no es una excepción: después vendrán una lista interminable de países destruidos y saqueados por la barbarie humana, en los que se repite el mismo patrón, de un sistema deshumanizador, cruel y cuidadosamente construido, acompañado por el resurgimiento de discursos de superioridad racial y nuevas formas de colonialismo con un apetito insaciable cuyo principal negocio es la guerra misma. La doctrina del shock, de Naomi Klein, transparenta este fenómeno de manera atroz: la guerra y la destrucción son un negocio. Vivimos un momento en el que la crueldad es un valor celebrado: se aplaude a violadores, asesinos y genocidas que cometen crímenes atroces con total impunidad.

En redes sociales y medios abundan voces que festejan la muerte de niños y la limpieza étnica de pueblos enteros. La deshumanización no es un accidente: es funcional al sistema. La banalidad del mal, en toda su expresión. Este colapso moral se expresa con especial claridad en la potencia que durante décadas fue presentada como garante del orden mundial. Nunca imaginé presenciar, en mi propia vida, el desmoronamiento del imperio estadunidense que parecía inmortal. Hoy su decadencia es evidente: basta observar la obscenidad de su dirigencia y el abandono despiadado de su población sumida en desigualdad extrema. Se trata de un gobierno violento, racista y despótico, sostenido por una sociedad en abierta descomposición. Estados Unidos se ha convertido en la expresión más descarnada del fracaso del modelo capitalista: un sistema que beneficia a una élite mínima y funciona no como un proyecto colectivo, sino como una empresa orientada a la acumulación ilimitada. Aquel territorio que en los años ochenta muchos consideraban símbolo de progreso, es hoy un país profundamente fallido. Europa tampoco se encuentra en mejor situación. Su crisis no es sólo política, sino estructural. Los países de la Unión Europea carecen de soberanía para decisiones estratégicas sin la aprobación de Washington, de la política energética a la militar. Han perdido autonomía y dirección propia. Como ha señalado Yanis Varoufakis: “Europa no existe. Se ha ido”.

En América Latina, este agotamiento se vive de forma especialmente cruda. Décadas de intervenciones estadunidenses han controlado gobiernos, economías y recursos naturales. Hoy lo que ocurre en Venezuela es otra expresión de esa lógica de asedio que impide a la región construir soberanía y proyectos propios de desarrollo, aunado a las crecientes fuerzas de ultraderecha en la región. Las ruinas de Gaza funcionan hoy como la representación más brutal del derrumbe de la civilización occidental. Son las ruinas simbólicas de un mundo que no supo detener un genocidio y que reproduce laboratorios de guerra de manera continua.

Quedan pocos consensos y valores capaces de orientar a Occidente como proyecto civilizatorio. Sin embargo, en nombre de la humanidad, quiero creer que aún es posible encontrar otro camino mediante la reflexión crítica, la resistencia y la organización de los pueblos.

* Actriz y música