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Penultimátum

Artistas contra la megalomanía de Trump

E

n 1955, el presidente DH Eisenhower propuso construir un moderno auditorio en la ciudad de Washington con apoyo financiero del gobierno y las inmensas fortunas de Estados Unidos. Sería el más grande del mundo.

Tocó al mandatario siguiente, John F. Kennedy, impulsar esa idea en 1962 con una gala para recaudar fondos en la que participaron el comediante Danny Kaye, la bailarina Maria Tallchief, la cantante Marian Anderson, el violonchelista de siete años Yo-Yo Ma, el actor Bob Newhart, el cantante Harry Belafonte y la Orquesta Sinfónica Nacional.

Tras el asesinato de Kennedy, el presidente Johnson envió en 1964 una iniciativa al Congreso para designar el nuevo centro como monumento conmemorativo al presidente demócrata. La aprobaron por unanimidad. Su construcción comenzó en 1966 y se terminó en 1971. Se inauguró con una representación de Misa, compuesta por Leonard Bernstein.

Manejado por décadas por una junta directiva de notables personalidades, todo cambió cuando el presidente Trump la remplazó por personas afines y se autodesignó presidente de la misma. Dijo que debía modificarse la programación del Centro porque no era la conveniente para el país.

Hace dos semanas, el consejo de administración del Centro decidió ilegalmente renombrarlo como Trump Kennedy Center, lo cual provocó la indignación de la familia del ex presidente, legisladores, mecenas del histórico lugar y destacadas figuras del arte.

Como reacción a este abuso de poder, el baterista y vibrafonista Chuck Redd, presentador desde 2006 del famoso concierto anual de jazz de Nochebuena del Centro Kennedy, canceló el acto. Redd es una figura conocida en la escena musical de la ciudad de Washington. Fue miembro de la Smithsonian Jazz Masterworks Orchestra durante 15 años.

El presidente de la junta del Centro, Richard Grenell, confidente de Trump, criticó la decisión del artista y anunció que la institución solicitará un millón de dólares por los daños que ocasionó la cancelación.

Lo que no esperaba Grenell es que otras figuras importantes de la música cancelaran las tradicionales presentaciones para despedir el año. Una forma categórica de rechazar la megalomanía y el autoritarismo de Trump.