icolás Maduro sigue en Miraflores y en Cuba celebran hoy el aniversario 67 de la Revolución. El 1º de enero de 2026 amanece con esta verdad incómoda para la maquinaria de opinión que lleva meses vaticinando la caída inminente de ambos gobiernos, mientras las cañoneras de Trump merodean el Caribe.
No hay manera honesta de negar las crisis que atraviesan ambos países –son visibles y socialmente dolorosas–, pero de lo que se trata es de entender por qué el relato de la “caída inevitable” vuelve una y otra vez y, una y otra vez, falla.
Lo que se desplomó en 2025 no fue el poder en Caracas ni la institucionalidad en La Habana. Lo que se desplomó fue un tipo de lectura, cómoda para ciertas élites, que reduce la política a una ecuación mecánica de presión y derrumbe, confunde deseo con pronóstico y, sobre todo, presenta a América Latina como un tablero donde Washington mueve piezas y los pueblos del sur se limitan a caer por inercia.
“Maduro no llegará a Navidad”, vociferó el congresista de origen cubano Carlos Giménez, cuando Trump declaró su “paz mediante la fuerza”. Los correligionarios de Giménez en Miami dijeron lo mismo, pero con el añadido del “final castrocomunista”. Ese determinismo, repetido hasta el cansancio por los políticos de la Florida capitaneados por el secretario de Estado, Marco Rubio, ha servido para normalizar el castigo colectivo y convertir el sufrimiento social en herramienta de “ingeniería política”.
En 2025 hubo titulares y columnas que trataron el colapso como un hecho en camino, casi inevitable: bastaba “un empujón más”, “un cierre definitivo”, “una última vuelta de tuerca”. En Venezuela, medios opositores llegaron a narrar la caída como si estuviera ocurriendo en tiempo real. La Nobel de la Paz y entusiasta de una invasión de Estados Unidos, María Corina Machado, prometió a Trump privatizaciones masivas de los campos petroleros de su país y vía libre para las empresas estadunidenses.
En el caso cubano, think tanks y comentaristas insistieron en que la combinación de crisis energética, inflación y malestar social abría una ventana de “cambio de régimen” en 2025. En la escena política estadunidense –y especialmente en el ecosistema mediático radicado en Florida– la escalada del discurso de mano dura, con referencias explícitas al “cambio de régimen” como destino deseable, se presentó como antesala de una victoria total contra el comunismo: primero Caracas, luego La Habana; todo por arrastre, como si las sociedades fueran fichas de dominó.
Pero la realidad es terca. Hay estructuras, intereses, memorias y capacidades estatales que no se evaporan al primer golpe. Cuando el castigo se convierte en norma, las sociedades aprenden –a veces con creatividad, a veces con dolor– a sobrevivir dentro de la anomalía. Los pueblos no son una nota al pie en el cálculo geopolítico: son sujetos políticos con capacidad de interpretar lo que ocurre, de organizar saberes colectivos y de acumular experiencias; cuentan con redes de apoyo, formas de cohesión y una inteligencia práctica forjada por la memoria y en la dura realidad cotidiana.
En Cuba, los apagones, el deterioro del poder adquisitivo, el desabastecimiento, la migración y las carencias de todo tipo fueron leídos como umbral automático de derrumbe. Se repitió la idea de que la crisis económica “sólo puede terminar” en caída política. Pero la historia cubana –con todas sus contradicciones– también es la historia de un Estado que ya sobrevivió a shocks extremos, incluido el Periodo Especial, mediante una combinación de reorganización económica parcial, liderazgo institucional y redes comunitarias y familiares que amortiguan la catástrofe. Eso no hace a la crisis menos real. Sólo explica por qué la crisis no se traduce mecánicamente en colapso.
Tanto venezolanos como cubanos identifican en Washington el factor principal de la asfixia económica que padecen y esa conciencia, lejos de desatar una rebelión contra sus gobiernos, tiende a activar reflejos de dignidad nacional. Si lo que buscaba el poder estadunidense era convertir el hambre, los apagones y la incertidumbre en palanca de insurrección, el propósito ha fracasado. Han conseguido sociedades dispuestas a resistir, no a sublevarse.
Tal vez convenga cambiar la pregunta para variar la política. No es “cuándo se caen”, como si la caída fuese un espectáculo. Es “cuánta vida se está dispuesto a destruir para intentar tumbarlos”. Esa es la pregunta ética que los profetas del colapso evitan, porque los obliga a mirar el costo humano de su receta y para cualquiera con memoria en América Latina –con golpes, bloqueos, invasiones, tutelajes– esa interrogante debería ser una línea roja: ninguna “democracia” impuesta con cañoneras vale el precio de castigar a millones de inocentes.
Y en eso llegó 2026.











