oco antes del mediodía de ayer, un sujeto comenzó a hacer disparos con un arma de fuego en la segunda plataforma de la pirámide de la Luna, en la zona arqueológica de Teotihuacan. Como resultado de las detonaciones, una canadiense fue asesinada y siete sufrieron lesiones (dos colombianos, dos estadunidenses, un canadiense, un ruso y un brasileño). De acuerdo con una testigo, el individuo tomó rehenes, pero los fue liberando. Posteriormente, el atacante se suicidó y hasta ahora no se sabe de la existencia de otros agresores.
Se trata de un incidente lamentable por la vida humana perdida, las heridas infligidas a visitantes, el miedo ocasionado a turistas y trabajadores, la zozobra social causada y la afectación a la imagen misma del país, por lo que es urgente esclarecer los sucesos y establecer sin margen de duda si además del tirador suicida hay otros responsables. Es deplorable también que la tragedia ocurra en uno de los sitios más emblemáticos de México, que es tanto un polo turístico mundial como patrimonio cultural de la humanidad y motivo de orgullo para toda la nación, en la medida que representa el alto nivel civilizatorio que alcanzó Mesoamérica antes de la llegada de los invasores europeos.
Si bien las investigaciones en torno a este suceso son un asunto de competencia exclusiva de las autoridades mexicanas, es inevitable notar que el ataque forma parte de una oleada de episodios violentos inspirados en –o directamente calcados– el fenómeno del mass shooting (tiroteo masivo) estadunidense: el 22 de enero, un profesor mató a tiros a tres maestras en una escuela y se suicidó en Sudáfrica. El 24 de marzo, un adolescente de 15 años asesinó a dos de sus profesoras en Lázaro Cárdenas, Michoacán, exaltado por las ideas extremistas del movimiento incel, una subcultura juvenil violentamente misógina surgida en Estados Unidos, y cuyos adeptos culpan a las mujeres por su incapacidad para establecer relaciones sexoafectivas. El 14 y el 15 de abril, dos adolescentes en diferentes ciudades de Turquía se presentaron en centros educativos y dispararon de forma indiscriminada contra los estudiantes. El incidente más mortífero, con un saldo de al menos nueve personas fallecidas, recuerda en todo al mass shooting porque el asesino era también alumno y obtuvo en su propia casa las cinco armas con que masacró a sus compañeros. El sábado 18, un hombre mató a cinco personas en las calles de Kiev antes de tomar rehenes y atrincherarse en un supermercado, donde fue abatido por la policía. Fue el primer tiroteo masivo en Ucrania desde el inicio de la invasión rusa y supone una rareza sociológica: por norma, la violencia dentro de un grupo social se reduce drásticamente en tiempos de guerra porque las tensiones internas ceden su sitio a la unidad ante el peligro externo.
En suma, aunque Donald Trump y buena parte de la derecha mexicana instrumentalicen sucesos tan lamentables como el de Teotihuacan en su permanente esfuerzo para debilitar al gobierno de México, está claro que presenciamos el esparcimiento e imitación global de un fenómeno de indudable matriz estadunidense. En este sentido, es necesario que México y los demás países afectados busquen los mecanismos para evitar la propagación de esta forma tan particular de violencia.
Con esto no se busca negar que aquí existan preocupantes problemas propios, sino resaltar que no se pueden emplear las mismas estrategias para combatir males radicalmente distintos: en nuestro país, la inmensa mayoría de la violencia se enmarca en conductas delictivas estructuradas, jerárquicas y con motivaciones económicas. Ello no es más ni menos grave, pero sí diferente de los brotes de sicopatía hiperindividualista que llevan a niños, jóvenes y adultos estadunidenses –casi todos hombres, casi todos blancos– a empuñar una o varias armas para tratar de matar a la mayor cantidad de personas posible sin más motivo discernible que la descarga emocional y la búsqueda de notoriedad mediática. Prevenir la importación de estas conductas es tan necesario como proseguir la lucha judicial contra el crimen organizado, y es obvio que Washington no tiene nada qué aportar cuando su única reacción ante cada tiroteo masivo en Estados Unidos es expresar que sus “pensamientos y oraciones” están con los seres queridos de las víctimas.











