Jaime Ortega presentó un libro elaborado con el sociólogo Juan de la Fuente y editado por Chapingo
Martes 21 de abril de 2026, p. 5
La propuesta esencial del libro La raíz plebeya de la democracia mexicana es “demostrar que el mundo campesino adelanta los grandes temas contemporáneos de la democracia” con una práctica en “función de las condiciones de vida”, y no como reglamento, detalló el politólogo Jaime Ortega Reyna, coautor del título editado por la Universidad Autónoma Chapingo.
El texto, subtitulado Las luchas campesinas que inventaron el futuro, se presentó ayer en un acto que también fue un homenaje a su otro autor, el economista y sociólogo Juan de la Fuente Hernández (1955-2024). Ortega estuvo acompañado por Rosalba Contreras Ponce, Alejandro Encinas y Horacio Mackinlay.
Ortega Reyna comentó a La Jornada que el campesinado “en condiciones adversas busca mejores condiciones de vida y, al mismo tiempo, cuestiona el autoritarismo y la antidemocracia, y forja instrumentos que democratizan las relaciones entre el Estado y la sociedad. En esa raíz plebeya está el componente democrático más importante de la época contemporánea”.
El volumen aborda un periodo que va desde 1959, cuando se reactiva la movilización campesina, y 1964, año de la campaña del importante líder agrario Ramón Danzós Palomino como candidato presidencial, no registrado.
El profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana refirió que en esos cinco años ocurrió “una reactivación del sujeto agrario, que va de campesinos medios; es decir, con cierta capacidad, sobre todo, en el norte; algunos sectores tradicionalmente maltratados, como los ixtleros y los candelilleros, llamados los parias del desierto; sectores más tradicionales del sur, sobre todo en Guerrero, y en Chihuahua, con un gran reclamo de tierras.
“Cada uno tiene demandas distintas, desde precios de garantía, tierra, agua y contaminación. Hay una especie de protoecologismo, porque el agua que llega al Valle de Mexicali, en Baja California, está contaminada, ya que viene de la industria estadunidense.”
Se trata, dijo el investigador, de “un crisol de luchas, movilizaciones, activaciones que toma varias expresiones, la más evidente es la muy fuerte represión contra este movimiento y algunos ensayos organizativos. El más importante es la Central Campesina Independiente, que se fundó en 1963, y es la primera central que logra romper el monopolio de la representación política en el mundo agrario, en la semilla, el crédito, la tierra”.
Recordó que un primer periodo de la invención de ese futuro ocurrió en la Convención Revolucionaria de Aguascalientes, en 1914, cuando zapatistas y villistas plantean igualdad y “formulan su programa de reformas políticas y económicas, que es una maravilla (…)”; ahí, los intelectuales de los ejércitos campesinos proponen medidas más adelantadas a la Constitución de 1917: “el derecho de las mujeres, las estaciones experimentales, el derecho de huelga; no plantean la nacionalización de los recursos, pero ya hay una idea de control estatal sobre los recursos”.
Más allá de Madera
El sector campesino, agregó Jaime Ortega, “está muy minusvalorado en la historiografía, mucho más en el discurso que hace uso de la historia, porque todo se concentra en el asalto del cuartel Madera, en 1965, resultado de todos estos experimentos, o en 1968, el gran momento”.
En tales años existe una “gran movilización agrario-popular y agrario-estudiantil, entre 1959 y 1965. El movimiento obrero está derrotado y su vanguardia, el sindicato ferrocarrilero, es maniatada de manera violentísima en 1959. Ese espacio lo ocupa el movimiento agrario”, añadió el politólogo.
El autor contó que existían condiciones internas y locales para la organización campesina, así como influencias externas, como la revolución cubana, la reactivación del liderazgo del general Lázaro Cárdenas, la renovación del Partido Comunista y que el partido de Vicente Lombardo Toledano se adscribe socialista a partir de ese momento.
El doctor en estudios latinoamericanos remarcó que “nos preocupaba la sobreconcentración del fenómeno en el movimiento de 1968”, pues hay una mirada muy generalizada en el desarrollo de los grandes acontecimientos; al contrario, “hay que ampliar las visiones y terminar con el modelo que se cuenta con los hitos”.
El autor mencionó que en los años 60 no existía un programa político. Al inicio de esta década y finales de la anterior, está claro el problema de que “los campesinos, obreros, estudiantes y todos deben tener independencia política. Eso se acaba rápido, porque el régimen político no da ese espacio: quien es independiente termina en la cárcel, básicamente, y después muerto.
Reiteró que el mundo agrario “inventa el futuro porque está planteando en el mismo movimiento la democracia y el sustento; es decir, la capacidad de reproducir la vida en condiciones adversas y resolviendo los problemas colectivamente. Al mismo tiempo se enfrentan con un régimen autoritario, corrupto; todavía a finales de los años 50 tiene bastante consenso el régimen político”.
El texto reconstruye esa otra historia de “un país más diverso, más descentralizado, con muchos más dilemas, con muchas respuestas, tratando de encontrar la cuadratura al círculo de qué hacer en este país donde el monopolio era brutal, la línea entre el crítico interno y el externo era muy leve”, comenta Ortega.
Concluye: “en ese mundo estos personajes sin nombre, algunos en condiciones muy difíciles de vida, están ahí, persistiendo. Algunos se van por la lucha armada. Nos sorprende la persistencia de estos tipos que permanecen, aun con todo lo golpeados que fueron”.











