Recrea la tradición de Semana Santa // Vuelve al CCB, donde se estrenó en 1996 // Mañana, última función
Sábado 11 de abril de 2026, p. 4
Treinta años después de su estreno, La sal de la tierra (función de Pascua) regresa con una claridad que no depende de la nostalgia.
La creación de Lourdes Lecona (Ciudad de México, 1953), que recrea la tradición de Semana Santa, conserva su origen en una investigación iniciada en 1991, cuando la iconografía y la música se convirtieron en punto de partida para construir una mirada sobre la religiosidad compartida.
“La dramaturgia y contexto de la obra mantienen la idea original, en la que se fusionan lenguajes fraternos de la danza, como la flamenca y contemporánea, junto con músicos extraordinarios de la primera”, señaló la coreógrafa en entrevista con La Jornada. Cada lenguaje conserva su lugar, sin perder identidad ni fuerza en el diálogo escénico.
El rencuentro con el público comenzó el jueves pasado en el Teatro de la Danza Guillermina Bravo del Centro Cultural del Bosque, donde se presentó la obra en 1996. La temporada se inscribe en ese aniversario y en la trayectoria de la compañía Caña y Candela Pura, fundada por Lecona en 1989.
La maestra destacó la permanencia de la estructura original. “Se mantienen la estructura escénica y los diseños coreográficos, con especial atención en el paso de la procesión que acompaña a la saeta, ese cante profundo y doloroso que se convierte en lamento y quejío”.
En ese trazo, la voz sostuvo el paso del Cristo doliente, interpretado por Alejandro Ruiz desde el estreno, y marcó uno de los ejes centrales de la producción.
La procesión ordena el recorrido. La saeta guía al Cristo mientras nazarenos avanzan entre tambores sevillanos y trompetas, con la participación de Marco Noria y Fernando Castañeda en percusión. Los signos se repiten y se transforman, con solemnidad y ritmo que sostienen la ceremonia.
Una imagen definió el tono de la coreografía. Lecona recordó el hallazgo: “Recurrí a la investigación iconográfica y encontré una pintura del siglo XVIII en la que Santa Clara de Montefalco era seguida por cinco monjas agustinas cargando cruces”. La referencia se volvió movimiento y derivó en una coreografía donde el dolor se asumió como penitencia para redimir los pecados del mundo.
Las monjas acompañan a Cristo y María, amplifican su presencia y trasladan la acción a un plano compartido. La danza de María, interpretada por Carmen Correa, retoma la base original creada en los años 90 por Silvia Unzueta; algunos movimientos se modificaron sin perder el trazo simbólico.
El inicio propone un contraste. La comunidad gitana irrumpió con tanguillos, energía festiva que se quebró ante la procesión. “Hermanan su dolor al ver al hombre sentenciado injustamente”, comentó Lecona. La muerte del Cristo se acompaña con martinete, ritmo profundo que conduce la narrativa de injusticia y dolor.
Los gitanos –Susana Aguirre, Urania Estudillo, Floriselda Ortiz, Mario Piña y Aline L. Lecona– interpretan tanguillos, martinete, soleá, fandangos y bulerías, con letras que aluden a la paz y la esperanza del mundo.
El proyecto se gestó durante un curso de producción para danza impartido por el maestro cubano Orlando Taquechel en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su primer montaje se realizó con el Grupo Sonacai Flamenco antes de integrarse a Caña y Candela Pura.
Sobre la compañía, la fundadora destacó que “es un elenco estable que se ha mantenido gracias al trabajo de tres generaciones de artistas. Hay respeto a los cánones del flamenco, al baile por derecho, pero también una búsqueda de nuevos lenguajes”.
La obra incorpora el indulto de un preso, práctica de algunos pueblos de España, que interpretará Marco Antonio Salcedo, quien ya asumió este papel en ocasiones anteriores. La música se nutre de repertorios de Juan Peña El Lebrijano, Lole y Manuel, Rocío Jurado, Fosforito y Manolo Sanlúcar, enlazando tradición y relectura.
En escena participan más de 25 artistas de tres generaciones, con música en vivo de Alberto Solís (cante), Daniel Soledad (guitarra) y Adrián Molina (percusión).
La dirección artística y coreográfica corresponde a Aline L. Lecona, quien da continuidad a la producción e integra nuevas capas. La escenografía, diseñada hace 30 años por Tomás López, se combina con la iluminación de Jesica Elizondo, quien participó como bailarina en el estreno.
El programa incluye Aire canastero, pieza que retoma la raíz festiva del flamenco. “Es como regresar al origen, donde los gitanos continúan cantando y bailando con su forma particular”, comentó Lecona.
“Cuando una obra permanece guardada, sólo tiene vida en los recuerdos; al remontarla, se activan los porqués de nuestros caminos. Este regreso mantiene una intención precisa: compartir emociones con el público y ofrecer la experiencia viva de la danza.”
La sal de la tierra (función de Pascua) termina presentaciones en el Teatro de la Danza Guillermina Bravo del Centro Cultural del Bosque el domingo a las 18 horas. El boleto cuesta 150 pesos.











