na entrevista en radio con el representante legal de una de las compañías de concesionarios de taxis que operan en el aeropuerto, revela la ilegibilidad de su batalla contra los taxis de aplicación.
Para justificar el bloqueo a los accesos al Aeropuerto Internacional Ciudad de México (AICM) de marzo de 2026, el representante declaró que los taxis de aplicación representan para ellos competencia desleal porque cobran a los usuarios la mitad que ellos.
Mientras los taxis oficiales dividen su tarifa en pagar cuotas de concesión al aeropuerto, a la agrupación y a su sindicato, los choferes de plataforma asumen la responsabilidad del costo y riesgos operativos, no tienen derecho al salario mínimo, ni a vacaciones ni tampoco a pensiones.
Tampoco se les paga los tiempos de espera de los viajes ni tienen capacidad de negociar sus condiciones de trabajo.
Son considerados contratistas independientes, no empleados, lo cual significa que su competitividad reside en su disposición para autoexplotarse y en renunciar a sus derechos laborales.
Ahora la Guardia Nacional está vigilando las entradas del aeropuerto para evitar que taxis de plataforma recojan a pasajeros. Y si optas por tomar un Uber o Didi desde el AICM, tienes que caminar a puntos específicos fuera de las terminales. En la Terminal 1, la bahía habilitada para ese efecto en Circuito Interior está a 10 minutos a pie de la puerta 8.
Todo en este panorama es completamente autoritario. En la mencionada entrevista de radio, la interlocutora insistía en que con sus demandas los taxistas del aeropuerto no están teniendo al consumidor en mente, quien lógicamente optará por la mejor oferta en el mercado.
El representante legal insistía en su postura y hasta sonaba intransigente en su incapacidad –¿o falta de voluntad estratégica?– de articular una defensa de las condiciones laborales dignas de los taxistas y de enunciar la brecha de clase entre los usuarios y los taxistas.
A su vez, la interlocutora le daba voz a los consumidores del servicio y a sus propios intereses, asumiéndose como consumidora regular del servicio.
Y es que “tener en mente al consumidor”, significa adherirse al reino del libre mercado, en el que las reglas son la autoexplotación, la precariedad, la renuncia a condiciones dignas de trabajo. No es de sorprenderse que en México no hayan surgido debates sobre la auto-explotación laboral de los choferes de plataforma. Que las palabras dignidad ni derechos laborales sean parte del debate.
Hace unas semanas estuve en Colombia donde los pasajeros de taxis de plataformas somos invitados a subirnos al lado del chofer para evitar ser multados en los retenes de policías. Allá, Uber es todavía ilegal. Y constaté que los taxistas todavía cobran con decoro el doble de su tarifa los domingos y en horario nocturno. Aquí el pueblo es bueno porque complace al consumidor autoexplotándose incuestionablemente y porque paga diligentemente su derecho de piso.
La figura del trabajador con derechos está completamente ausente del imaginario político contemporáneo. Como también lo están el robo abierto de recursos, desde Venezuela hasta el huachicol; de cómo el agua, medicina y comida se están usando como herramientas de guerra en Gaza; de la salvajada en Líbano, Irán, Cisjordania, que es sólo el comienzo; de cómo se erige un nuevo orden mundial de depredadores y de barbarie perpetrada con la tecnología, donde ya no hay reglas para exigirles responsabilidad a los más fuertes –Naciones Unidas, los derechos humanos son pantomimas, los remanentes de una época pasada. Si no te les sometes, te obliteran impunemente–.
Mientras contemplo la posibilidad de unirme a la próxima flotilla, reflexiono sobre las posibilidades que tenemos de resistir de maneras significativas y colectivas. Parece que la flotilla a Gaza, a Cuba, con su visibilización simbólica, serían por su parte los últimos restos de la herencia de las luchas de izquierda. El campo sensible está lleno de tropos híper masculinos y de racismo, y el campo material, de tierras envenenadas, con basura, de cuerpos en fosas comunes.
Las élites que nos gobiernan o que se adueñaron de recursos y de porciones del territorio no creen en nada, no sienten nada, no podemos confiar en ellas. Se trata de un puñado de sicópatas que maniobran sin reglas con la política de la fuerza bruta.
El rostro del poder es el de la incuestionada corrupción sin ética. En un mundo que parece haber renunciado a la capacidad del futuro, ¿dónde residen nuestros lugares colectivos de dignidad y la decencia?
* Autora del libro El cielo está incompleto: Cuadernos de viaje en Palestina











