ürgen Habermas (1929-2026), el célebre pensador alemán que realizó importantes contribuciones a la filosofía, la sociología y los estudios de comunicación y que murió recientemente a los 96 años, siempre llevó una suerte de “doble vida”. Paralelamente a su trayectoria académica como heredero de la Escuela de Frankfurt, fundador de la teoría de la acción comunicativa y teórico de la “democracia deliberativa” Habermas, ha sido también uno de los más importantes intelectuales públicos europeos que intervenía a menudo (t.ly/RnI9a) en diferentes polémicas en la “esfera pública”, el término que él mismo acuñó en su famosa tesis de habilitación (el “segundo doctorado”) y en uno de sus más sonados libros: La transformación estructural de la esfera pública (1962).
2. Aunque pocos se acuerdan de ello, antes de dedicarse a la docencia, Habermas fue de hecho periodista independiente. Según algunos estudiosos ha sido justo esta experiencia que luego cuando ya desde su “doble trayectoria”, durante más de siete décadas, escribía ensayos periodísticos sobre diversos temas, le ayudó a conservar una suerte de “olfato periodístico” e instinto “para saber cuándo iniciar un debate, a quién elegir como adversario y cómo agudizar las oposiciones intelectuales y morales mediante la polémica” (t.ly/4Vg_r).
3. Esto no quiere decir que todos sus golpes han sido bien dados: la defensa de la intervención de la OTAN en Kosovo o sus crecientemente abstractas defensas del “ideal europeo”, que ignoraban por completo el papel del capitalismo en socavar la democracia (t.ly/aUQd1) vienen a la mente. Pero, como él mismo aseguraba, sus polémicas públicas casi siempre habían estado pensadas y escritas –Habermas nunca aparecía en la televisión ni en la radio− “desde la ira” (t.ly/kvund) en contraste con sus mucho más medidas contribuciones académicas, confirmando este “doble carácter” de su anatomía y explicando quizás algunos tropezones.
4. El caso del Historikerstreit, el llamado “debate entre los historiadores” que irrumpió en la República Federal Alemana (RFA) a mitades de los 80 es en este contexto particularmente instructivo. Si bien Habermas salió de él decididamente victorioso −escribiendo desde la ira y midiendo también correctamente a sus adversarios y al inconsciente político del público alemán de aquel entonces− su saldo, mirando desde la perspectiva de tiempo, demuestra bien algunas limitaciones y “puntos ciegos” de su pensamiento.
5. El principal punto de la contención −y algo que desató la ira de Habermas− han sido los afanes de algunos historiadores alemanes conservadores de “dejar atrás el pasado”, cultivar, de nuevo, al nacionalismo (ya que, según ellos, salvo algunos “detalles”, no había nada de que avergonzarse) y tener por fin “una política exterior normal dentro de la OTAN” (no limitada por el peso moral del Holocausto).
6. Este argumento político ha sido acompañado igualmente, como en caso de Ernst Nolte, el principal exponente de la tesis del “Tercer Reich como un régimen cualquiera” (sic), por los argumentos historiográficos más elaborados, aunque igualmente escandalosos, como p.ej. el afán de Nolte de presentar al nazismo como apenas una “respuesta” al bolchevismo (sic) y al Auschwitz como una mera “copia” del gulag (sic).
7. Y si bien −como se ha dicho− Habermas resultó muy hábil en repeler estos intentos de la derecha alemana de relativizar a los crímenes nazis y de redimirse a sí misma −siendo la Historikerstreit el clásico ejemplo de un exitoso debate “de un buen lado de la historia”−, con el tiempo todo a lo que se oponía en su momento el autor de La transformación… y todo lo que le provocaba la ira quedó perfectamente normalizado, mientras lo que él proponía como alternativa (“identidad posconvencional”, “patriotismo constitucional”) se desvaneció en el aire sin ningún rastro.
8. Hoy, las comparaciones entre bolchevismo y nazismo −controvertidas antes no sólo en el contexto alemán− están a la orden del día y una suerte de “neonoltenismo” que aceleró el giro a la derecha en la cultura política ante todo en Europa Central post-1989, es parte del marco intelectual dominante. Al final, es Nolte −que murió en 2016−, condenado al ostracismo en su tiempo quien ganó en realidad el Historikerstreit y Habermas quien lo había perdido (t.ly/B2Hs0).
9. La mejor prueba de esto es la popularidad del historiador estadunidense Timothy Snyder cuyas Tierras de sangre (2010) son una versión apenas disimulada y diluida de las tesis de Nolte y que tanto ha hecho para exonerar a los colaboracionistas de la SS en Ucrania o en países bálticos. Sintomáticamente ha sido precisamente Snyder que después de que Habermas en 2022 señalara algunas reservas respecto al papel de Alemania en la guerra en Ucrania ( Zeitenwendem, cambio de era), que estuvo en la primera fila de la crítica pontificando que el pensador alemán “se equivocaba hoy, tal como se equivocó en el Historikerstreit” (sic) (t.ly/yqvx_).
10. Despreciar al “posheroísmo” de Habermas, fruto −al igual que su “optimismo comunicativo”− de un contexto geopolítico particular ya inexistente, es hoy algo muy, incluso demasiado (t.ly/A8KWa), fácil. Al igual que lamentar simplemente que todo lo que le causaba, con buenas razones, la ira en los 80: el rearme (“los reflejos belicosos”), el giro nacionalista, el revisionismo histórico derechista, acabó bien normalizado en las décadas subsiguientes. Pero el hecho que lo poco que sobrevivió de su crítica durante el Historikerstreit: la defensa incondicional de la singularidad del Holocausto acabó teniendo −tal como lo demostró su propia postura ante el genocidio en Gaza−, consecuencias catastróficas, es mucho más difícil de desgranar.











