Martes 24 de marzo de 2026, p. 5
De muy pequeña, en el Buenos Aires del primer gobierno de la democracia, Natalia Dopazo pasaba la mayor parte del tiempo con su querido abuelo. El veterano militar (retirado en 1981 como teniente coronel) fue su principal cuidador. “Construimos un vínculo cercano, lindo, dulce”.
Eran mediados de los 90, Natalia tenía siete años (nació en 1987) y su abuelo era una especie de cómplice: le obsequiaba unas preciadas calcomanías que la niña coleccionaba; la buscaba en la escuela o en la casa de sus amigas en un Ford Falcon color salmón.
Conforme creció, la chica detectó que en su casa no se hablaba mucho del pasado y había cosas que se debían ocultar, como el que la familia fuera asidua al club deportivo militar Olivos. “De eso no se habla con otros”, “no digas que era militar”, le decían.
Hasta su juventud, Orlando Oscar Dopazo era para Natalia su abuelo materno. Desconocía que fue uno de los tantos represores de la dictadura argentina.
En aquella época, en las escuelas de la nación sudamericana no se hablaba de la historia reciente. Era como si el golpe de Estado, la represión a los opositores y los 30 mil desaparecidos no hubiesen sido un episodio oscuro.
Ya en la universidad, la curiosidad la llevó a descubrir una terrible verdad: “Mi abuelo fue un genocida”.
Visitó centros de detención que hoy son memoriales, conoció los movimientos de derechos humanos y se fue enterando de lo sucedido en la dictadura.
Fue un proceso doloroso que hoy ha aprendido a superar: “Orlando (fallecido en 2010) era un ser muy amable, generoso, dulce; fue complicado aceptarlo por eso, creo que fue más fácil para quienes sabían que su familiar (militar) en su vida íntima era violento”.
“Acomodar la realidad”
A sus casi 40 años, Dopazo hoy radica en México, y desde 2017 es integrante de la Asamblea Desobediente, organización conformada por descendientes de genocidas militares de la dictadura que repudian su actuar.
Una vez iniciados los juicios contra los militares, su abuelo estuvo en prisión domiciliaria. Cuando enfrentaba esos procesos, el padre de Natalia le comentó: “él no fue tan malo, no mató a nadie. Es lo que se decía en casa, que no había matado”.
Le costó dos años referirse a él como genocida, aunque cuenta que cuando lo logró, sintió un alivio. “Fue como acomodar la realidad”.











