Martes 24 de marzo de 2026, p. 5
“Nuestra única venganza es ser felices”, dice Agustín Cetrángolo, militante de la organización Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio Buenos Aires y cuyo padre, Sergio Cetrángolo, es uno de los 30 mil desaparecidos durante la dictadura de Jorge Rafael Videla en Argentina (1976-1983).
Los hijos de las víctimas del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y el régimen de facto encabezado por el general Videla eran apenas unos niños o nacieron durante una dictadura que persiguió, detuvo y desapareció a miles de opositores y activistas. Vivieron sus primeros años en el miedo, en el caso de haber permanecido en su país, o en el exilio.
El Estado les arrebató a sus padres u otros integrantes de sus familias y siguen en la búsqueda de justicia. Adultos ya maduros, 50 años después del golpe, narran a La Jornada sus historias de vida.
Agustín Cetrángolo: “no nos pueden robar la esperanza”
“Ha sido difícil”, reconoce Cetrángolo al contar que apenas era un bebé de cinco meses cuando los militares secuestraron a su padre, el 2 de octubre de 1978. Fue prisionero en al menos dos campos de concentración y, a la fecha, su familia no tiene certeza de qué le sucedió, aunque sospechan que fue una de las miles de víctimas de los llamados “vuelos de la muerte”.
Pese a todo, se dice afortunado, pues su madre –que también fue secuestrada por los soldados durante dos semanas– rehízo su vida cuando la democracia volvió a Argentina. Agustín tuvo otros hermanos, una familia, un padre adoptivo. “Mi infancia fue feliz.”
Sin embargo, acota, “me falta mi viejo, no lo voy a poder recuperar, pero la militancia y la lucha me han hecho conocer y hacer tantas cosas (…) Para mi generación es un momento de mucha responsabilidad: ya quedan pocas madres y abuelas (de Plaza de Mayo), somos ahora nosotros quienes podemos dar testimonio de vida y de lucha. Hemos nacido en la dictadura y debemos pelear contra el olvido y la impunidad. No nos pueden robar la esperanza”.
Paula Mónaco, toda una vida sin sus padres
Paula Mónaco Felipe siguió los pasos de sus padres, Ester y Luis, periodistas que “los milicos” se llevaron por la fuerza en la localidad de Villa María, provincia de Córdoba, el 11 de enero de 1978, cuando Paula apenas tenía 22 días de nacida.
Radicada en México desde 2004, la periodista e investigadora independiente valora: “Contrario a lo que parece, en Argentina se han logrado cosas muy importantes, tenemos a más de mil genocidas presos, a una parte de la sociedad que pese a los esfuerzos del actual presidente (Javier Milei) y un sector grande de imponer el olvido, se resiste a olvidar y está inventando muchísimas formas de memoria”.
Destaca que recientemente, en su provincia natal, Córdoba, fueron identificados los restos de 12 personas desaparecidas. “Algo impensable, pues se esforzaron mucho para que nunca los encontráramos”.
Refiere que su historia de vida la ha conducido por el camino del activismo y la conciencia social, en el que encontró una familia por elección: otras decenas de personas en situación similar; sin embargo, lo cambiaría por haber crecido con sus padres.
“Todo esto nace de un dolor muy grande y no se borra con el tiempo, hay un hueco ahí. Me negaron la posibilidad de tener padres, y a mi hijo, de tener abuelos. Sí me gustaría haber tenido a mis papás. No los tengo, me falta recuperar sus restos, quiero encontrarlos, poder sepultarlos. Muchos de nuestra familia se murieron sin esta posibilidad y con ese hueco grande, dos sillas siempre vacías en nuestras casas”, relata.
Los hijos de aquel proceso histórico argentino ahora son padres. Ven como parte central de su vida no dejar morir la memoria, aunque Mónaco Felipe es clara y afirma que no desea obligar a su hijo Camilo, de 15 años:
“Quisiera que mi hijo y todos nuestros hijes, por nombrar a las generaciones siguientes, eligieran tener memoria, pero no quiero imponérselas. No quiero que piensen que es un deber, que hay que hacerlo, que es una obligación. Al contrario, quiero que decidan lo que quieran: si quieren tener memoria, ser activistas, bien, pero también si no quieren serlo. Que sigan la corriente ideológica que quieran. Que sean libres de elegir. Y es, creo, una forma más fiel de defender aquello que nuestros padres profesaban: la libertad.”
Emiliano Balerini y la lucha por la memoria
Emiliano Balerini Casal, hijo de exiliados argentinos, sigue esperando justicia por la desaparición forzada de su padre cuando participaba como militante en los procesos de guerrilla en Nicaragua y Honduras. Ha documentado que en el secuestro de su padre, en Honduras, participaron militares argentinos.
Enfatiza que a cinco décadas del golpe, la batalla más importante es la memoria. “En los últimos años, en Argentina la ultraderecha ha calado muy hondo, y ha puesto en entredicho el terrorismo de Estado de la dictadura. Quiere imponer en el país un laboratorio de lo que puede imponerse en toda América Latina: el olvido, la sinrazón, la preservación del individualismo por encima de las salidas colectivas”.
De ahí que reafirme la importancia de que su generación sea capaz de transmitir a las siguientes la gravedad de lo sucedido en los siete años de dictadura y que eso nunca más se repita.
“Hace poco mi hija, de tres años de edad, se enteró de que su abuelo estaba desaparecido. Y se lo dijimos (él y su esposa) porque un día llegó a la casa diciendo que quería ser policía. Le dije que no, que en esta casa ser policía está prohibido, y le expliqué que los militares se llevaron detenido a su abuelo y nunca más lo volví a ver. Le explicamos que, en general, policías y militares son malos. Nos tocará a nosotros, como padres, enseñar a nuestra hija a preservar la memoria y a discutir con jóvenes más contemporáneos qué es la memoria.”
Natalia Bruschtein: “no vamos a descansar”
Exiliada en México desde hace casi 50 años, cuando llegó siendo apenas una niña de un año junto con su madre Shula huyendo de la dictadura de Videla, que desapareció a seis miembros de su familia, entre ellos a su padre Víctor, Natalia Bruschtein señala: “Hasta que no haya justicia, no vamos a descansar. Nuestras abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, se están muriendo, y siguen las siguientes generaciones, y nosotros los hijos debemos permanecer presentes y empujando”.











