Es la primera vez que la sitarista se presenta en México
Viernes 20 de marzo de 2026, p. 3
La sitarista y compositora Anoushka Shankar ofreció la noche del miércoles en la sala Nezahualcóyotl un concierto colmado de belleza. En formato inusual de cuarteto de cámara, lindó ragas, invenciones, melopeas. Consolidó su tránsito desde la música clásica de India hacia la vanguardia más interesante que se conozca. Es, junto con el concierto de Pat Metheny en la misma sala, en septiembre, lo mejor que ha sucedido en música en muchos años. Y vaya que gozamos de una vida musical muy intensa, variada y de privilegio.
Fue la primera vez que Anoushka Shankar se presentó en México. Inició así también su gira latinoamericana, titulada Chapters Tour, con la presentación en vivo de su reciente trilogía.
Sucedieron muchas cosas asombrosas, entre ellas, que una es la Anoushka Shankar de los discos que ha grabado y otra la compositora en escena que ya revolucionó el mundo de la música.
Lo más asombroso, nunca visto ni oído: ninguno de los instrumentos sonó a lo que son; es decir: el clarinete sonó a todo menos a clarinete, en cambio sonó a oboe de orquesta sinfónica y a oboe tibetano, a corno inglés y, bueno, por momentos a clarinete.
La batería no sonó a eso, sino a un artefacto mágico que sonaba a campanas (tintinábuli), trino de aves, estruendo mudo, truenos y relámpagos. Todo un paradigma.
El uso de los tambores centrales y los platillos, activados con mazos tersos que se acostumbran en otro tipo de instrumentos de percusión, dotó a la música de una espina dorsal erizada y cálida al mismo tiempo.
El bajo acústico sonó a canto de sirenas frente a la embarcación de Ulises, y también a ulular de las otras sirenas, las de los barcos, conocidas como “bocinas de niebla”, y al tremor de la neblina en los anocheceres en Xalapa, y a todo aquello que acontece en los bosques mientras amanece.
La propia Anoushka, una muchacha sencilla y muy contenta, presentó hasta en dos ocasiones a la que denominó “mi asombrosa banda”: Sarathy Korwar en batería y percusión, Thomas Farmer en contrabajo y Arun Ghosh en clarinete. No viajó Pirashanna Thevarajah, activador de percusiones de India: mridangam y ghatam.
La velada comenzó con Anoushka sola y su sitar: incursiones en el mástil encordado y en el extremo cercano a la matriz del instrumento, sonidos prácticamente de sintetizador, aunque siempre fue sitar, en intensidades calcinantes hasta llegar a esa práctica espiritual de la música de India y en regiones mongoles de la creación de sonidos parásitos, como las orquídeas, que son en realidad parásitos a pesar de la mala fama del vocablo: son gemas preciadas y esos sonidos nacen de la conjunción de sonares que al dejar de ser paralelos y juntarse, emiten nuevas sonoridades, ululantes. Anhelantes.
Hubo momentos de clímax prolongados. Velocidades elevadas, temperaturas calcinantes. Una magia que hacía pasar lo veloz como un pez en cámara lenta, una grulla atravesando el horizonte, un atardecer de color dorado.
Prodigios y sorpresas
Anoushka al frente de la auriga: por momentos parecía activar, con todo y posición del cuerpo, una guitarra eléctrica Fender Stratocaster como si fuera Eric Clapton, pero en realidad era Anoushka tocando su sitar, mientras el contrabajista ejecutaba movimientos de danza al producir sonidos alucinógenos desde el mástil de su contrabajo, el baterista hacía sonar un coro de pájaros carpinteros en el bosque y el clarinete dejaba a su vez de sonar a clarinete para producir himnos, cánticos, proverbios, incandescencias incendiando el cielo.
Por instantes estábamos frente a un concierto de música punk, para enseguida pasar a situaciones de música isabelina y enseguida rock duro y luego situaciones insólitas, como cuando Arun Ghosh se quitó la embocadura de oboe tibetano para activar un teclado eléctrico que sonaba en realidad a celesta, ese instrumento de percusión con teclado que se escucha, efectivamente, con el aroma de lo celestial.
Durante dos horas, estos músicos de calidad estratosférica interpretaron distintas piezas repartidas en la trilogía Chapters (I, II y III), además de capítulos de otros discos de Anoushka Shankar, como Traces of You, ese álbum que grabó con su hermana, Norah Jones, y también interpretó una raga compuesta por su padre, Ravi Shankar.
Fue una noche de prodigios. Una sorpresa tras otra. Lo que se valora como vanguardia, es decir, lo nuevo, lo nunca antes escuchado, lo extraído del fondo del mar, de cavernas, manantiales, cornucopias.
La noche del miércoles 18 de marzo deja una impronta en la historia de la música: un cuarteto de músicos convirtiendo en sonidos lo que los místicos atesoran en sus mentes y sus corazones y que el mundo no alcanza a nombrar y solamente nos podemos acercar al misterio, la magia, lo inasible pero al alcance de todos nosotros bajo el manto de una palabra en plural y en íntimo: vivimos en ese concierto en la sala Nezahualcóyotl, una gloriosa noche de epifanías.











