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Palestina y el genocidio cultural
U

no. En la gran novela de Giuseppe di Lampedusa El gatopardo (1958), el cura que a sol y sombra acompaña al príncipe de Salina le ruega expiar sus pecados extraconyugales. El príncipe responde: “Amo a mi esposa, tuvimos cinco hijos, y nunca vi su ombligo”. ¿Quién decía la verdad, y quién mostraba la realidad? Para el cura, la verdad carecía de atenuantes ya que todo habría sido ya dicho y escrito. Y para el príncipe, igualmente devoto, bien podía tenerlas.

Dos. En uno de sus ensayos, el filósofo argentino Enrique E. Marí (1927-2001) cita a Michel Foucault, al decir: “la verdad interpela a una cuestión política, y no está fuera del poder ni carece de poder (…) cada régimen social acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos ciertos discursos, y oblitera otros”. Una idea actualizada de Maquiavelo.

Tres. Marí pone de ejemplo la decapitación de Louis XVI, luego de la revolución francesa. Los partidarios de la monarquía dieron cuenta de su muerte con este bello enunciado: “El alma del bueno de Saint-Louis, voló a los cielos”. Pero el oficial del registro civil del nuevo régimen estampó en los documentos oficiales: “En el día de la fecha murió Luis Capeto. Habitante de la parroquia del temple. Ciudadano francés. Domicilio: Palais de Versailles. Profesión: último rey de los franceses”.

Cuatro. Ahora bien, ¿y qué pasa cuando realidad y verdad son obliteradas con seudoargumentos supremacistas? Por ejemplo, el ensañamiento de la entidad llamada Israel para borrar historia y memoria en la tierra que los palestinos habitan desde hace 4 mil años.

Cinco. El fuego aéreo sionista saqueó museos, destruyó bibliotecas y archivos históricos, documentos, piezas de arte, dañó palacios, como el de Quasr Al Basha (del siglo XIII), demolió la Universidad al Israa (al sur de la ciudad de Gaza), y su museo, que albergaba 3 mil objetos de arte, artefactos arqueológicos, instrumentos y materiales que datan de la Edad de Bronce.

Un informe de Al Jazeera, estimó que al menos 195 sitios de importancia, fueron destruidos por “el-ejército-más-moral-del-mundo” (según Benjamin Netanyahu).

Seis. La Unesco documentó daños a 110 sitios en el enclave costero, incluidos 13 religiosos, 77 edificios de importancia histórica o artística, tres almacenes de bienes culturales, nueve monumentos, inmuebles antiguos como la gran mezquita Omarí y la iglesia de San Porfirio, mercados y edificios de las épocas otomana y mameluca, el antiguo puerto de Gaza (con 2 mil 800 años de antigüedad), el sitio arqueológico de Balakhiya y 226 sitios similares.

Del museo Palacio Pasha (antigua fortaleza medieval), los devotos de la “tierra prometida” robaron 17 mil piezas de incalculable valor.

Siete. El Monitor Euromediterráneo de Derechos Humanos advirtió que Israel amenaza con borrar por completo símbolos materiales y espirituales, y lo que en Gaza resta de los monumentos arqueológicos y su patrimonio, protegidos por la Convención de La Haya (1954).

¿Qué, si tales atropellos han sido propios en todas las guerras?

Ocho. En efecto. Pero en las campañas de Bélgica, Holanda e Italia, Napoleón saqueó el patrimonio artístico con la excusa de crear el “Museo Napoleón” (luego, Museo del Louvre), en la de Egipto empacó con esmero la milenaria Piedra de Roseta (hoy, en el Museo Británico), y, en la de España, marchantes de arte especializados seleccionaron las obras consultando el Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las bellas artes (publicado en 1800).

Nueve. En la Segunda Guerra Mundial, los nazis robaron cerca de medio millón de obras de arte de los museos de Europa, desechando algunas y valorando otras con igual cuidado, que atesoraron jerarcas del régimen o terminaron en manos privadas.

Crímenes de guerra, en fin, que los intelectuales franceses de la época justificaron como una vuelta de las obras al “país de la libertad”, y los nazis al de la “raza superior”.

Diez. En agosto, frente a la Secretaría de Relaciones Exteriores y el excluyente Museo Memoria y Tolerancia, un grupo de activistas erigió un pequeño “antimonumento” con la silueta de Palestina y, al pie, la frase “Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá. ¡Alto al genocidio!” Con lo cual, el Diario judío de México ob literó el acto con título insidioso: “Hamas tiene su monumento en la CDMX”, seguido de comentarios acerca del “…peligro de normalizar la propaganda extremista en el corazón de una ciudad” (sic, 18/8/25).

Once. Para entonces, el invasor había reducido a escombros la franja de Gaza, y asesinando a más de 60 mil palestinos en 22 meses (hoy, más de 71 mil), fuera de los centenares de miles sepultados bajo edificios bombardeados.

Es decir que la condena del genocidio del pueblo palestino, sería igual a “extremismo”.

Doce. ¿Quiénes mostraban la realidad, diciendo la verdad? ¿Los activistas, o millares de medios occidentales como el referido que, histéricamente, distorsionan todo repitiendo hasta la náusea “Hamas/7 de octubre/¡túneles!/Hamas/7 de octubre/¡túneles!/Hamas/7 de octubre/¡túneles!”?