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Proteger al planeta azul
E

l pasado 17 de enero la organización Greenpeace develó el mural itinerante Revolución Azul, en el Huerto Roma Verde, ubicado en la alcaldía Cuauhtémoc. Su objetivo primordial: celebrar la entrada en vigor del Tratado Global de los Océanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que permitirá proteger 30 por ciento del también llamado planeta azul. En otras partes del mundo, Greenpeace, en colaboración con artistas y comunidades locales, diseñó y pintó otros murales para destacar la belleza de nuestros mares y la entrada en vigor de dicho tratado.

Se trata de un mecanismo jurídicamente vinculante que cubre las zonas oceánicas ubicadas fuera de las aguas nacionales (alta mar) y el área internacional de los fondos marinos. Estas regiones conforman más de dos tercios de la superficie del océano. En volumen representan más del 90 por ciento del hábitat de la tierra. Y ello se debe a que el océano es profundo yla mayor parte del espacio habitable del planeta se encuentra bajo el agua. Esos santuarios serían una manera de reducir los efectos negativos del cambio climático y proteger la rica biodiversidad marina.

Además, según la información más reciente, suman 210 millones las personas que tienen en el océano su fuente de vida al laborar en industrias vinculadas con él, la pesca y el turismo. Y no sólo eso: casi la mitad de la población del mundo obtiene de allí su fuente principal de alimentos. Y 3 mil millones de personas consumen co-mo proteína animal la riqueza marina y los productos obtenidos en la acuacultura. Nosólo lo anterior: también cuenta la agenda política de las potencias que ahora buscan el predominio económico y militar, pues los países trasladan por los mares alrededor de 90 por ciento de las mercancías.

El tratado ya fue ratificado por 81 países. Entre ellos México, China, Alemania, Japón, Francia y Brasil. Pese a su gran importancia al ser el primer andamiaje legal para establecer en alta mar zonas protegidas, no lo ratifican aún India, el Reino Unido, Rusia y Estados Unidos. En el caso de este último, que presume ser la mayor economía del mundo, figura entre los cinco principales exportadores de bienes vinculados con el océano. Y si bien adoptó el tratado en 2023, no lo ratifica todavía. Se duda que lo haga mientras ocupe la Casa Blanca el magnate Donald Trump. Él ha retirado a su país de la inmensa mayoría de los organismos internacionales relacionados con el cambio climático, la salud y el medio ambiente.

Es importante recordar que hace cinco años comenzó el Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible, con un objetivo muy claro: promover una gestión de los océanos y costas basada en el conocimiento científico. De tal forma que un planeta azul saludable sea uno de los pilares para el progreso de toda la humanidad y una manera muy efectiva de impulsar la Agenda 2030 del Desarrollo Sostenible.

Se trata de algo de suma importancia porque en los océanos se concentra 97 por ciento del agua que existe en la superficie de nuestro planeta. Son los que regulan la vida de todas las especies que existen, incluida la humana. Producen casi la mitad del oxígeno que respiramos; influyen en el clima y el tiempo. Además, la evaporación que surge de los océanos aporta 34 por ciento del agua que luego en forma de lluvia o humedad cae sobre la parte terrestre del mundo, garantizando así la vida de sus ecosistemas. Y a todo lo anterior se agrega que 90 por ciento de las especies marinas dependen de los arrecifes de coral, formaciones que son vitales para la vida en la tierra y que lamentablemente no están suficientemente protegidos en muchos países.

Es muy importante que México haya firmado el Tratado Global de los Océanos. También una oportunidad para realizar tareas pendientes. Por ejemplo, ordenar ambiental y económicamente los 11 mil kilómetros de litoral que tenemos en el Atlántico y el Pacífico. Hasta hoy en los 17 estados beneficiados impera la ocupación anárquica por polos de desarrollo turístico, centros urbanos, complejos industriales de hidrocarburos y petroquímicos, obras públicas y destrucción de los ecosistemas costeros: manglares, tulares y áreas de anidación de tortugas marinas.

Garantizar la salud ambiental y social de la franja litoral del país es promesa gubernamental desde hace medio siglo. Y sigue sin cumplirse. ¿También en la actual administración?