Opinión
Ver día anteriorLunes 26 de enero de 2026Ediciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La nostalgia no es estrategia
L

a edición 2026 del Foro Económico Mundial no será recordada por las promesas de un futuro interconectado, sino por ser el escenario donde se firmó el acta de defunción de la globalización tal como la conocimos durante las últimas cuatro décadas. No es “el nuevo fin de la historia”, pero sí el fin de un acuerdo tácito de integración multilateral, y de un entendimiento básico sobre los valores comunes a defender bajo la bandera de “Occidente”.

Si bien el fenómeno político de Donald Trump y su retorno al centro del tablero mundial dominan los titulares todos los días, atribuir la erosión del orden liberal exclusivamente a él sería un error de diagnóstico. Lo que Davos 2026 ha dejado al desnudo son las fracturas estructurales, especialmente en una Europa profundamente dividida. Mientras algunos bloques intentan desesperadamente sostener las banderas del liberalismo clásico, otros han sucumbido a nacionalismos que, bajo una retórica de protección soberana, dificultan hablar de una sola Europa. Ecos del Brexit y cierta dosis de pasmo e incredulidad ante la nueva realidad.

Esta fragmentación evidencia que el Consenso de Washington y la integración total ya no son el eje gravitacional del mundo. Estamos ante el surgimiento de una arquitectura global donde la eficiencia económica ha sido desplazada por la seguridad nacional y la autonomía estratégica. La ONU, la OTAN, la COP, las instituciones de la posguerra, están quedándole cortas al mundo.

En este contexto, el discurso más resonante no provino de las potencias tradicionales del G-7 europeo, sino del primer ministro Mark Carney, de Canadá. Su intervención fue una pieza de realismo político descarnado. Al sentenciar que “si no estamos en la mesa, estamos en el menú” y advertir que “la nostalgia no es estrategia”, Carney puso en blanco y negro la nueva realidad: el orden de la posguerra ha expirado.

La propuesta de Carney es el nuevo manual para el siglo XXI: el abandono de la integración regional ciega para favorecer la industria nacional, buscando afinidades selectivas en valores y mercados. Este giro hacia el friend-shoring y los acuerdos bilaterales estratégicos marcan el fin de la era de la globalización universal para dar paso a una era de bloques de interés. Tendremos un mundial juntos, pero la idea de Norteamérica unida contra China está más desdibujada que hace uno, cinco o 10 años.

La variable disruptiva fundamental ha sido la determinación de Estados Unidos de recuperar una hegemonía que, bajo la óptica de la actual administración en Washington, fue diluida por el multilateralismo. La lógica es pragmática y contundente: ¿por qué someter las decisiones de seguridad y economía a la burocracia de organismos internacionales o al consenso europeo cuando se puede ejercer influencia directa?, ¿por qué negociar lo que puedo tomar por la fuerza, literal o comercial?

Estamos transitando hacia un mundo dividido, de facto, en tercios: Estados Unidos, China y Rusia. Para la potencia norteamericana, la fragmentación de la gobernanza global no es un riesgo, sino una oportunidad para ejercer un control más nítido sobre sus áreas de influencia, negociando desde la fuerza y no desde la cooperación colectiva.

Resulta una paradoja observar la posición de México. Durante décadas, la resistencia a la globalización fue una bandera ideológica de la izquierda. Hoy, el pragmatismo ha barrido esa narrativa. México no sólo está integrado a la economía estadunidense; está indisolublemente ligado a ella en un momento en que esa misma integración se utiliza como moneda de cambio en la mesa de negociaciones. Esa integración que, junto con las remesas, sustituyó al petróleo como fuente de ingresos, hoy es el arma con el cual nos apuntan para ceder y conceder. La situación para el Estado mexicano es de una complejidad técnica y política sin precedentes. La economía nacional enfrenta una "tormenta perfecta”: Dependencia crítica del T-MEC en un entorno de proteccionismo creciente; una tendencia a la baja en el flujo de remesas; una pirámide poblacional que comienza a invertirse, presionando el sistema de pensiones, y un gasto social irreductible por ley, que limita el margen de maniobra fiscal. Todo ello, con el doble desafío de preservar la soberanía en todas sus acepciones –de seguridad, territorial, energética, alimentaria y política– mientras se navega en un mar de dependencia económica con un vecino que ha decidido cambiar las reglas del juego a la mitad del partido.

No es tiempo de “enredarse en la bandera” con retórica vacía, ni de añorar los años dorados de la globalidad compartida que Davos solía celebrar. El mundo de 2026 exige una diplomacia de precisión y una gestión económica que entienda que el nuevo orden no se basa en la apertura, sino en la resiliencia y la negociación bilateral estratégica. La globalización como bandera política ha muerto; lo que sigue es quedar en la mejor posición posible en el mundo dividido en tercios. La nostalgia, lo dijo bien Carney, no es estrategia.