s la pregunta que a diario se hacen quienes de alguna forma se ha cruzado en el camino del presidente Donald Trump. La lista es larga y la integran legisladores, funcionarios del gobierno, empresarios, comentaristas políticos y artistas. No podían faltar los ex presidentes Barack Obama y Joseph Biden; recientemente se incorporó al presidente de la Reserva Federal y a una gobernadora de esa institución. Es difícil precisar el número de acusaciones y motivaciones que Trump tiene para ordenar esta cruzada, inédita en la historia de la nación.
Destacan lo absurdo de los cargos por los que se acusa a muchos de ellos, entre otras cosas, por la carencia de los más elementales principios jurídicos en que se fundan los señalamientos. El uso que el presidente ha hecho del tradicionalmente independiente Departamento de Justicia es una afrenta a la ética de quienes en esa dependencia no tienen más remedio que seguir las directrices de la procuradora general, que ha roto con la autonomía relativa que históricamente ha caracterizado a esa instancia del gobierno federal.
Hay un clamor entre los especialistas y académicos de una amplia gama de organizaciones y centros de estudios superiores en torno a la necesidad de poner un alto a la forma arbitraria en que el Departamento de Justicia arma investigaciones y acusaciones, en su afán de complacer al primer mandatario.
Entre los personajes acusados destacan James Colby, ex director de la FBI, que colaboró a solicitud del propio presidente; Adam Shiff, senador por California, quien encabezó la comisión legislativa que enjuició y encontró culpable a Donald Trump de abuso de poder y por obstruir las investigaciones del Congreso; Mark Kelly, senador por Colorado, quien, con otro grupo de legisladores demócratas, llamó a los soldados a refutar las órdenes de sus superiores cuando son investidos como agentes de migración y les ordenan atacar a sus propios conciudadanos; Tim Walz, gobernador de Minesota, por acusar al presiente de instigar la violencia militarizando ciudades como Mineápolis, capital de ese estado, y un largo etcétera. A decir del senador Shiff, las amenazas del presidente “son típicas de dictadores y tienen la finalidad de intimidar a sus rivales políticos y, de una u otra forma, silenciarlos”
Son muchos los casos en que la paranoia tiene una cuota de realidad. La idea de crear cotos o campos de concentración en ciudades, el uso explícito de signos religiosos o políticos y los llamados a la superioridad blanca por algunos de los movimientos que lo apoyan recuerdan algunas atrocidades perpetradas por el fascismo. La tensión crece en la sociedad estadunidense y en el mundo entero por las cada vez más alarmantes declaraciones de Trump, cuya finalidad es crear temor y zozobra como medio de negociar. Su estilo del “acuerdo” se pone de manifiesto en el libro que escribió con Tony Schwartz, The Art of the Deal. En él presume su manera de negociar y la forma de entablar juicios contra sus supuestos enemigos.
En referencia a la megalomanía del presidente, el analista político David Brooks acota en un artículo en el NYTimes: “El narcisismo en ocasiones empeora con la edad cuando las inhibiciones se pierden”. De ser cierto, la posibilidad de que Donald Trump enmiende sus desmedidas ambiciones de grandeza es sólo una quimera.
Prueba de ello es su participación en el Foro Mundial de Davos causando una gran molestia y desazón cuando declaró la primacía de la fuerza sobre la razón, advirtiendo que en ese sentido Estados Unidos tiene gran ventaja por su poderío económico y militar y por ser el adalid y protector de la democracia en el mundo. Insinuó, además, la posibilidad de abandonar la OTAN y dejar a Europa defenderse por sí misma. El sabor amargo que despertó en quienes lo escucharon dio paso al optimismo después del elegante discurso del premier canadiense, Mark Carney, quien exhortó a los representantes de otras naciones a enfrentar conjuntamente las ocurrencias y amenazas del presidente estadunidense.
Vale destacar la frase del historiador Peter E. Gordon en su ensayo sobre El 18 Brumario de Donald Trump, recordando que “la democracia genera sus propios demagogos justo cuando la razón duerme y reproduce sus propios monstruos”.
Otro ciudadano asesinado a manos del ICE. ¿Quién detendrá esta brutalidad?











