l primer título en pantalla explica lo que quiere decir sirât (en árabe): es “el puente que une al infierno con el paraíso, tan delgado como un cabello y tan afilado como una espada”.
En efecto, Sirat: Trance en el desierto, tercer largometraje del español Oliver Laxe, se mueve entre ambas instancias. La película inicia con la colocación de varias bocinas gigantes en medio del desierto, al sur de Marruecos. Así nos introduce al mundo delirante de la rave, esa fiesta multitudinaria en la cual, con el auxilio de sustancias no necesariamente legales, una mezcla de freaks y neojipis baila incesantemente al son de ritmos pulsantes.
A ese mundo ajeno llega el español Luis (el catalán Sergi López) y su pequeño hijo Esteban (Bruno Núñez Arjona), risueño y simpático. Ambos buscan a Mar, su hija y hermana, respectivamente, quien ha desaparecido hace cinco meses y la sospecha es que se ha unido a la caravana de ravers que cruzan el desierto. La aparición del ejército marroquí les hace saber que su presencia no es bienvenida y los soldados escoltan a la caravana. Sin embargo, algunos vehículos escapan del control. Luis decide seguirlos.
La modesta camioneta que conduce el español es muy inadecuada para los agrestes caminos que debe tomar, y es auxiliada por un grupo de dos mujeres y tres hombres, llamados Steff, Jade, Tonin, Bigui y Josh (los nombres propios corresponden a los de los actores que los interpretan, para mayor realismo). Tonin usa una prótesis en lugar de la pierna izquierda y Bigui es manco de la extremidad derecha, signos premonitorios de la violencia por venir.
Por la radio se escucha que el país se encuentra en estado de guerra y los personajes deciden seguir su viaje cruzando el muy estrecho y peligroso camino montañés. Mi descripción debe interrumpirse pues Laxe introduce un inesperado elemento trágico a la hora de metraje. Entramos a la zona del infierno.
Hasta aquí, Sirat: Trance en el desierto se desarrollaba como una alucinante road movie, cuyo motivo de búsqueda parecía central. A partir de ese punto de inflexión, la película da un giro y se emparenta con las dos versiones de El salario del miedo (H.G. Clouzot, 1953 y William Friedkin, 1977), en el sentido de que la tensión narrativa se vuelve inaguantable. Además, Laxe no respeta las convenciones genéricas sobre qué personajes deben sobrevivir o no.
Toda la concepción romántica de la rave desaparece como un espejismo. Cruzar el desierto se vuelve un asunto instantáneo de vida o muerte. Así, el cineasta nos ilustra qué tan vulnerable es la condición humana, una vez expuesta a lo desconocido. La vida es tan frágil como dar un paso en falso.
Con buen sentido de la atmósfera, Laxe resuelve su historia de manera envolvente, apoyado en la fotografía casi documental de Mauro Herce, la música machacona de Kangding Ray y el sonido justamente nominado recién al Oscar, que crean un entorno tan atrayente como amenazador.
Así, Sirat: Trance en el desierto resulta ser una experiencia difícil de olvidar, paraíso e infierno en un solo paquete.
Sirat: Trance en el desierto
D: Oliver Laxe / G: Santiago Fillol, Oliver Laxe / F. en C: Mauro Herce / M: Kangding Ray / Ed: Cristóbal Fernández / Con: Sergi López, Bruno Núñez Arjona, Stefania Gadda, Joshua Liam Henderson, Richard Bigui Bellamy, Tonin Janvier / P: 4 Productions, CNC, Crea SGR, El Deseo, Filmes da Ermida, ICEC, Institut francais, ICAA, Los Desertores Films, Movistar Plus+, Telefónica Audiovisual Digital, Uri Films, Xunta de Galicia, ZDF/Arte. España-Francia, 2025.
X: @walyder












