unque pareciera difícil de creer, desde que la repentina subida de tono por parte de Donald Trump que, surfeando en la ola de la euforia conquistadora después de su raid a Venezuela, amenazó a invadir militarmente a Groenlandia –la isla más grande del mundo, ubicada estratégicamente en el Ártico y una nación constituyente autónoma dentro del reino de Dinamarca, rica, igual que la mencionada nación caribeña, en recursos minerales–, dejando a las élites europeas completamente estupefactas y, aparentemente, sin ninguna idea de lo que estaba pasando, la situación se ha vuelto aún más surreal.
No sólo atónitos, los líderes europeos se vieron de repente forzados a luchar en dos frentes: tratar de mantener desesperadamente a los “malos” Estados Unidos fuera de Groenlandia y a la vez a seguir tratando de mantener a los “buenos” Estados Unidos dentro de Ucrania todavía lo más que se pueda (y, junto a esto, dentro de la OTAN porque, claro, “en tres semanas los tanques rusos van a estar en París”), sino que, juzgando por sus declaraciones en la cumbre de Davos, estaban observando cómo el mundo que conocían se estaba desvaneciendo live.
Toda esta disonancia cognitiva y el pánico en las cimas del poder se hubieran podido evitar si las élites europeas hubieran prestado un poco más la atención a la historia y al presente. Si hubieran abandonado −o al menos empezado a cuestionar− su visión idealizada de Estados Unidos como “una potencia benévola” y “una nación que está destinada a salvar a otras naciones” y, en vez de esto, se hubieran fijado en la historia real de su imperialismo, expansionismo y colonialismo. Y si hubieran tomado nota de lo que Trump y el trumpismo decían y avisaban que iban a hacer.
La Estrategia de la Seguridad Nacional que la administración trumpista publicó en diciembre pasado no sólo resucitó la vieja Doctrina Monroe −y puso en la mira a América Latina−, sino institucionalizó la eurofobia que desde hace tiempo permea en MAGA y en los círculos conservadores estadunidenses. Europa, en su perspectiva −y la estrategia lo dice explícitamente− es un “enemigo civilizatorio” que, a diferencia de Estados Unidos “que proyecta fuerza” (militar, económica, etcétera), proyecta sólo la “debilidad” y enfrenta el “declive” a causa de la “inmigración abierta y descontrolada”.
Desde luego la dependencia de Europa en Estados Unidos −en lo militar, en lo tecnológico, y últimamente también en lo energético, con los europeos cambiando, en proporciones parecidas, las compras del gas ruso por el (más caro) gas estadunidense− es un asunto real y uno al que no parece haber una solución rápida.
Pero su “estrategia” del año pasado que frente a Trump 2.0 consistió sólo en actos de sumisión (como cuando los europeos aumentaron de golpe a su petición el gasto militar a 5 por ciento del PIB o se tragaron sin ninguna palabra su desastroso deal comercial) y en halagos (como después del secuestro de Maduro que vitorearon vigorosamente), no sólo resultó ser un fracaso −ya que nada de esto les ayudó a que se escucharan sus propuestas en las negociaciones con Putin, ni que se tomaran en cuenta sus protestas ahora−, sino algo totalmente contraproducente. Lo único que se logró con esto fue convencer a Trump de que… tenía que ver con los líderes “débiles” y “sumisos”.
Finalmente, lejos de ser una “excentricidad” de Trump, lo que no parecen acordarse los europeos, es que el interés imperialista de Estados Unidos por Groenlandia es de vieja data y los estadunidenses ya trataron de adquirir la isla en varias ocasiones: primero en 1868, un año después de la compra de Alaska a Rusia, y luego en 1910. En 1917, Woodrow Wilson compró “de paso” a Dinamarca su colonia caribeña, las Indias Occidentales Danesas, hoy las Islas Vírgenes de Estados Unidos.
Luego, tras ocupar a Groenlandia durante la Segunda Guerra Mundial −después de que Dinamarca fuese ocupada por los nazis− Estados Unidos se la devolvió a Copenhague, sólo para que, en 1946, Harry Truman, ofreciera otra vez a adquirirla, la oferta que de nuevo fue rechazada (y se hizo pública apenas en 1991), pero algo que no les impidió a los estadunidenses a firmar un acuerdo con los daneses y a expandir, en contexto de la guerra fría, sus bases militares allí. Finalmente, después de que por un rato Groenlandia parecía sólo una idée fixe de los “paleoconservadores” de la proto- MAGA como Patrick Buchanan, el tema regresó en 2019 con Trump ofreciendo otra vez comprarla y consumar, por fin, este “gran deal inmobiliario”.
Claramente, con Trump estamos no sólo ante los modos “decimonónicos” de hacer las cosas, sino unas que bordean con la locura, algo mejor plasmado en su “carta noruega” −donde éste amagó que el hecho de no ganar el Premio Nobel de la Paz “lo libera de la obligación de pensar exclusivamente en la paz” y “explica su interés por Groenlandia”−, o en su amenaza a un grupo de países europeos que acabaron de enviar a un puñado de tropas a la isla a imponerles aranceles de hasta 25 por ciento“si no se la dan”, pero las mismas élites europeas parecen bien determinadas a seguirle el paso.
De manera paralela en que en Davos se daba a conocer que Trump en las pláticas con el jefe la OTAN, Mark Rutte −el fallido ex primer ministro holandés que le gusta decir Daddy ( sic) y “sí” a todo al presidente estadunidense−, llegó a un “marco de un acuerdo” sobre Groenlandia (¿por encima o con un tácito beneplácito de los daneses?) que implica la concesión de “bolsas de soberanía” a Estados Unidos alrededor de sus bases, el canciller alemán Friedrich Merz, aseguraba a “ser determinado a defender a toda costa la soberanía groenlandesa” de… Rusia. Si estos son los últimos espasmos del “viejo orden”, lo siento, pero hay muy poco que lamentar aquí.












