ras invadir Venezuela, Donald Trump confesó que era “por el petróleo”. Sus apoyadores apreciaron que, por fin, un político estadunidense hablara con la verdad. Los críticos, como el comediante John Stewart, extrañaron la añeja retórica cuando cada invasión y golpe de Estado alentado por Estados Unidos se disfrazaba de luchas por la libertad y la democracia. Que Donald Trump utilice su antirretórica supuestamente directa no quiere decir que diga la verdad o que no busque engañar. Se supone que hablar con claridad es ser serio sobre lo que se dice y, para ser tomado en serio, las palabras deben reflejar la realidad. Nada de esto es cierto con el presidente que dijo, sólo en su último discurso en Davos, que solucionó “ocho o más” guerras, que China no tiene granjas eólicas o que Estados Unidos “le devolvió” Groenlandia a Dinamarca después de la Segunda Guerra Mundial. O, al día siguiente, que los somalíes tenían un IQ bajo. En realidad, estamos ante alguien que lleva la retórica hasta su límite al ya ni siquiera reconocer las normas de autocontención que solían tener la diplomacia y el ejercicio presidencial.
Estamos ante un tipo de retórica cuya antirretórica oculta la mentira, el doblez, y el engaño porque presenta su crueldad y vulgaridad como autenticidad y sinceridad sobre lo que “realmente” se piensa. Esta crudeza se disfraza, a su vez, de contraparte de lo políticamente correcto al presentar a éste como falso, timorato e hipócrita. Los que “realmente dicen la verdad” son los que insultan y agreden sin preocuparse ni por la dignidad y la reputación de los demás, menos por los hechos y datos comprobables. Soportan la veracidad usando la repetición, la hipérbole, y la grosería. Ellos son los verdaderos salvadores en el relato de superhéroes detrás de cómo se habla de la política estadunidense.
Desde mediados de los años 60 a esa visión se le ha llamado “paranoica”, que es una forma de no decirle “despolitizada”. Arranca en los crímenes contra los Kennedy y sigue hasta el 11 de septiembre y la guerra en Afganistán e Irak. La política en Estados Unidos se entiende más a partir de la conspiración que por la lucha de clases o el conflicto racial y geográfico que jamás han logrado resolver. Como si la política fuera un cómic o un videojuego, unos demonios que se benefician de su propia maldad trabajan en la penumbra de un Estado Profundo o un pantano de pederastas.
Así, sin pasar por ninguna evidencia o historia de la indignación social, se señala con claridad a un enemigo y se logra ganar votos electorales. Ese poder oscuro maneja recursos ilimitados para tener influencia sobre la educación, los medios, Hollywood o todo un entramado que manipula las mentes. Por su parte, el héroe es el que sabe contra quién se enfrenta y él encarna a un personaje de historieta, más que representar a una mayoría, contar con un proyecto y un mandato en las urnas. La paranoia política reduce todos los conflictos sociales al exterminio de un otro abominable. Y lee la política, no por lo que es, sino desde la resolución a favor de su personaje imaginario. Así, para QAnon o los Proud Boys que acabaron contratados como agentes del ICE, Trump juega un ajedrez de cuatro dimensiones donde toda consecuencia no calculada de su proceder abrupto y vulgar es, en realidad, parte de un plan maestro para terminar con el enemigo que, en el primer periodo presidencial, era la élite de los medios y las universidades, y ahora son los todos los demás. Así que, al final, quien presume de ser directo y no retórico se convierte en el mensaje más oscuro por descifrar.
Otro asunto de la supuesta claridad trumpiana es que no usa palabras que la despolitización considera “huecas”. Cuando la política prescinde de sus palabras más evocativas como “justicia”, “igualdad”, “nación” o “soberanía”, renuncia al afuera que toda participación política necesita. Por eso la movilización del trumpismo llega ese 6 de enero de 2021, rompe el cerco policiaco y no tiene ninguna claridad de si ir por Mike Pence o Nancy Pelosi para ahorcarlos en la picota que han puesto afuera solucionará lo que ellos creen que es un fraude electoral. Se dedican más bien a circular por el Capitolio golpeándose con los policías, sentarse en las curules, y fumarse un toque. Cuando tu proyecto político es insultar a los demás en nombre de la sinceridad, la política se convierte en cambiarle los nombres a todo como única transformación posible: “Golfo de América”, “Consejo de la Paz”, “Centro Trump-Kennedy para las Artes Escénicas”. Es la política entendida como administración de recursos humanos y como mercadotecnia a la que ahora Trump ha agregado “las amenazas falsas y los viajes glorificadores del ego”, como las definió el gobernador de California.
El último asunto que viene a la mente es el llamado “lenguaje de crisis”, que plantea una o varias catástrofes y legitima así el uso de políticas extremas y hasta ilegales. Tal es la crisis migratoria que planteó Trump o las muertes por fentanilo o el déficit comercial. Es una táctica discursiva de las derechas como el “gobierno de emergencia” en Chile. El declive o la deriva son palabras que se usan para sostener un pasado idílico de bonanza que se perdió. De igual manera se utiliza algún fenómeno de desaparición, siempre ligado a la figura fuerte del hombre que terminará con ella. En este caso ha sido redundante la supuesta desaparición de niños por miles. La pérdida es crucial en este discurso de crisis: entre más lejos estés de ella, más tenderás a darle crédito a quien la enuncia.
La afrenta que otros les han hecho es quizás el centro de la retórica cruda de Trump y él la personifica: lo trataron de meter a la cárcel, le dispararon en una oreja, y a su país le han visto la cara Europa, la OTAN, China, Canadá, México, y un largo etcétera. También los organismos internacionales. Y los liberales. Y los demócratas. Y hasta los medios. El resultado ha sido un espectacular reality con armas nucleares y muchos insultos. Lo nuevo es que, cuando se descubre que las promesas o las crisis no eran del todo verídicas, se trata de borrar la evidencia con shocks mediáticos. Uno lleva al otro. Epstein a Maduro, Groenlandia a un resort en Gaza. Pintar todo de dorado, aunque por debajo el unicel que querías ocultar está cada vez más agujerado. Como escribió Will Fish durante el primer periodo presidencial: “Trump es la disposición a emitir advertencias independientemente de si existe una sensación real de amenaza, o hacer promesas que sin el compromiso real de cumplir, o hacer afirmaciones que no hay una razón real para creer que sean verdaderas, todo con el propósito de obtener una ventaja”.
Trump no gobierna, sólo “gana”, aunque para ello haya que maquillar la derrota.












