mpezamos muy bien el año con la aparición del libro titulado Tesoros y secretos de la Ciudad de México y algunas más, que recoge por tercera vez una cauda preciosa de 90 escritos cortos de la autoría de nuestra queridísima Ángeles González Gamio, mismos que fueron publicados precisamente cada semana en las últimas páginas sabatinas de nuestro muy querido periódico cotidiano: La Jornada.
Goza el dicho libro, que editó de manera impecable Miguel Ángel Porrúa, de un pequeño texto introductorio debido a Eduardo Matos Moctezuma, nuestro “sombrero de saludar” de los estudios arqueológicos mexicanos… Es breve, como dice el propio Matos, porque se trata nada más de una afectuosa y aguda presentación a los textos subsiguientes de González Gamio, y no de una competencia, como sucede con algunos prologuistas.
El libro, como garantiza el pundonor del editor, está impreso de manera impecable, como corresponde a un texto de gran calidad, pero no es una edición de lujo, pues la intención es que esté al alcance de muchos bolsillos, puesto que se trata, en efecto, de una serie de textos en su inmensa mayoría sobre la Ciudad de México, de cuyo Centro Histórico es cronista oficial la autora desde hace ya unas tres décadas.
Es el estilo de la susodicha buscar primordialmente los detalles con base en los cuales se puedan conjugar conceptos de gran profundidad y obtener conclusiones asaz importantes. No cabe duda de que la cuidadosa lectura de estas páginas resulta ser una experiencia de valor extraordinario para entender y apreciar las muchas bondades de nuestra ciudad capital.
Conste que es el mío un aserto que emerge de mi perspectiva provinciana, que compite permanentemente con la capital y con frecuencia padece su avasallamiento, pero también constituye, la enorme ciudad, una grande y plural fuente de riqueza para la nación entera.
Según la expresión preferida por los marxistas de antes, la dialéctica en este sentido debe servir para que se enriquezca la dicha nación completa y los hebdomadarios textos de Ángeles González Gamio constituyen también, para cualquier provinciano, una fuente de riqueza. Por eso, principalmente, me gusta que dichos artículos periódicamente se agrupen en forma de libro y circulen por doquier.
Por lo que a mí corresponde, en la medida de mis modestas posibilidades, de seguro miraré de hablar de él y recomendarlo cuantas veces pueda aquí en mi rancho tapatío, en aras de que mis paisanos recalcitrantes, que se encierran “a cal y canto” en las “cosas nuestras”, dejen espacio en sus trincheras para que penetren los conceptos de este libro.
Cabe decir, sin embargo, que este libro debería primordialmente interiorizarse en los hogares capitalinos, especialmente los de aquellos que viven marginados de tal manera que ni siquiera se han atrevido a conocer el Zócalo de la misma, y menos aún las maravillas arquitectónicas y escultóricas que posee. No me atrevo a dar ningún número ni porcentaje, por supuesto, pero es frecuente el encuentro con gente que vive en la capital, incluso habiendo nacido en ella, que no tienen ni idea de muchas de las maravillas que contiene.
Sí puedo dar fe de gente que, gracias a los artículos de González Gamio en La Jornada o en los libros que con ellos han aparecido, han aprovechado la primera ocasión para, como suele decirse, “hacerla de turista” en la propia ciudad en que residen.
Vale decir que en este libro se incluyen algunos devaneos de la autora (16) sobre “otras partes”. Ojalá hubieran incluido más, aunque debemos aceptar que hay límites para los editores. Pero es el caso de aceptar que aun cuando resulte la crónica de visitas relativamente fugaces, el talento y la perspicacia de mi muy querida María de los Ángeles González Gamio da lugar a textos asaz valederos.












