os amantes del cine que vivimos en el poniente de la ciudad esperábamos con emoción la apertura de la nueva Cineteca Nacional en terrenos de Chapultepec.
Hasta ahora pudimos ir a conocerla y, como se dice popularmente, nos apantalló. La arquitectura es amplia, luminosa, contemporánea, de buen gusto y austera. Sorprende saber que se construyó en un predio donado por la Secretaría de Defensa Nacional, en el antiguo edificio de la Ensambladora Militar.
El autor de la obra fue el Taller de Arquitectura Mauricio Rocha, un talentoso creador que recurre a la reutilización de espacios y busca la democratización de la arquitectura, lo que ha ejecutado en varios proyectos públicos.
Aquí, aprovecha una gran nave industrial cuya altura le permitió incorporar el equipamiento arquitectónico para ocho salas, seis internas y dos exteriores, que son las de mayor capacidad. Hay espacios para cafeterías, galería, dulcerías, una tienda, videoteca, librerías, oficinas y hasta un centro de documentación.
Rocha utiliza una estructura de acero con sistemas acústicos con base en madera y cubiertas transparentes que privilegian la vista circundante, así como por naves exteriores de ladrillo. Los pabellones para las salas exteriores aprovechan el paisaje y el espacio con una terraza.
Su filosofía detrás de la obra fue cómo lograr una arquitectura responsable, aprovechando las estructuras existentes en un contexto muy positivo donde tu mirada hacia afuera es un bosque.
Explica Rocha que, aunque la gente identifique la zona como cercana a Santa Fe y Las Lomas, esencialmente, es un lugar cercano a colonias marginadas al borde del río Tacubaya que tienen cero espacio público. “La cuarta sección, por la conexión con esta zona, permite cambiar su imaginario colectivo, tanto en el bosque, como en la oferta cultural, y qué mejor que ofrecer cine de culto a una zona donde no hay centros culturales”.
La Cineteca forma parte del megaproyecto Chapultepec, Naturaleza y Cultura, que encabeza el artista contemporáneo Gabriel Orozco, y busca recuperar y unificar la totalidad del Bosque de Chapultepec a través de iniciativas culturales y ambientales.
No me queda claro cómo va a quedar el ambicioso proyecto, porque ahora llegar en automóvil es muy complicado; una de las entradas, hasta arriba de Constituyentes, tiene a la entrada un retén de militares, en donde hay que identificarse, decir el destino y se emprende un sinuoso recorrido que le advierten que tiene que ir a 20 kilómetros por hora y con las luces intermitentes, aunque sea de día. A ambos lados hay muchas casas de elementos militares. O sea, es una zona habitada por muchas personas del Ejército, que no sé si son parte del megaproyecto.
La otra entrada es por la avenida Vasco de Quiroga, con un tráfico muy pesado en una zona muy poblada. Se supone que aquí también va a estar el Pabellón de la Defensa Nacional, que será un museo de sitio abierto, y la Bodega Nacional de Arte, un espacio expositivo y de conservación a cargo del Inbal.
Otra manera de llegar más amable es el Cablebús –cuando no hay colas enormes en la estación Los Pinos–. Sea cual sea la forma de llegar, vale la pena porque el lugar, además de los atractivos que hemos mencionado, tiene una programación magnífica, prácticamente la misma de su hermana mayor, en Coyoacán.
No resisto recomendarles la película mexicana La Reserva; en blanco y negro, la extraordinaria fotografía nos permite captar la belleza del bosque, buena música y actuaciones. Vamos a sentir muy de cerca una de las más dolorosas realidades de nuestro país.
Aún parece haber poco público y todavía no funcionan todos los lugares de comida, pero cuando la gente de este lado de la ciudad se anime a conocerla se va a enganchar: un lugar hermoso y moderno, muy bien equipado, sin lujos pero confortable, el personal muy amable y precios módicos.
Refleja muy bien la austeridad que se buscó y que Rocha cuidó muy bien; seguramente se acabó el presupuesto y no concluyó como hubiera querido, porque hay varios detalles de acabados en los pisos, escaleras y otros, que el escrupuloso arquitecto no hubiera permitido, pero que, con seguridad, eventualmente se arreglarán.
Y como siempre, hay que concluir con un tentempié, así es que ahí mismo, en el cafetín “Ocho y medio” –recordamos la magistral película de Fellini con ese título– compartimos una ensalada griega, una pizza y ¡hasta un vinito!











