n el amanecer del año 1966, hace siete décadas, La Habana se convirtió en el lugar más importante para el encuentro de las principales tradiciones revolucionarias, mismas que inauguraron una nueva época de la lucha política anticolonial y liberacionista. Se trató de la reunión de la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, que dio vida a la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (Ospaaal) celebrada entre el 3 y el 15 de enero.
La apertura recayó en la figura de Fidel Castro, quien en una amplia alocución describió el derrotero de la revolución cubana a lo largo de siete años. Además de él, hablaron el entonces presidente, Osvaldo Dórticos, y Osmany Cienfuegos. El cierre volvió a recaer en Castro, quien señaló el éxito de que se creara una organización tricontinental a partir de la presencia de la representación de 82 pueblos en búsqueda de reforzar las aspiraciones de liberación nacional. Destacaba la presencia de América Latina por primera vez junto a Asia y África y advertía tres casos de vital importancia: el vietnamita, el de Yemen y el de Palestina. Aquel 15 de enero, además, el comandante en jefe dedicaba algunos minutos a diseccionar críticamente las posiciones trotskistas, mencionando directamente a Adolfo Gilly, a quien refirió por sus artículos de Monthly Review.
En tiempos recientes, la entonces naciente Ospaaal ha sido leído desde la academia anglosajona en una clave estética –pues su gráfica se volvió muy popular y significativa– o bien en una mirada “interseccional”, atendiendo la preocupación norteamericana por “la raza”, como un problema autónomo al resto de contradicciones sociales. Pero lo cierto es que durante aquellos 12 días de discusión se gestaron más elementos que perfilaron un escenario de creciente complejidad política.
En primer lugar, la tricontinental tuvo una mirada mucho más radical frente a la Conferencia de Bandung, celebrada en 1955 y una convocatoria más amplia que la Conferencia de México, en 1961. La presencia de Cuba revolucionaria, pese a el acuerdo de ésta con la Unión Soviética, no impidió una ampliación más allá del binomio dominante en la guerra fría. La posibilidad de gestar solidaridad, no sólo simbólica, sino material, en torno a la descolonización, abrió un frente amplio que incluía la lucha contra los “mecanismos de acción del colonialismo y el neocolonialismo”, que implicaban también a naciones formalmente independientes.
La resolución final señalaba aspectos como el atraso técnico que producía el neocolonialismo y cómo éste generaba la baja productividad de las y los trabajadores del campo y la ciudad. Señalaba también el derecho de los pueblos a la vida sana y a recibir salud por parte de los Estados. Se ponía acento, aledañamente, en las formas de discriminación y racismo a las que se calificó de “repugnantes, brutales y diabólicas”, especialmente de la política del apartheid, pero sin escindirse de otras maneras de opresión.
En la resolución política se habilitaba el uso de la violencia revolucionaria frente a la presencia de la violencia de los imperialistas y llamaba a las vanguardias anticoloniales a ejercerla con responsabilidad. El mapa que otorgaba la resolución miraba la manera en que algunas naciones, como Japón, Corea y Tailandia, eran utilizadas como plataformas de agresión frente a naciones que buscaban su soberanía.
Las comisiones que se sesionaron también dieron sus respectivas resoluciones. Algunas de ellas versaron desde temas clásicos como la economía y le presencia cultural del imperialismo, hasta otras menos conocidas y referidas en las revisiones contemporáneas, como era la comisión sobre la salud pública, sobre las condiciones de la revolución cultural, sobre los cambios científico-técnicos, sobre la seguridad social y el patrimonio cultural e incluso sobre la educación física.
De entre las resoluciones específicas destacaban las que referían a Vietnam y a Palestina. La primera fue la más extensa y concluía la necesidad de conformar un comité de solidaridad tricontinental cuya sede sería La Habana e intensificar la solidaridad con ese pueblo. La segunda, definía al sionismo como “un movimiento imperialista por naturaleza” y consideraba al Estado sionista como una “base imperialista” desde donde se apoyaba a “gobiernos fantoches” en la región.
Respecto a América Latina, la Conferencia tuvo que pronunciarse no sólo sobre Cuba, sino también sobre la agresiva ofensiva sobre República Dominicana de 1965. Amén de ello, la presencia de movimientos armados en países como Perú, Venezuela y Guatemala, eran temas importantes y de no fácil consenso en sus derivas. La acción de la Ospaaal enfrentó a los conflictos y divisiones que suponían las distintas luchas de liberación nacional y concepciones diversas, además de la disputa entre China y la URSS. Pero lo cierto es que aquella reunión certificó a Cuba como motor de cambios significativos en el panorama de la guerra fría.
* Investigador UAM











