or desgracia, tengo gripa de inicio de año y no puedo entrevistar a nadie salvo a mí misma, cosa que me da pena, pero no me queda más remedio. Por tanto, empiezo echándome al agua.
En 1942, mi madre, Paula Amor, nos recogió en Les Bories, Francia, la casa de campo de nuestros abuelos paternos, para llevarnos a la frontera de España y viajar a Madrid y de ahí a Bilbao para tomar el Marqués de Comillas, que atracaba en Cuba para después tomar un avión bimotor a la Ciudad de México, donde nos esperaba mi abuela materna, Elena Iturbe de Amor. Nosotros, hasta ese momento, habíamos vivido y dependido de mis abuelos paternos André y Elizabeth Sperry Crocker de Poniatowski, con quienes habitamos toda la vida.
Mi abuela se entristeció mucho. Todas las noches nos sentaba a su lado y hojeábamos con ella una revista amarilla, el National Geographic Magazine, y nos enseñaba a unas negras flacas con los pechos caídos casi hasta las rodillas, y nos decía: “You see, children, this is Mexico”, y daba vuelta a la hoja con disgusto. Después, subía a darnos las buenas noches en nuestras camas y volvía a bajar las escaleras diciendo a cada escalón “God bless you”. En la última bendición sabíamos que ella ya había llegado a la sala a recuperar su revista amarilla y sentarse en el sofá al lado de mi abuelo, quien también era un gran lector y escribía sus memorias.
Fuimos a Madrid desde la estación de Toulouse en tren y ahí en el andén, para despedirnos de papá, vestido con su uniforme militar, quién se quedaba en la guerra, representamos una pequeña obra que nos enseñaron en la École Communale, Kitzia era Hittler y yo, Mussolini, y acabábamos las dos tiradas en la banqueta, fingiendo habernos matado una a la otra para dar fin a la guerra.
En Francia, a mí me fascinaba ir a la escuela; a mi hermana, no. Íbamos en bicicleta con las hijas del encargado de Les Bories y regresábamos las cuatro juntas. Fui feliz en esa escuela, a pesar de que los primeros tiempos nos aislaron llamándonos “les princesses”, luego ya corrimos en el patio de recreo con todos los niños y las niñas. Cuidaba yo mis cuadernos como si fueran un tesoro.
De Les Bories, Mamá nos llevó en tren a Madrid y luego a Bilbao, donde nos embarcamos en el trasatlántico Marqués de Comillas. Mi hermana Kitzia se mareó tanto que no salió del camarote, pero yo fui muy feliz en cubierta y veía el sillaje del barco en el océano que nos llevó a Cuba. Atracó en el puerto, bajamos al muelle y ahí me di cuenta de lo inmensa que era la embarcación. Sentí mucha admiración por el capitán, quien era amabilísimo con nosotras, porque mi mamá era superbonita y risueña.
En La Habana, después de dos o tres días en el hotel El Nacional, muy acogedor, tomamos un avión que habría de llevarnos a la Ciudad de México. El aeropuerto, en Balbuena, estaba cercado con alambre de púas para evitar que pasaran los animales, sobre todo los perros. En un cerrito había un balneario de un agua caliente milagrosa que sanaba todos los males. Muy cerca de la pista de aterrizaje nos recibió mi abuela, Elena Iturbe de Amor, y me pareció que tenía un vestido muy corto, porque podía ver sus rodillas y un sombrerito de paja como de Maurice Chevalier que mi abuela Elizabeth Sperry Crocker jamás habría usado.
La abuelita que dejamos en Francia era muy propia y convencional; la mexicana nos resultó totalmente original, inaudita, quizá. Lo bueno es que en su casa, en la calle de Berlín 6, en la colonia Juárez, había un patio trasero con perros que ella rescataba de la calle, que nos acogieron moviendo la cola de alegría. Los favoritos dormían en el baño, al lado de la recámara de la abuela Elena Iturbe; los demás, en el patio, cada uno con su cojín, su plato de comida y su plato de agua.
Creí que había llegado al paraíso cuando vi, por primera vez, una muñeca enorme que encontré acostada en mi cama, regalo de mi abuela.
Aprendimos español en un dos por tres con las muchachas que mi abuela empleaba, eran muy cariñosas y nos hacían trenzas con agua de limón. El sol de México nos cubría haciéndonos felices mientras íbamos a pie a la clase de piano, a la escuela, a la clase de ballet. Luego luego nos hicimos amigas de los Romero de Terreros y los Martínez del Río, que vivían también en la colonia Juárez. Lo más bonito era la plaza Washington, con su rotonda de pasto verde.
Todos los días amanecíamos con una luz fuerte y cálida que alegraba las habitaciones de la casa que después, mi abuela vendió a AMA, Asociación Mexicana de Automovilismo, que enviaba a un motociclista a componer cada motor de coche varado en cualquier calle de la capital.
México era pura luz. Comíamos arroz rojo con chícharos y el aguacate que nunca habíamos probado en Francia. Todos nos sonreían y nos decían “güeritas”.
En París, recordaba que llovía mucho y había que bajar al borde del río Sena muy bien tapado. En México salíamos a la calle con los brazos desnudos al sol y al cielo intensamente azul. Mamá se reía muy contenta y nuestra abuela materna nos permitía acariciar a sus perros. Pronto aprendimos sus nombres y, más o menos, olvidamos la guerra en Europa, aunque cada noche rezábamos por papá. Las muchachas, de trenzas largas y negras nos enseñaron el Padre Nuestro y el Ave María que rezábamos al pie de nuestra cama. Para nosotras, Kitzia, mi madre y yo, México era pura luz y cariño.











