veces una historia no concluye: queda en suspenso, como una canción que se interrumpe antes del último acorde. Así nacieron Las Adelas a comienzos de los años 90 en la Ciudad de México, cuando todo parecía a la vez provisorio y definitivo. Gabriela Portantiero, Valentina Concetti y Paula Ubaldini no formaron una banda para hacer carrera, sino para existir. Hijas del exilio, crecieron entre fronteras impuestas por la historia: hablaron más de un acento, habitaron dos países, pertenecieron a ambos y a ninguno.
México fue su lugar de encuentro. Allí comprendieron que la música podía ser ritual y resistencia. El rock no era un género, sino un idioma, una forma de decir aquello que la vida cotidiana no alcanzaba a nombrar. Durante tres años tocaron en la escena del rock mexicano, en bares y foros como Rockotitlán, El Hábito, el Bulldog y el LUCC, espacios donde cada presentación era irrepetible, había risa, complicidad y una ligereza desafiante que atravesaba el escenario sin restarle intensidad a la música. No había certezas, sólo el cuerpo, la voz, la música y la noche.
Sus canciones no nacen de consignas ni de poses. En éstas la poesía y la rebeldía se confunden. Hay una espiritualidad sin dogma, una búsqueda que mira hacia lo profundo. No se trata de fe, sino de atención, de aprender a escucharse en el silencio que dejan ciertas experiencias límite.
El contacto con las plantas medicinales aparece como un conocimiento lento y corporal, aprendido en la intimidad. En ese umbral la música se vuelve más densa, más necesaria. Cada canción carga esa experiencia sin nombrarla del todo, consciente de que algunas verdades se debilitan cuando se explican.
La energía que atraviesa estas composiciones es identidad sin estridencia: un pulso antiguo, una fuerza contenida que encuentra su cauce en la voz y el ritmo. No hay grito gratuito ni ornamento.
Escuchar sus canciones es presenciar un equilibrio frágil: una rebeldía que no grita, una poesía que no promete consuelo, una espiritualidad forjada a solas. No buscan el centro del escenario, sino un punto de verdad. Cada tema parece un regreso al origen y se entrega como un tiempo compartido, breve e intenso, con la lucidez de quien sabe que nada permanece.
En ese lapso, Las Adelas son una banda, pero también una comunidad y una familia. Tal vez todo comenzó allí, en la orfandad. En haber crecido bajo el signo de padres que apostaron su vida a las utopías socialistas y legaron, sin proponérselo, una herencia de desarraigo y memoria. Una memoria que no se elige, pero se carga y que, tarde o temprano, exige una respuesta.
Las Adelas existen no como una declaración, sino como una pregunta sostenida en el tiempo: ¿qué hacer con lo heredado, cómo habitar lo que queda? Luego ocurrió lo que sucede con muchas historias: la vida siguió. No hubo un final dramático ni una despedida solemne. Cada una tomó su camino, como si el mundo las hubiera llamado por separado. La banda quedó atrás, convertida en recuerdo, en una carpeta mental que se abre de vez en cuando. Durante años, Las Adelas existieron sólo en la memoria de quienes las escucharon y en la –más persistente, más incómoda– de quienes fueron parte de esa experiencia.
Después de 30 años, algo volvió a alinearse. No fue una decisión estratégica ni un plan largamente pensado, sino –como suele pasar con lo que de verdad importa– una mezcla de azar y madurez. Antes de ese rencuentro, cada una había seguido su propio trayecto: otras bandas, otros proyectos, otras formas de sostener la música y la vida. Buenos Aires apareció entonces como un punto de cruce, donde en octubre del año pasado Las Adelas regresaron a los escenarios con la presentación de su disco. No regresaron para mirar atrás, sino para comprobar qué seguía vivo, y permanecía casi todo: la energía, las canciones, el vínculo, ese lazo invisible que, incluso después de tantos años, permanecía intacto.
La grabación de su primer álbum es el resultado de ese regreso: un gesto tardío y por eso mismo, significativo. El viaje, disponible en las plataformas digitales, no habla sólo de desplazamientos geográficos, sino de trayectorias interiores: irse, quedarse, volver, aceptar. Es un disco que entiende el tiempo no como una línea recta, sino un círculo irregular.
Las Adelas regresan para cerrar una historia sin clausurarla del todo. Su música es ahora más consciente, más atravesada por la experiencia, pero conserva la pulsión original: decir desde el borde, cantar desde el cruce, habitar el intermedio.
Quizá todas las bandas verdaderas son eso: una forma de recordar quiénes fueron cuando todavía no sabían en qué se convertirían. Las Adelas siguen cantando desde ese lugar incierto, donde la memoria y el presente se miran de frente y, por un instante, coinciden.












