an pronto capturó a Maduro, Trump se lanzó, envalentonado, a dictar sentencias y autonombrarse jefe petrolero, presidente interino y líder de Occidente. Gratuitos títulos que le quedan holgados. Difícilmente cumplirá sus alardes, aun si se trata de la debilitada Cuba. Poco diremos de Colombia o Irán. Los presumidos ataques por tierra a este país se pueden descontar casi por completo. Cierto es que puede haber un margen para el error del cálculo, pero es muy pequeño, casi nulo. Nada tiene que ganar el vecino, salvo la imagen de bravero cumplidor en su coalición de apoyo interno. Someter a Claudia Sheinbaum a sus caprichos no podrá lograrlo de forma alguna. Las variadas presiones se negociarán, tal y como se hace desde el inicio de ambos gobiernos.
Pero el ánimo imperial ha permanecido inalterado, aunque ya trae varias hendiduras. Los objetivos que persiguen, aquellos que están al frente de potencias tanto tecnológicas como financieras o militares, siguen su curso. La operación venezolana mostró varias de las razones que alentaron la invasión. La rapaz codicia asomó su feo rostro en las reservas petroleras. La lucha por sostener una ya imposible hegemonía mundial es inocultable. Los instrumentos que la sostienen evaden, uno tras otro, los llamados a filas. El declinante uso del dólar como moneda dominante es medible. Las grandes transacciones internacionales se hacen, crecientemente, en otras monedas adicionales. Pero también cuentan las severas inquietudes e inestabilidades, esparcidas por todos los confines del planeta. Estados Unidos ahora no sólo es temido por muchos, sino que se le juzga arbitrario e irresponsable en el mejor de los casos.
Al analizar la situación derivada del abusivo ataque a Venezuela brotan, de inmediato, varias consecuencias. Una toca el meollo del ánimo imperial: acumular, sin justicia ni pena alguna, las mayores reservas energéticas del globo. Sabe que podrá blandirlas como arma efectiva. Le sigue el uso de la fuerza militar para expulsar la competencia de un rival que ya lo sobrepasa. China ha penetrado la vida organizada de muchos países y desplazado a los estadunidenses. Usan, los chinos, su casi inagotable músculo financiero para sobreponerse. A ello agregan la recién adquirida capacidad tecnológica de avanzada que les posibilita ganar ventaja. La rivalidad en el campo económico, en varias de sus facetas, se ha ladeado en favor de los orientales. El billón de dólares del superávit comercial acumulado es una palanca que nadie puede igualar. En especial frente al enorme déficit de Estados Unidos. Menos aún pretender hacerlo mediante presiones, castigos o agresiones. Tal es la táctica usada y mostrada, crudamente, en Venezuela.
El uso del dólar como moneda para transacciones internacionales, que una vez fue absoluta e indisputable, hoy pierde terreno de manera acelerada. El grupo de los BRICS aporta una buena tajada de otras monedas en el comercio mundial. Durante décadas, la hegemonía del dólar permitió a los estadunidenses pagar pocos intereses por el voluminoso crédito adquirido. Al tiempo que aumentaba, con los años deficitarios, el límite de su endeudamiento. Hoy rebasa vez y media el mismo PIB de su país. Este solo renglón, al emplear el dólar como moneda de intercambio, le aporta miles de millones, casi gratuitos, que quiere defender al precio que sea exigido. Las tajantes amenazas de Trump se deben a ello. Alardea con penalizar a cualquiera que use otra moneda. Pero la tendencia es inevitable hacia la multiplicación de casos contrarios a tal propósito. Maduro estaba usando los yenes para sus ventas de crudo. Los chinos le prestaron inmensas cantidades para apoyar su desarrollo ante el aislamiento a que lo sometió Estados Unidos. Táctica parecida con la moneda rusa para la compra de armas que, a la hora buena, de poco sirvieron. Lo cierto es que el de Venezuela no es el único caso de hacer negocios con China. Los ejemplos abundan. Brasil es un caso especial por su disposición a intercambiar monedas distintas al dólar. Y las inversiones chinas aumentan y se dispersan con los años en que los gringos abandonaron la región. De ello hablan los peruanos y sus enormes puertos, fincados con tecnología y recursos chinos. Similares procesos hacen otras naciones, no sólo en Latinoamérica, sino en varias partes del planeta: África, Panamá o México o Australia. La distinta postura de esta nueva potencia emergente contrasta con las invasiones, castigos y penalidades de una política externa basada en la prepotencia y la imposición continua. Los tiempos de las sanciones ejercidas a través del sistema Swift llevan un destino de inoperancia indetenible. Ya se le ha sustituido en Rusia y China. Aunque, mientras la decadencia sea terminal, se habrá de convivir con ese tipo de vecino.
Hablar, como Trump, de respeto a leyes, democracia o combate al narcotráfico son palabras sin sentido.












