s lo que pasa cuando una pandilla de desalmados se hace del poder a cualquier escala del dominio: una escuela, una calle, un municipio, un estado, el Estado y lo que éste invada. Hemos sobresaturado la palabra fascismo para explicar lo que sucede hoy en Estados Unidos e Israel, con réplicas en Europa y América Latina. No insistiré en resumir o repetir definiciones, casos, matices. Ni siquiera lo que Santiago Gerchunoff considera “un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo” al discutir para lo que no sirve la historia. Tampoco incurriré en el tedioso lugar común que adjetiva al que nos cae mal o nos chinga. Me restrinjo al concepto de pandilla (gang, en inglés, y de ahí gangster) y a la simpatía de las masas por el fuerte.
Lo que llamamos fascismo es un rasgo del siglo XX, derivado de la plebeyización del poder, cuando los reyes y la aristocracia fueron desplazados por nacionalistas fanatizados en Italia, Alemania y Austria. No eran nobles ni especialmente bien educados; militares hasta cierto punto, cobardes como soldados, demagogos. Benito Musolini y Adolfo Hitler tenían creencias esotéricas, les venía bien la irracionalidad y arbitrariedad en sus órdenes y acciones. Resultaban útiles a los banqueros y grandes empresarios, y razonables a seguidores que crecieron como espuma después de 1920. Se hicieron del poder en sus naciones, los nazis por las urnas, con un discurso basado en supersticiones, fobias y lecturas simplonas de la Historia que adornaron y fundamentaron su propio mito de Poder Imperial con proclamas heroicas, hipertrofiadas e inverosímiles.
A la vista de sus paisanos y del mundo pusieron a rodar la maquinaria de la locura sádica y la destrucción que conocemos. Las “potencias” del “mundo libre” toleraron su militarismo. Firmaron tratados, pactaron fronteras y negocios con ellos a sabiendas de que no eran de fiar. Hitler y sus Goebbels, Goering, Von Ribbentrop, Himmler y demás eran sólo unos patanes, líderes de bandas y cofradías fanáticas. Similar gentuza había tomado el poder en Italia. Todavía mi generación creció con el relato de los Juicios de Nuremberg y la experiencia global de la Segunda Guerra. Conocimos a los oficiales de Hitler con uniforme de gala, y también ahorcados con la lengua de fuera.
Había trivia de la guerra que se vio, y crecía la mitificación de la guerra escondida: el Holocausto de judíos, gitanos, personas con discapacidad, comunistas y anarquistas. Muchos olvidaron que aquel “mal absoluto” encontró gobiernos colaboracionistas en toda Europa, con excepción de Londres, Moscú y un par de tibios “neutrales”. El rasgo racista, fundamentalista y patriotero de los “arios” se les dio muy bien a eslavos, escandinavos, magiares y latinos. Todos entregaron judíos y opositores. El Führer encontró simpatizantes y cómplices en Estados Unidos y el Cono Sur, lo cual resultaría conveniente para el exilio transformista de los nazis que la libraron. La familia extendida por así decir, que bajita la mano llegaría pronto a Israel, aunque a Hannah Arendt la funaron por recordarlo.
Tampoco cayó en gracia a los sionistas que ella concluyera que los nazis no eran el mal absoluto, sino meros matones y burócratas empoderados. Lo supo desde el principio, al igual que Bertolt Brecht, Anna Seghers, Walter Benjamin, Hermann Broch y George Grosz. El hipercrítico de Viena Karl Kraus vio venir el delirio con la misma claridad que tuvo dos décadas atrás ante la tontísima Primera Guerra europea. Escribe en 1933: “No se me ocurre nada sobre Hitler”. Será la primera línea de La tercera noche de Walpurgis (1936), un libro con más de 300 páginas donde parodia, desmonta y ridiculiza los dichos y hechos de la pandilla de mediocres que se hizo del poder en Alemania. No vivió para verlos arrasar el continente y causar decenas de millones de muertes. No vivió para morir en una cámara de gas.
Una miserable pandilla de miserables conchabados es todo lo que se necesita. Cambien el nombre. Rodéenlos de brujas rubias. Pónganles saco y corbata. Óiganlos ladrar. Durante décadas hemos vivido cómodamente en la reprobación de aquellos malvados, en el “compulsivo uso de la palabra fascismo como un intento… de corrección efectiva del que estamos presos” (Gerchunoff). Lo que Maciek Wisniewski llama cul-de-sac: comparar trumpismo y sionismo con fascismo.
Debemos atender consideraciones claves. Lo que vemos como hegemonía autoritaria reloaded en Occidente procede de la mayor potencia militar, que ahora enfrenta una crisis económica profunda, pero no derrotada como la que alimentó al Tercer Reich. Pretende una reconfiguración del mundo en el cual el nuevo líder de la grandeza recuperada se cree con el orbe en un dedo como el dictador de Chaplin, pero se mueve en una inmensa nación multirracial. Cuenta con aliados estratégicos en materia de chantaje y belicismo, particularmente Israel. Pongan al ICE o a los colonos sionistas en lugar de los camisas pardas. Sus formas y pobres contenidos son equivalentes. Y tienen a millones aplaudiendo. Por ahora.











