Editorial
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Cuba, en la mira imperial
E

l presidente Donald Trump comentó que “le parece bien”, al compartir una publicación de redes sociales, que plantea en tono sarcástico el nombramiento del actual secretario de Estado, Marco Rubio, como presidente de Cuba. El hombre más rico del mundo y mayor donante de la segunda campaña presidencial de Trump, Elon Musk, ya había ironizado respecto al papel de Rubio en la política imperialista estadunidense, al caracterizar al halcón como “próximo presidente de Venezuela, gobernador de Cuba y sha de Irán”.

La hostilidad de Washington hacia La Habana, que desde hace tres cuartos de siglo se ha mantenido en niveles inaceptables bajo los estándares del derecho internacional, ha alcanzado el paroxismo desde que la política exterior estadunidense es conducida por Rubio, ultraderechista descendiente de cubanos que forman parte del ala más recalcitrante del exilio radicado en Miami. Desde el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su traslado ilegal a Estados Unidos, Trump y Rubio han insistido en la idea de un inminente colapso de la revolución cubana, con una siniestra ambigüedad acerca de si creen que ésta se producirá espontáneamente o se están preparando para precipitarla mediante una intervención.

En este contexto, la “broma” del mandatario constituye la enésima agresión de su régimen contra Cuba. Debe recordarse que en sus dos periodos en la Casa Blanca, Trump ha impuesto presión máxima para destruir la isla, en la que se incluyen prohibición de viajes en cruceros y aviones privados; limitación de remesas a mil dólares por trimestre; cierre forzoso de las operaciones locales de Western Union; sanciones a quien le suministre petróleo; prohibición de hacer transacciones con toda empresa que, a juicio del Departamento de Estado, sea controlada por las fuerzas armadas cubanas; inclusión en la lista de países patrocinadores del terrorismo; sanciones a quienes hagan convenios de prestación de servicios médicos con la isla; bloqueo de toda plataforma de pagos digitales que transfiera fondos allí, y castigos a toda naviera que atraque en puertos cubanos, entre muchas otras.

Está claro, y el trumpismo es transparente al respecto, que estas medidas tienen el deliberado propósito de rendir por hambre al país y devolver a Cuba a la condición colonial a la que estuvo sometida hasta el 31 de diciembre de 1958. Pocos pueblos han sido tan castigados como el cubano por no someterse al dominio imperial; por empeñar sus fuerzas en la defensa de la soberanía, y pocos han sido objeto de una guerra de desinformación tan virulenta para culpar a quienes resisten de los males que infligen los agresores. El bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de siete décadas puede compararse con el que Francia estableció contra Haití para obligarla a pagar a los esclavistas una indemnización por cada uno de los esclavos liberados, acto de inhumanidad que marcó para siempre a la mitad occidental de La Española y la puso en la trayectoria que la mantiene como la nación más pobre del hemisferio occidental. Lejos de denunciar el sadismo de los imperios, las derechas y no pocas seudoizquierdas persisten en trasladar la responsabilidad por las penurias económicas de los pueblos a quienes se plantan por la libertad.

Por ello, la decisión del gobierno mexicano de proseguir los envíos habituales de petróleo acordados con la isla debe ser motivo de orgullo para todos los mexicanos, por pertenecer a una sociedad que no da la espalda a los damnificados del colonialismo y que mantiene su independencia diplomática y económica en un escenario tan desafiante como la aplicación trumpiana de la doctrina Monroe.