s ya un lugar común decir que las condiciones económicas y políticas en el mundo están cambiando muy rápido y sustancialmente. De modo ineludible, estas alteraciones tienen profundas repercusiones sociales y culturales. La dinámica de estos procesos, sus consecuencias y las formas de interpretarlas y asimilarlas son cuestiones que se han de confrontar.
Tales cambios llevan hoy a conformar un escenario cada vez más conflictivo y peligroso. Las noticias fluyen de modo rápido y constante. Hay mucha información, de distinto origen y calidad, generada con diferentes intenciones. Hay sesgos ideológicos, políticos y económicos de diversa naturaleza e intención, que representan incluso modos de manipulación. Las formas predominantes de comunicación en línea se prestan de modo muy ágil para que todo eso se conforme y reproduzca.
Están los hechos y las interpretaciones; los principios ideológicos y un entramado de mecanismos e instrumentos de poder para avanzar todo tipo de intereses, unos legítimos y otros no. No es sencillo determinar su sustento y su utilidad para comprender lo que pasa.
El mundo aguanta muy poco sin guerras, sean locales o regionales, y enfrenta el creciente riesgo de una conflagración mundial de una altísima fuerza destructiva. B. F. Braumoeller sostiene en su libro titulado Sólo los muertos: la persistencia de la guerra en la era moderna: “Cuando las cosas parecen ir mejor, no es porque la humanidad se está volviendo intrínsecamente más civilizada, sino porque las mayores potencias han ordenado sus asuntos de un modo que hace la guerra menos probable”. Esta aparentemente simple fórmula apunta a que el conflicto prevalece y las pugnas del poder se enfrentan con distintas medidas y, finalmente, con las armas.
Es diversa la localización geográfica del conflicto y no faltan las causas para ejercer la violencia. La paz es frágil en última instancia. Siempre habrá una justificación basada en que finalmente lo que cuenta son los hechos y la manera en que se consuman.
Una forma primaria e ineludible de confrontar estas cuestiones y su significado es la perspectiva individual. ¿Dónde nos situamos y cómo apreciamos lo que ocurre? ¿Cómo conformamos nuestra visión y entendimiento de lo que pasa a nuestro alrededor? ¿Qué densidad tienen los hechos, cómo se articulan y cómo los asimilamos?
El mundo es diferente y las manifestaciones de esta condición seguirán apareciendo de modo rápido. Es complicado filtrar la información y los análisis que se proveen. Cada uno decide qué lee, escucha o ve y arma una determinada interpretación acerca de lo que pasa, la cual puede ser fugaz o más elaborada. Cabe también, por supuesto, la indiferencia.
Este es el sustento para un segundo nivel de consideración, que es el político. Se conforma como una aproximación derivada de determinados criterios, creencias y conocimientos, siempre desde una cierta perspectiva ideológica, cultural y también religiosa, ya sea explícita o no. De tal forma se generan los diversos relatos sobre el origen y las consecuencias de los hechos que van ocurriendo y cómo se entrelazan; de ahí se va desprendiendo la postura que se toma.
El tercer nivel es el de la ética. ¿Con qué parámetros consideramos la virtud o falta de ella de los hechos que enfrentamos? Éste es un terreno peliagudo, que deriva de su propia naturaleza. La combinación de la postura individual, la política y la ética exhibe un necesario grado de complejidad, puesto que los asuntos que se enfrentan no se expresan en blanco y negro, sino en una gama extensa del gris. Lo bueno y malo no puede ser siempre identificado directamente y en ocasiones ocurre que los dos polos de un conflicto pueden representar el mal. Admitir esta situación es, por decirlo de un modo llano, complejo; pero también necesario.
En momentos de alta tensión en las relaciones internacionales, cuando se yuxtaponen diversos tipos de conflictos internos que se desbordan a la arena global, tiene que considerarse la cuestión cultural. Ésta se ha ido redefiniendo de modo relevante, formándose un entorno que se recrea y extiende mediante los modos de comunicación que se agrupan en las redes sociales y su complejo entramado. La cuestión tiene que ver con la manera en se genera una determinada densidad cultural y el tipo de referencias comunes que producen. Se trata de la cohesión social, que ahora se asocia con una creciente acumulación de datos de la gente por las empresas tecnológicas y replantea de modo radical la cuestión de la privacidad y la homologación de las referencias comunes. De ahí es de donde han surgido nuevas formas de ejercer la influencia sobre determinados grupos en materia comercial, pero de modo más relevante en el campo de la política.
Otra dimensión de la aceleración en curso es la pérdida de referencias de una estructura legal e institucional que enmarque las pautas de los sensibles cambios y modos de operar en la sociedad. Este factor aviva las pugnas y tiende a acrecentar los conflictos.











