Opinión
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Crece la incertidumbre
L

a razón o razones que tuvo Donald Trump para violar la soberanía de Venezuela crecen a diario entre quienes creen tener la última palabra en torno al suceso. Para unos fue el petróleo que yace bajo el territorio venezolano, para otros fue la animadversión personal del presidente estadunidense contra Nicolás Maduro, para otros demostrar a China y Rusia que el petróleo de Venezuela es de Estados Unidos, para otros más, refrendar la Doctrina Monroe y recordar que “América es de los americanos” y un largo etcétera.

Son muchas las razones, y no parece haber consenso. Lo que ha sucedido a partir del día en que el mandatario venezolano fue secuestrado, con el argumento de que es un dictador –que lo es–, y por añadidura, un narcotraficante, abre muchas interrogantes. El Departamento de Justicia parece haber encontrado la respuesta a la medida de las intenciones del presidente: “dado que Maduro es acusado de narcotráfico, la justicia estadunidense se avocó el derecho de capturarlo (secuestrarlo) para juzgarlo en un tribunal estadunidense sin importar la violación de la soberanía de Venezuela”. De tal explicación se pueden derivar al menos dos conclusiones: la soberanía de las naciones no cuenta en la normatividad jurídica estadunidense, y en cualquier momento puede ser violada con la excusa de que en ellas vive una persona que, según el Departamento de Justicia, es un delincuente. A partir de esa explicación, y con base en ese curioso marco jurídico, es válido que Rusia invada Ucrania porque considera que parte de su territorio le pertenece, China alega que Taiwán es parte de su territorio y le asiste el derecho de invadirla, Israel, invade a sangre y fuego la franja de Gaza porque, según Netanyahu, le pertenece. El derecho internacional, Naciones Unidas y la soberanía de las naciones son una entelequia. En esa lógica, en muy poco tiempo el mundo retrocederá varios siglos y se convertirá en botín para el más fuerte, con el agravante de que hoy los países que se ostentan con el derecho de invadir otros mediante la fuerza, en algunos casos poseen armas nucleares capaces, no sólo de invadirlas, sino borrarlas del mapa.

La semana pasada, el presidente Trump concedió una interesante entrevista a un grupo de reporteros del New York Times. Expresó su visión del derecho que regula las relaciones internacionales y el que rige las normas entre sus propios conciudadanos. Uno de sus más contundentes y temerarios asertos fue que sus decisiones están enmarcadas y determinadas por “su propia moral”. No está claro cuál es esa moral, pero por la forma de conducirse se caracteriza por una laxitud imposible de encuadrar en algún marco normativo por ser errática, incierta y frecuentemente contradictoria. De lo que no parece haber duda es que en su conduta prevalece una buena carga de xenofobia, y fariseísmo que, en última instancia, deriva en el beneficio familiar y personal. Esto último se deduce por su queja de que en su primer periodo como mandatario, donó su sueldo y evitó que su familia se mezclara en negocios internacionales (sic) cosa que nadie le reconoció. Esta vez, agregó, no está dispuesto a cometer ese error, ya que a la postre nadie le agradeció su magnánimo gesto. Otro elemento que deriva de la entrevista es su necesidad de reconocimiento como presidente. Ha inscrito su nombre en algunos edificios públicos y está construyendo un gigantesco anexo en la Casa Blanca que perpetuará su paso en ese recinto. Expresó resentimiento porque logró terminar con varias guerras (¿?), y pese a eso se le negó el premio Nobel de la Paz. En cambio, se le otorgó a Obama, quien –según afirmó– ni siquiera supo por qué se lo dieron.

La entrevista, que duró dos horas aproximadamente, ha permitido aclarar algunas dudas sobre sus intenciones, pero también dejó una sensación de vacío e incertidumbre acerca de la forma en que conducirá a la nación en el futuro inmediato, según han comentado un sinnúmero de articulistas.

Como trasfondo de la entrevista, causaron indignación las declaraciones de Kristi Noem, secretaria de Seguridad Interna, y Stephen Miller, asesor del presidente, que, sin pruebas, aseguraron que la muerte de una ciudadana indefensa en un suburbio de Minesota, a manos de un agente del ICE, fue en respuesta a un acto de terrorismo. Las pruebas que hasta ahora se han difundido revelan claramente que no existió dicho acto terrorista y que los disparos que causaron el deceso fueron injustificados.

¿Será que la espiral de violencia está nuevamente a las puertas de Estados Unidos?