Opinión
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Geopolítica pragmática
E

l 3 de enero de 2026 marcará un hito en la historia de América Latina, no sólo por la espectacularidad táctica de la captura de Nicolás Maduro, sino por la brutal claridad con la que se ha redefinido el orden en el hemisferio occidental. Para tratar de entender lo que está pasando, debemos trascender la narrativa del “logro democrático” para observar la arquitectura de un cambio de paradigma: el retorno sin titubeos a la Doctrina Monroe, pero bajo una más transaccional y geopolítica, que colonial y expansionista.

La incursión del comando Delta en Caracas no fue un evento aislado de política exterior; fue la ejecución material de la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump. La “forma” –una irrupción nocturna quirúrgica que removió a un jefe de Estado en minutos– desmantela la noción de soberanía westfaliana para los países del área de influencia estadunidense. El “fondo” es una demostración de fuerza dirigida no sólo a Caracas, sino a Pekín, Moscú y Teherán.

Estados Unidos ha dejado de advertir por la vía diplomática para operar por la vía de los hechos. Al ejecutar esta acción, Washington ha trazado una línea roja en el mapa: América es su área de influencia, y en este espacio, el mando es unitario. La advertencia es clara: la presencia de activos estratégicos, energéticos o militares de potencias extrarregionales en suelo latinoamericano será tratada como una amenaza directa a la seguridad nacional de la superpotencia.

Resulta paradójico que, tras la captura, la Casa Blanca haya relegado a María Corina Machado y prácticamente ignorado a Edmundo González Urrutia. Sin embargo, desde la óptica del realismo político y la economía de escala, la decisión es de una lógica matemática aplastante.

Donald Trump no es un ideólogo de la democracia liberal; es un negociador de activos. En la “concepción más cruda del Estado”, la oposición venezolana posee legitimidad moral y arrastre popular, pero carece de poder real. No controlan los pozos petroleros, no tienen el mando de las fuerzas policiales, ni gestionan la burocracia, no recaudan impuestos, no reparten dinero.

Por el contrario, el grupo encabezado por Delcy Rodríguez –imagino, razonablemente aterrado y operando bajo una diligencia forzada– retiene los hilos operativos de la nación. Para Washington, es mucho más rentable negociar con una estructura de poder establecida que ya conoce los mecanismos de control, que “regalarle” el país a un grupo que, aunque legítimo, carece de la infraestructura para garantizar los intereses transaccionales inmediatos de Estados Unidos. El objetivo, como bien señaló Trump al New York Times, es que Venezuela sea “rentable”.

El “gatopardismo” –cambiar algo para que todo siga igual en la estructura de mando– es la ecuación que mejor sirve a los intereses estadunidenses.

Desde la perspectiva mexicana, este evento debe servir como un baño de realidad. Seguir analizando la relación bilateral bajo las categorías de “izquierda o derecha” es un error táctico que podría costar puntos del PIB y soberanía territorial. Estamos lidiando con el actor político más disruptivo del último medio siglo, cuya brújula no es el consenso, sino la rentabilidad política o económica.

La captura de Maduro es el prólogo de lo que vendrá para México en la revisión del T-MEC. Si el criterio para Venezuela fue la rentabilidad y la seguridad nacional, para México la métrica será la misma.

El “elefante en el cuarto” ya no es sólo la migración o el fentanilo; es la exigencia de una alineación absoluta que excluya la influencia china en sectores estratégicos y una colaboración en seguridad que no admita matices.

La era de la ambigüedad estratégica en América Latina ha terminado. La administración Trump ha sustituido la promoción de la democracia por la gestión de áreas de influencia. Para México, la tarea urgente es despojarse de los anteojos ideológicos y adoptar una postura de pragmatismo técnico. Debemos entender que, en este nuevo orden, la soberanía se defiende con eficiencia económica y una lógica geopolítica.

Los libros de historia del siglo XIX son tan útiles como dedicarle una hora y media a la película The apprentice.

No hay una lucha democrática, no hay valores de Occidente; hay una estrategia en marcha para recuperar la hegemonía perdida en los últimos 30 o 40 años. Geopolítica pura que esta generación no estaba preparada para experimentar en carne propia.