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¿La fiesta en paz?

Caracas, Quito, Bogotá y Ciudad de México: prohibiciones y paradojas // Compasión convenenciera y animalismo condicionado

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or enésima vez el mundo comprueba que barbarie y sufrimiento, términos favoritos de los antitaurinos, están en cualquier parte antes que en las plazas de toros, ahora gracias al secuestro protagonizado por el empresario metido a presidente, Donald Trump, convertido por gratuita convicción en el sheriff de la pradera latinoamericana, encargado por voluntad de algunos de imponer la ley del más fuerte y de impartir justicia para beneficio de su pandilla financiera.

El comportamiento de este singular alguacil de la sabana –¡salud, maestros Torrealba y Aldemaro!– preocupado por la democracia, no por el petróleo, ¿eh?, constituye un aviso para aquellos mandatarios que han confundido gustos personales –¿o directrices inconfesables?– con la protección de algunos animales y con un prohibicionismo taurino carente de visión política, social y cultural.

Cuando al entonces presidente venezolano Hugo Chávez se le preguntó por qué razón convertía el representativo coso Nuevo Circo de Caracas en un escenario cultural multiusos, lejos de reconocer su antihispanismo visceral y su antipatía por los hispanópatas nativos, respondió: a mí el único toro que me gusta es Benicio del Toro y su interpretación en la película sobre el Che. Como después de los Girón fue muy discreta la aparición de figuras taurinas venezolanas de nivel internacional la medida no levantó mayores protestas, excepto entre los ases españoles que toreaban allí cada año.

Adriano, siendo esclarecido emperador de Roma, sólo se permitió criticar, nunca prohibir, el circo romano y sus espectáculos antes que por sanguinarios “por monótonos”. En cambio los presidentes Rafael Correa, de Ecuador, y Gustavo Petro, de Colombia, cayeron en el prohibicionismo taurino sin matizar y cerraron el coso principal de sus respectivas capitales. ¿Por anticolonialistas, civilizados o animalistas? No, por sus antipatías personales y su negligencia para reglamentar, reactivar y tutelar el negocio taurino en beneficio de la población, no sólo de los hispanópatas locales y su penosa dependencia de figuras importadas. En vez de vigilar prefirieron prohibir el desempeño clasista de sus acomplejadas élites.

Por acá, imitando el antojadizo modelo de los mandatarios citados, también a la 4T le entró la ventolera de prohibir las corridas de toros en la capital del país, a punto de cumplir 500 años el próximo 24 de junio. Otra vez: ¿por su convicción de animalistas, antimperialistas, nacionalistas o por anteponer la hormona a la neurona? En la columna del domingo anterior revisamos someramente cómo el sistema alimentario mundial combina negocio con maltrato y dolor a los animales que utiliza para sacrificio, venta y consumo diario, sin que legisladores y animalistas del mundo se conduelan, atiendan y menos se vuelvan veganos.

¿Por qué estos prohibicionistas se empeñan en proteger de supuesta tortura y pretendido sufrimiento al toro de lidia en la plaza, criado para acometer, y no a los millones de especies que a diario son sacrificados en rastros, mataderos y frigoríficos con tecnología de punta o con métodos rudimentarios? ¿Esos animales no tienen derechos o primero están los usos y costumbres cárnicos y las enormes utilidades? Lo que gobierno y grueso de la población no ve o prefiere no ver, ¿está permitido? Esta compasión convenenciera y este animalismo condicionado carecen de sustento, no se diga de una ideología incluyente y sensible.

Por si faltara, el marshall asaltante y raptor, sus aguerridos ejecutores, la inservible ONU y las voraces trasnacionales productoras de alimentos y medicamentos para animales también rechazan la tauromaquia, al igual que legisladores trepadores y regímenes como protectores, que tranquilizan su humanismo de supermercado prohibiendo tradiciones descuidadas por propios y extraños.