Opinión
Ver día anteriorDomingo 11 de enero de 2026Ediciones anteriores
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En el espejo de Venezuela
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or una vía que muchos considerábamos clausurada, la política de la fuerza, de la intimidación y la bravuconada se despliega por el continente y de ahí al mundo de las grandes potencias. La intervención militar estadunidense, anunciada como el gran secreto voceado por el jefe del Ejecutivo y replicado por sus profetas y publicistas urbi et orbi, nos advierte de la llegada triunfal de una “nueva era” en la que el método de negociación será el grito, la intimidación y el más descarado uso de la fuerza de que tengamos recuerdo.

No importa el asunto pretextado ni su sustento jurídico o policial, cualquier movimiento de un real o inventado adversario justifica los exabruptos del empresario presidente y la consiguiente irrupción militar embozada o no.

El caso de Venezuela, sin retórica ninguna, es un ataque a su soberanía, la “operación quirúrgica” abre todas las posibilidades para que corran la misma suerte otras naciones, incluidos nosotros.

“Somos una superpotencia”, dijo Stephen Miller, asesor de seguridad nacional del presidente estadunidense. Y agregó para que no haya duda alguna: “vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real... que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”, remató (Macarena Vidal, “El asesor de Trump, Stephen Miller, justifica que EU se haga con Groenlandia: ‘somos una superpotencia’”, El País, 6/01/26).

En estas condiciones se impone la mesura, la cabeza fría y el ánimo templado; flaco favor se le hace al país con los discursos ideológicos. El presente no se presenta sencillo; por el contrario. No se debe confundir –menos mezclar– el reclamo a la legalidad internacional con estridencias demagógicas ni retóricas desgastadas. Tampoco se trata de reditar, sin más, el viejo nacionalismo, sino de retomar y relaborar con absoluta seriedad y rigor la idea de que la política, no sólo exterior, no se basa en ocurrencias que luego se pagan caro.

Llegó la hora de una reflexión que incluya una voluntad explícita a sumar, y convocar a una participación deliberativa que produzca confianza. Esa es, debe ser, la unidad mexicana frente a la adversidad. Auspiciar un proceso como este es tarea central del gobierno y la política.