a madrugada del 3 de enero de este año mediante una brutal e impresionante incursión armada, con un alto grado de sofisticación tecnológica, el gobierno de Estados Unidos secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, y los trasladó a Nueva York, donde están siendo enjuiciados. El mundo quedó sorprendido por esa demostración de fuerza, unilateral, quirúrgica, violatoria de la soberanía de un país y de todas las reglas del derecho internacional construidas después de la Segunda Guerra Mundial.
Fue igualmente sorprendente la manera en la que Trump, Marco Rubio y el jefe del Comando que ejecutó la operación, el general Caine, informaron, sin filtros, los motivos de ese despliegue.
El presidente Trump se ufanó de la incursión y del poderío militar exhibido: “las Fuerzas Armadas de Estados Unidos realizaron una operación militar extraordinaria en la capital de Venezuela. El abrumador poder militar estadunidense, tanto aéreo como terrestre y marítimo, se utilizó para llevar a cabo una incursión espectacular que la gente no ha visto desde la Segunda Guerra Mundial… Esta fue una de las demostraciones más impactantes, eficaces y potentes del poderío y la capacidad militar estadunidenses en la historia de nuestro país… Ninguna nación en el mundo hubiera podido lograr lo que Estados Unidos logró ayer en un período tan breve de tiempo… Hemos vuelto a ser un país respetado, tal vez, como nunca antes”.
En esa conferencia hizo tres anuncios inesperados: el objetivo central del secuestro de Maduro era apoderarse del petróleo venezolano, donde se encuentran las mayores reservas de crudo del mundo, superiores a los 300 mil millones de barriles. Informó, sin pudor, que las empresas petroleras estadunidenses llegarían con inversiones de miles de millones de dólares para explotar el petróleo venezolano, crudo que, sin ninguna base, arguyó que era estadunidense y lo estarían recuperando. Dijo también que Estados Unidos gobernaría Venezuela “hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa.” Finalmente, descalificó a la oposición venezolana y a su principal dirigente, María Corina Machado, diciendo que no tenía respaldo ni reconocimiento dentro de Venezuela para encabezar la transición.
El discurso de Trump fue algo insólito para la política internacional. De manea cruda, descarnada, sin ningún disfraz ni justificación, reconoció que la única razón que había era apoderarse del petróleo venezolano. Quedó olvidada la careta de la defensa de la democracia, las libertades, los derechos humanos o el combate al narcotráfico. Lo único que les interesaba era el petróleo y demostrar que eso era parte de su nueva política de seguridad y de su estrategia geopolítica en la que el control de América Latina y el Caribe es su prioridad.
Con el narcisismo que lo define, Trump subrayó que los orígenes de esa postura hegemónica se remontaban 200 años atrás, con la doctrina Monroe, una doctrina que explica en buena medida la historia y el desarrollo de Estados Unidos, pero que, en las nuevas circunstancias del mundo, estaba siendo conocida como Doctrina Donroe. Trump y Rubio enfatizaron que América, lo que llaman el Hemisferio Occidental, es una región en la que el dominio estadunidense no puede ser cuestionado y no permitirían la interferencia de ninguna potencia exterior (léase China o Rusia).
Y en efecto, en este segundo mandato de Trump ha habido una actualización de la doctrina Monroe. Este planteamiento se expresa en la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, documento de noviembre de 2025 que define los objetivos y prioridades de Estados Unidos en materia de seguridad. Ahí se establece que Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preminencia estadunidense en el Hemisferio Occidental y “proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer y controlar activos estratégicos en nuestro Hemisferio”. Este “corolario Trump” a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadunidenses, en consonancia con sus intereses de seguridad.
“Nuestros objetivos para el Hemisferio Occidental se pueden resumir en reclutar y expandir. Reclutaremos a aliados consolidados en el Hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y fortalecer la estabilidad y la seguridad en tierra y mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevos socios, a la vez que reforzamos el atractivo de nuestra nación como socio económico y de seguridad predilecto del Hemisferio. La política estadunidense debe centrarse en reclutar líderes regionales que puedan contribuir a crear una estabilidad tolerable en la región, incluso más allá de las fronteras de esos socios. Estas naciones nos ayudarían a detener la migración ilegal y desestabilizadora, neutralizar los cárteles, la manufactura local y desarrollar las economías privadas locales. Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y estrategia”.
En este documento se anunciaba ya lo que han estado haciendo. Su primer objetivo fue Venezuela. Se ha insistido en discutir lo que Trump ha declarado crudamente: que van por el petróleo de Venezuela y establecerán una zona bajo su control directo en la región petrolera venezolana. Si el gobierno de Delcy Rodríguez es funcional para ese objetivo, trabajarían con ella; si no se presta, se reservan el uso de la fuerza y buscarían un liderazgo local alternativo. Pero su segundo objetivo, que no se ha discutido casi, es tal vez más importante: acabar con la revolución bolivariana, con una de las experiencias más importantes de revolución popular que estaba teniendo lugar en América Latina y en el mundo.











