Opinión
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America is back

“Conocer la geografía de una nación es conocer su política exterior”.

–Napoleón Bonaparte

A

mérica Latina regresa al centro del debate político estadunidense no por un súbito interés en su prosperidad, sino por la prosperidad misma de Estados Unidos. El mundo se ha vuelto un lugar incierto para ellos: tiene elecciones internas este año, y China y Rusia imponen por ambos lados de la costa. Es importante no entrar en pánico ni sorprenderse; simplemente se está despojando al poder de su vieja retórica diplomática para exponer su lógica cruda.

En su obra Who Are We?, Samuel Huntington –un intelectual gringo que prosperó por su clarividencia– planteó que la supervivencia de una nación depende de la preservación de un núcleo cultural inmutable. Bajo esta premisa, la identidad no es un proceso vivo de intercambio, sino una frontera sitiada. Es decir, la cultura es territorio, y pensar así tiene consecuencias devastadoras: la migración deja de ser un fenómeno social para convertirse en una invasión; la diferencia cultural se transforma en amenaza y el Estado se legitima como un guardián moral con derecho a quitar, poner y cercar. En este tablero, América Latina es reducida a una fuente de desorden que pone en riesgo la cultura del Norte y, por ende, su territorio.

La Doctrina Monroe es la traducción política de está ideología a nuestra geografía. Mientras administraciones anteriores la cubrieron con el lenguaje del desarrollo, hoy en día –con el poderío manifiesto del Dragón al Oeste y del Oso al Este comprimiendo al continente– se ejerce: América Latina debe permanecer bajo tutela ideológica y estratégica. No hay hipocresía liberal aquí; hay una afirmación de control. Venezuela, bajo esta doctrina, dejó de ser un país soberano cuyas instituciones y comunidades son fuertes para convertirse en una moneda de cambio debido a su posicionamiento geográfico.

La política exterior gringa hacia la región, es decir, la relación entre Norte y Sur, ha sido determinada por la obsesión del Norte por descabezar estructuras y extraer insumos del Sur, no para construir comunidades conjuntas. Por ello, la caída de los grandes magnates no elimina el problema, sino que lo fragmenta en unidades más violentas, territoriales y resistentes.

La táctica de personificar el conflicto –ya sea contra un capo o contra un mandatario– ignora que la fragmentación consecuente a una intervención violenta genera una adaptabilidad opaca en el resto de los miembros de la estructura decapitada. Al personificar los problemas en “personajes malos” individuales se comete el error que México ya conoce de sobra: creer que la presión directa (armas) y el control simbólico (instituciones) equivalen a una transformación estructural. Después de cuatro transformaciones, ya lo sabemos: eliminar al villano no desmantela el sistema; lo vuelve más ingobernable.

Ya hemos vivido esto: la guerra fragmenta el poder y rompe el tejido comunitario. La pregunta hoy no es cómo “sobrevivir” a la relación con Estados Unidos, sino qué país decidimos construir dentro de esta realidad aplastante.

Frente a la tentación permanente de convertir a América Latina en patio trasero, México tiene una responsabilidad: mirarse a sí mismo. La soberanía no se declama; se construye cuando el Estado es capaz de cuidar la vida, de garantizar salud, educación y seguridad, de sostener el bienestar de sus comunidades.

Un país con instituciones que protegen a sus pueblos es un país que puede negociar de pie ante quien sea. Entender que la seguridad no nace de la militarización, sino de la justicia; que la estabilidad no se impone desde arriba, sino que se cultiva desde abajo; que ningún país es fuerte cuando sus comunidades están rotas. Nada de esto es nostalgia ni añoranza bolivariana: construir comunidades con pertenencia cultural es supervivencia estratégica.

* Sociólogo e internacionalista