ólo horas después de que el gobierno de Donald Trump desplegó alrededor de 2 mil agentes federales en Mineápolis, Minesota, un miembro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) asesinó a una mujer desarmada en el contexto de un control de tráfico. Según se observa en videos difundidos por testigos, dos integrantes de la agencia intentaron sacar a la conductora de su vehículo, ella se desvió para alejarse y un tercer uniformado se interpuso en su camino y la mató de un tiro en la cabeza.
La directora del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, al cual se encuentra adscrito el ICE), Kristi Noem, calificó lo ocurrido como un acto de “terrorismo doméstico contra los oficiales”, y aseguró que el asesino “actuó rápidamente de manera defensiva y disparó para protegerse a sí mismo y a las personas en las inmediaciones”, narrativa secundada por su segunda al mando, Tricia McLaughlin, y por el propio Trump. En contraste, el alcalde de la urbe, Jacob Frey, condenó sin rodeos la ejecución: “ya están tratando de presentarlo como una acción en defensa propia, pero vi el video y quiero decirles a todos directamente que eso son pendejadas ( bullshit)”.
Frey fue más lejos, al afirmar que “lo que están haciendo no es proveer seguridad, sino provocar caos y desconfianza; están separando familias, sembrando el caos en las calles y, en este caso, literalmente, matando gente”, por lo que envió un mensaje al ICE: “lárguense de Mineápolis, no los queremos aquí”.
En un tono más contenido, el gobernador Tim Walz llamó a los ciudadanos a no caer en las provocaciones del trumpismo, pero respaldó la postura de Frey con un llamado directo a Trump y Noem a que saquen las manos del estado. En declaraciones posteriores, la secretaria de Seguridad expresó que “el oficial siguió su entrenamiento, hizo exactamente lo que está adiestrado para hacer en esa situación”.
Los acontecimientos y las reacciones de la Casa Blanca suponen un ejemplo puro de la deriva autoritaria que vive Estados Unidos con el trumpismo. Si bien el gatillo fácil y la impunidad casi absoluta con que operan todas las fuerzas policiales en ese país son un asunto histórico y estructural, la celebración abierta del abuso de autoridad, ahora normalizada, era impensable hace apenas unos años. Por otro lado, la caracterización del intento de escape de la víctima como “terrorismo doméstico” muestra hasta qué punto la administración republicana fuerza y tergiversa el significado de ese concepto para criminalizar a cualquiera que no simpatice con sus políticas, ya sean ciudadanos que se oponen a la cacería de migrantes, estudiantes que denuncian el genocidio contra el pueblo palestino o el presidente de una nación soberana cuyo petróleo es codiciado por Trump.
Al mismo tiempo, la respuesta de los habitantes de Mineápolis da cuenta del hartazgo de amplios sectores de la sociedad con la retórica de odio, las persecuciones contra los más vulnerables y el afán trumpista de establecer un Estado policiaco. Como notaron desde el primer momento los medios, Mineápolis es la ciudad que albergó algunas de las protestas más grandes de la historia estadunidense después de que policías blancos asesinaran a George Floyd el 25 de mayo de 2020, a sólo kilómetro y medio del punto donde ayer ICE mató a Renee Nicole Good. La indignación de los ciudadanos presentes y el reclamo espontáneo contra los asesinos permiten albergar la esperanza de que, sin proponérselo, el trumpismo esté generando una amplia reacción social de rechazo al fascismo y por la recuperación de niveles mínimos de civilidad.












