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Nosotros ya no somos los mismos

Amigos, hermanos que uno hace // Celebrar Cananea // Punzante invasión en Venezuela

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▲ “Han pasado 18 años de que los trabajadores de una empresa de Grupo México iniciaron una justa y aguerrida batalla por la justicia y la dignidad. Algunos perdieron la vida. Aquel prometedor augurio ha cobrado vida en la heroica trinchera llamada Cananea”. En la imagen, participantes de la firma del convenio en Gobernación, que puso fin a la huelga el 22 de diciembre pasado.Foto @rosaicela_
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ace ya tiempo, en la celebración del matrimonio de un gran amigo (igual que me sucede diariamente, o más bien dicho, a cada rato con mis lentes), olvidé el nombre del autor de una frase que dije y que bastante gustó a los presentes. Por mucho tiempo pensé que había surgido de mi caletre, lo cual me hacía sentir muy satisfecho y por ello la repetía en cada ocasión que embonaba. Luego comencé a verla escrita en distintos lados, pero sin referencia al autor, y me entró tal duda que cuando la repetía previamente decía: “Como alguien alguna vez con gran tino dijo… los hermanos son amigos que nuestros padres nos dieron. Los amigos son hermanos que nosotros mismos hemos hecho”.

El último día del año recién ido no la dije, pero por largo rato se instaló en mi mente. Estaba yo en una funeraria donde se velaba a un “amigo hermano” y era imposible no recordar esa idea, y entonces lo que menos importaba era quién la había sentido y expresado antes. Mi amigo se llamó, perdón, se llama, Pablo Rendón Salgado. Tenía un sentido de la amistad sólo comparable al de su eterno e inseparable compañero Jorge Yáñez. Era tan cordial, gentil, más que educado, modosito, que –para nuestra envidia– tuvo un sinfín de novias, pero a la vez fue tan abusado que escogió a la mejor de todas ellas, llamada Helena Adriana, con quien dentro de poco tiempo cumpliría 60 años de vida unidos en el mismo sentimiento que nunca envejeció. Hoy falleció un amigo con quien el tiempo me hermanó.

Han pasado 18 años de que los trabajadores de una empresa de Grupo México iniciaron una justa y aguerrida batalla por la justicia y la dignidad. Algunos de ellos perdieron la vida en ese lapso. Murieron los hombres, pero les sobrevivieron sus razones. Alguien lo ha dicho: cuando en la lucha un revolucionario muere, no se le sepulta ni entierra: se le siembra. Aquel prometedor augurio ha cobrado vida en la heroica trinchera llamada Cananea. Otras manos, más jóvenes pero con semejantes huellas de honor y patriotismo que las de sus “abuelos instantáneos” (César Vallejo), enarbolaron durante más de seis mil días aquellas mismas banderas: las de 1906 y las de 2007. Desgarradas, desteñidas, en jirones, pero ahora enhiestas, imbatibles, se izaron triunfantes en su larga lucha por la dignidad. La victoria de la sección 65 del Sindicato Minero hay que aplaudirla, festejarla, pero también entender que lo sucedido es apenas el prólogo. Las siguientes páginas –Taxco y Sombrerete– son las que a nosotros compete escribir.

Daba por terminado hoy este inicial comentario sobre la banderilla recientemente inserta en el cuadril derecho de don Germán Larrea, cuando repiqueteó el teléfono. Mi hija Mariana, agitada, me comunicaba la noticia de la invasión a Venezuela. Es evidente que ante el acontecimiento cualquier otro asunto perdía sentido. Una punzada aguda me pegó en la boca del estómago y aunque a mí mismo me parece increíble, deseé vehementemente que fuera otro aviso de mi gastritis. La sorpresa y el dolor se identificaron y me di clara cuenta de que por esta ocasión mi compañera de años era inocente. Se alternaban en mí indignación, rabia, congoja, una gran confusión y mucho, mucho miedo. Por eso, si la columneta está peor que de costumbre, por favor entiéndanme.

Aun de lo peor, una piscacha se salva: vamos a conocer la realidad de muchos rostros y tropezaremos con cientos de máscaras caídas. Las columnas vertebrales harán esfuerzos infinitos para regresar a la verticalidad perdida sexenio tras sexenio, las papilas gustativas tan deterioradas de tanto probar… digamos estiércol, ya podrán saborearlo todo sin recato. Comentócratas de aliento de albañal, negociantes de la cultura, vendedores de estampitas con grado de doctorado, ¡felicidades!, el presidente del globo terráqueo les premiará su empeño por estar a su altura.

Señora Presidenta: No pensé que la iba a querer tanto.