emos llegado al tiempo de la gran mentira. Una que abarca todas, incluso las que nunca creímos llegar a conocer. ¿Qué permanece sólido? La intervención yanqui en Venezuela confirma, como advirtió su dudoso secretario de Guerra, que Estados Unidos puede hacer lo que le dé la gana en cualquier parte del mundo (o casi). Hasta el momento nada lo desmiente. El nuevamente ilimitado colonialismo occidental tiene dos paladines: Estados Unidos e Israel, que sin eufemismos se han pasado la legalidad internacional por el arco de sus desos. Machos Alfa de la política global, los señores Netanyahu (N) y Trump (T) atropellan poblaciones civiles de países que no son el suyo, van tras ciudadanos de allí, los secuestran o asesinan sin disimulo. ¿Quién reclamará? ¿El Papa, la señora premio Nobel de la Paz? ¿Quién los va a sancionar? ¿La Organización de Naciones Unidas, los tribunales internacionales, la Organización de Estados Americanos? Europa no ejerce contrapeso; al contrario, los gobiernos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte son cómplices, y en algunos casos participan en las felonías orquestadas desde Washington (o Mar-a-Lago) y Tel Aviv; o en las suyas propias, como Francia y Gran Bretaña en África.
Cuando T y su gente se quejan de lo que les han “robado” Venezuela y México, ya no sabemos si reír o llorar. La señora Laura Richardson, titular de Comando Sur hasta 2024, admitía sin tapujos que el litio y el petróleo de Sudamérica y el Caribe son “interés de seguridad nacional” para Estados Unidos. El mundo está en manos de ladrones, ellos ponen las reglas (si acaso hay). Las triangulaciones del oro extraído de África central a costa de esclavitud, despojo y muerte de cientos de miles de personas por parte de paramilitares y bandas criminales funcionales y rentables para Occidente, con frecuencia manipulados por Mossad, la CIA o el MI6, llegan a las arcas de esa pequeña gran potencia nada inocente, Emiratos Árabes Unidos (EAU). De allí se reparte el oro lavado de sangre. Igual los diamantes del Congo, a través suyo o de Israel.
Los nuevos barones del capitalismo onda Musk se benefician hasta cuando pierden. El mercado de armas y los desarrollos tecnológicos que éste genera van al alza en escala histórica. Todo el sistema está interconectado: bancos, empresas, congresos y ejércitos nacionales, supervisados por Estados Unidos y al servicio del sionismo.
El mundo está minado. Las milicias yihadistas en Mali, Nigeria, Chad y demás hacen el favor a las potencias desgarrando países. Se suman los “nacionalistas” o “separatistas”, como vemos en la nueva provocación de N al validar como país a los secesionistas de Somalilandia, que nadie más en el mundo ha reconocido desde 1991. Abre así una cabeza de playa africana para su guerra en expansión, con epicentro en Gaza y ondas expansivas de Cisjordania, Siria y Yemen hasta Irán, mientras Líbano, Irak y Jordania reciben de Israel un trato similar al que da T a nuestros países.
Los poderes aplauden cada país nuevo que disminuye al anterior a costa de gran violencia (Sudán, Somalia, Yemen) y guerras civiles interminables. Son mercado bélico, jauja para los reconstructores y agentes inmobiliarios, territorios vaciados para la explotación extractivista (hidrocarburos, minerales raros, o bien comunes, recursos bióticos).
Esta vasta operación de latrocinio plantea problemas de legitimidad a los gobiernos de T y N. Al de Washington (o Mar-a-Lago) lo llevan a nivel personal con la trama Epstein, pero también por el estilo personal de T: pocas veces vimos a un jefe de Estado enriquecerse inmensamente en las narices de sus ciudadanos y el mundo entero. Es un Narciso vulgar con pésima reputación, sí, pero nadie lo frena, pues lo que hace conviene a todos los capitalistas.
Los robos de Israel son una exageración. Además del gran atraco y genocidio en Gaza, y sus incursiones bélicas hacia el Oriente para regocijo de Occidente, enfrenta un peculiar conflicto de identidad. Su teocracia militar no consigue demostrar con evidencias arqueológicas, históricas, genéticas, ni siquiera culturales, el cuento bíblico en el que Israel basa su excepcionalismo y justifica sus crímenes victimizándose de manera grotesca. Los bonos del Holocausto ya expiraron. Los israelíes necesitan vender al mundo ideas positivas, lavarse de sangre la cara y las manos, hacerse los buenos. Y apropiarse de lo que su cultura no da, como el falafel y otras creaciones árabes y palestinas, o la destrucción deliberada de vestigios palestinos (aunque conserven los romanos) y de los olivares aún de pie en Gaza y Cisjordania. Nada de ello abona la hipótesis de que es su tierra originaria.
Bots, espacios pagados y fake news producidos por los centros de propaganda sionista en Israel y Occidente (de Alemania e Inglaterra a Estados Unidos, Argentina y Australia), así como videos, películas, series, medios digitales y masivos trivializan o niegan el genocidio. Con ello inundan las redes sociales y los contenidos de inteligencia artificial. Sin pudor, Israel irrumpe en festivales de música, torneos deportivos y encuentros culturales. Salvo evidencia de lo contrario, se saldrá con la suya.












