Domingo 4 de enero de 2026, p. 9
Si algo deja claro la FIFA cuando hace política es la contradicción. No sólo pasó por encima de sus principios éticos de presunta neutralidad al hacer campaña para que se entregara el Nobel de la Paz a Donald Trump; al no conseguirlo, creó un premio a la medida del presidente cuyo gobierno ha bombardeado al menos seis países en el último año. El más reciente es Venezuela y su nota más alta el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
Hace un mes, durante el sorteo para el Mundial de 2026 entre México, Estados Unidos y Canadá, celebrado en el antes respetado centro para las artes escénicas de Washington y que semanas después cambiaría de forma caprichosa de nombre a The Trump Kennedy Center, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, realizó una ceremonia para otorgar una medalla al mandatario estadunidense por su presunta labor en favor de la paz. Un acto no sólo criticado por lo servil, sino porque rayó en el esperpento al ser un capricho para el representante de un gobierno que en sólo un año ejecutó operaciones bélicas contra Yemen, Somalia, Siria, Nigeria y, ahora, Venezuela.
Ángel Cappa, ex director técnico argentino de futbol y analista sobre el poder que se ejerce en el deporte, a veces de formas no tan explícitas, sostiene que estos actos dejan expuesta la incoherencia del organismo que pregona la separación de la política del deporte.
“La FIFA siempre se ha conducido como un organismo mafioso que maneja un capital enorme en todo el mundo y siempre ha estado relacionada con los líderes de los gobiernos más opresivos. De modo que no me extraña que premie como pacifista a Trump, lo mismo que no me sorprende que tenga en sus filas a Mauricio Macri (ex presidente de Argentina envuelto en escándalos de corrupción y responsable de Fundación FIFA)”, esto lo despacha Cappa sin dejar espacio a los eufemismos.
“Premiaron a Trump, un presidente que ha atacado a seis países desde que llegó por segunda vez al poder, es un gesto inaudito que la FIFA dé un premio al representante del país que más guerras y conflictos ha generado en el mundo”, remata.
Este acto cobra estridencia por los bombardeos a Venezuela en la madrugada de ayer. Y también por el discurso beligerante e imperialista que se revitaliza en las últimas horas con la retórica de Trump. Pero Cappa recuerda que así ha sido como se conduce la FIFA desde siempre.
Esa incoherencia será evidente cuando la FIFA festeje el Mundial del próximo año junto a Trump –agrega–, todo bajo ese discurso que lo mismo castiga al deporte ruso, pero es renuente de sancionar a Israel por el genocidio en Gaza y que legitima con un premio por la paz a la figura que más desestabiliza de forma bélica en esta era.
“No importa si se trata de represores o de los líderes máximos del capitalismo, la FIFA los ampara porque hace negocio con ellos. Es inaudito que inventaran una medalla por la paz exclusivamente para Trump porque Estados Unidos está acaparando los principales eventos del deporte mundial.”
En esto Cappa pone énfasis porque se trata de uno de los temas a los que dedica particular atención: el uso del deporte como instrumento para desviar el debate o mejorar la imagen de un régimen represivo.
“Estados Unidos compite con Arabia Saudita –el reino al que se acusa de utilizar el espectáculo deportivo a gran escala para opacar las acusaciones que se les hacen por violaciones a los derechos humanos–. Ambos regímenes esconden sus barbaridades con estos grandes eventos del deporte”, advierte el ex entrenador argentino.
Play the game, organización danesa que promueve los valores democráticos en el deporte, publicó en octubre de 2025 un reporte que se desprendió de un encuentro entre académicos y expertos en derechos humanos.
“Ahora es el momento de luchar contra el uso del deporte para la represión política en Estados Unidos en el periodo previo a que el país sea sede de la Copa Mundial de la FIFA de 2026 y de los Juegos Olímpicos de 2028 en Los Ángeles”, fue la conclusión de ese encuentro de Play the game.
“La FIFA tiene la influencia para abordar esto y presionar al gobierno de Trump (...) este Mundial no debería ser una zona de crisis de derechos humanos”, dijo uno de los participantes en dicho encuentro.
Hipocresía
Nadie espera esa reacción de la FIFA. Al menos no Ángel Cappa, “el hombre más digno del futbol”, como lo describen en el libro Futbolistas de izquierdas. Ese doble rasero del organismo queda expuesto de una forma tan grotesca que no hay posibilidad de disimulo.
“Tan expuesto como el imperialismo de ese país que dirige Trump, el hombre premiado por la paz según la FIFA. Porque si antes nos tildaron de obsoletos a quienes denunciamos el imperialismo, ahora los propios políticos del país más poderoso no tienen ningún pudor en disimularlo: los atropellos al derecho internacional, contra la democracia y contra todo aquello que se les oponga, no necesitan ninguna justificación en este momento para ellos. Por eso lo que más indigna es la complicidad y la hipocresía de los países que se asumen democráticos en Europa y América Latina”, acusa Cappa.
Puesto así, el analista que dirigió alguna vez en el futbol sugiere que la consecuencia lógica en defensa de la legalidad y la democracia sería el rechazo a asistir al Mundial como una protesta contra el imperialismo descarado de Estados Unidos. Eso, ya lo sabe, no ocurrirá en una era en la que predomina la contradicción o la franca incoherencia.












