n abril de 1911, desde Morelos, Emiliano Zapata escribió una carta que no comenzaba con promesas ni celebraciones. Empezaba enumerando dificultades: pueblos que seguían esperando, compromisos incumplidos, una revolución que podía extraviarse si no se sostenía en los hechos. Nombrar los obstáculos no era una señal de debilidad, sino una forma de afirmar la causa.
Construir un sistema público y gratuito de salud en México pertenece a esa misma tradición. No es un gesto, es un proceso. Y todo proceso real se mide menos por la velocidad del anuncio que por la capacidad de sostener decisiones en el tiempo. El camino no ha sido recto ni fácil. Avanza entre carencias estructurales, una fragmentación histórica profunda y desigualdades territoriales. No se trata de anomalías ni de excepciones, sino del punto de partida. Nombrarlas no debilita el proyecto; es apenas el primer paso para hacerlo gobernable.
Pero la épica no está en negar esas dificultades. Está en no retroceder frente a ellas. En ese horizonte, asumir la reorganización del sistema nacional de salud como una tarea de Estado –planteada con claridad por la presidenta Claudia Sheinbaum– devuelve a la salud pública su dimensión estratégica. Ya no como programa aislado, sino como proyecto de país, de largo plazo, con reglas claras y vocación de permanencia.
La verdadera épica de este tiempo no es la del discurso grandilocuente, sino la de la construcción paciente. Abrir clínicas todo el año, sostener hospitales en regiones donde antes no había Estado, garantizar atención gratuita incluso donde parecía imposible. Es la épica de lo cotidiano, de lo que no siempre se ve, pero transforma la vida de millones. Esa épica no se agota en lo ya hecho. También vive en lo que se está construyendo.
Hacia 2026, el esfuerzo se concentra en cuatro metas claras: consolidar un sistema plenamente digital; fortalecer las Rutas de la Salud como mecanismo único y eficiente para garantizar un abasto estable y racional en todo el territorio; dotar al IMSS-Bienestar de un marco jurídico propio que le dé estabilidad y futuro; y cerrar brechas históricas de atención en regiones donde nunca ha existido acceso regular a medicina especializada.
En 2026, el desafío no es sólo crecer, sino ordenar y consolidar. Que cada centro de salud y cada hospital formen parte de un mismo sistema vivo, reconocible e interoperable. La digitalización completa no es un lujo tecnológico, es la condición para que la atención sea continua, trazable y justa, sin importar el lugar donde se nace o se enferma.
Las Rutas de la Salud entran en una nueva etapa, marcada por mayor certeza. Una selección racional de medicamentos –los que sirven, los que curan, los que hacen falta–; una cadena logística pensada desde el territorio y no desde el escritorio; dotaciones prearmadas para cada unidad, diseñadas según su nivel de atención y su realidad concreta.
Que el sistema llegue completo, y no a pedazos. Aunque quizá el reto más profundo sea llegar por primera vez.
Llevar atención médica especializada a territorios históricamente excluidos, como la Mixteca alta oaxaqueña (Tlaxiaco–Putla), la región Triqui (Copala), la Sierra Norte zapoteca (Ixtlán–Rincón), la Montaña de Guerrero, la Selva Lacandona en Chiapas o San Quintín en Baja California. Lugares donde durante décadas la salud fue ausencia, espera o traslado imposible, y donde hoy empieza a construirse presencia.
Y existe, además, una tarea de fondo: darle forma jurídica a lo que ya opera en la práctica. La Ley del IMSS-Bienestar no es un trámite legislativo más; es el paso necesario para que este esfuerzo colectivo tenga estabilidad, reglas claras y futuro. Para que la gratuidad, la integralidad y la equidad territorial no dependan de voluntades pasajeras, sino del Estado. Nada de esto es espectacular. Y quizá por eso es profundamente épico.
Como en las viejas correspondencias revolucionarias, el proceso no se mide sólo por los logros alcanzados, sino por la decisión de seguir, incluso cuando el camino es largo.
Hoy, la salud pública vuelve a ser un proyecto colectivo. Y en un mundo que empuja al sálvese quien pueda, no hay gesto más transformador que sostener lo común.












