Sábado 3 de enero de 2026, p. a12
¿Qué leía Johann Sebastian Bach? Leía a Nicolás de Cusa, considerado el padre de la filosofía alemana; también leía al filósofo renacentista italiano Marsilio Ficino, artífice del neoplatonismo; se divertía con la cábala y el buen humor del pensador italiano Pico della Mirandola. Aprendió de Cicerón, Isócrates y de Teognis de Megara, entre otros elegantes poetas elegíacos griegos. Devoró tratados de historia de Quinto Curcio Rufo, poesía de Focílides, seguía las enseñanzas de Cebes de Tebas, el pitagórico próximo a los círculos de Sócrates que aparece en el Fedón y en el Critón platónicos.
Como libro de referencia sobre las teorías aristotélicas contaba con una obra estampada en Göttingen en 1680: la Rethorica Gottingesis de Heinrich Tolle. También Horacio, por igual que Virgilio, cuyo libro IV de la Eneida era objeto de especial estudio.
Bach pasaba noches enteras leyendo. Entre sus favoritos estaban los poetas meditativos Sigmund von Birken y Christian Hoffman von Hofmannswaldau.
Christian Friedrich Henrici, conocido como Picander, le proporcionó las palabras de cerca de una treintena de partituras, entre ellas la Pasión según San Mateo y cantatas de primer orden como Gott, wie deinn Name su ist auch dein Ruhm.
Eran los materiales con los que Bach trabajaba, como también lo fueron, en fecha posterior a Picander, los de Salomo Franck, Marianne von Ziegler y Erdmann Neumeister. Las respuestas a la pregunta inicial de este texto están contenidas en una joya bibliográfica: Johann Sebastian Bach: Los días, las ideas y los libros, del pensador catalán Ramón Andrés, libro publicado en 2005 en la editorial Acantilado.
Es importante tener en cuenta que Bach fue ante todo autodidacta y se guiaba por el poderío de su intuición. Estaba al tanto de todo cuanto se publicaba, tenía una abundante biblioteca pero su gravitación, hace notar Ramón Andrés, “se producía en torno a un único punto: la música, esa música, por muy descabellado que parezca en el caso de Bach, ajena a una construcción meramente racional, más afecta al instinto, al lenguaje alógico y prelingüístico del que ha hablado Enrico Fubini. Fue sobre todo y ante todo un músico, una mente capacitada hasta lo indecible para pensar el mundo como abstracción sonora, y también para crear un ámbito en el que se encuentran de manera indisociable la física y la metafísica”.
Al igual que lo hizo Mozart en su momento, Johann Sebastian Bach estableció una relación muy silenciosa con la escritura, el libro y su entorno, un tiempo del exclusión del mundo.
Nos ubica Ramón Andrés: “Bach convirtió ese silencio en un estado interior. Esta operación de aislamiento e introspección está relacionada con una insólita capacidad de concentración mental y la posesión de una memoria prodigiosa, cualidades que le facilitaron la estructuración de discursos de gran penetración mientras cumplía las tareas extramusicales exigidas por el trabajo”.
Las lecturas de Bach no se limitaron a los tratados musicales, teológicos y de espiritualidad. Su biblioteca era más extensa que eso pero su inventario obedece a los protocolos “que llamaban a engaño: eran documentos de información imprecisa y con lagunas, porque, o bien no contaban a ojos de los tasadores por su bajo precio, o por la exigüidad de los libros, pese a su posible importancia”.
Solía ocurrir con las obras literarias, las de la poesía profana en particular –o los que se juzgaban inadecuados para la reputación del difunto. Se ha sugerido que un buen número de títulos desapareció de su biblioteca antes de inventariarla, pero eso es reducir las cosas a una simple especulación. Lo que no cabe poner en duda es que el compositor fue un hombre de gran curiosidad intelectual, alguien de tenaz pregunta, una mente increíblemente rápida –como lo demuestra su música– que no podía vivir ignorante de una realidad muy determinada por los decisivos descubrimientos y los idearios surgidos entonces.
“Leibniz y Newton fueron contemporáneos suyos, y la estela de Spinoza no iba a perderse en tiempos de Bach.”
Las bibliotecas privadas, con mayor acento a partir del siglo XVIII, anota Ramón Andrés, “adquirieron la significación de unos espacios destinados a la generación de sentido, instrumentos de irremplazable valor que facilitaban el acceso a las claves del conocimiento. Anaqueles, candiles, escritorios de gavetas, tinteros, plumas y salvaderas formaban parte de un silencio que traía consigo la revelación del mundo.
“Sus muros cerraban un recinto invulnerable donde la perspectiva de los estantes conformaba una metáfora: la acumulación de la sapiencia, dispuesta en hileras, desvelaba desde sus pasadizos el secreto último de las cosas.”
Aquellas estancias veteadas de títulos empezaron a observarse como “la herramienta capaz de poner en orden el acopio de lo pensado por los hombres”.
La habitación de la casa que se destinaba a los libros consiguió el carácter de emplazamiento íntimo, un refugio a salvo de la comunidad, “porque la escritura, y no menos la lectura, representaron formas de emancipación”.
Poseer una biblioteca resultaba un distintivo, “una muestra de nobleza del cuore, saber aceptar la ayuda de quienes pueden guiarnos”.
En tiempos que vivió Bach, la ubicación de la biblioteca, su orientación y disposición fueron con frecuencia el resultado de un meticuloso estudio del espacio doméstico. Encontrar la parte propicia de un hogar para estar a solas durante la lectura se había convertido en algo imprescindible. Se antojaba difícil combinar en un ambiente comunitario el encuentro entre el espejo del mundo, que es el libro, y los ojos del lector.
Cavila Ramón Andrés: “Es utópico creer que los estudios biográficos y el análisis de las obras ayudan a develar las interioridades de un ser humano; tarea imposible, porque la distinta actitud ante las mismas cosas a lo largo del tiempo y la inconstancia de ánimo nos caracterizan como especie. Contar la vida ajena –o la propia–, opinar sobre ella, es cultivar el equívoco. Por eso en muchos aspectos el autor de El arte de la fuga, pese a su celebridad, sigue siendo un desconocido. Nunca sabremos quién fue realmente, del mismo modo que no sabemos quiénes somos sus oyentes ni en qué lugar nos sitúa cuando se escucha o se interpreta su música”.
El pensador Ramón Andrés nos guía en las páginas de su libro por los espacios cotidianos, las escenas del silencio, el arte de la memoria, el enigma, el contrapunto áureo, los corales cabalísticos, las metáforas celestes, el número sonoro, el filósofo ante el espejo, la música que florece en las ramas de la poesía, el tiempo y la eternidad.
Nos sentamos a leer junto a Bach, en su biblioteca, escuchamos su respiración. De repente, se levanta, toma una pluma de ganso, moja la punta en tinta y dibuja notas musicales. Como en un ensueño, percibimos el cambio en el sonido: lo que era un regurgitar por el roce de la pluma con el grueso papel, se convierte en una melodía de belleza inconmensurable y observamos danzar frente a ella su contrapunto, como el vuelo de un colibrí frente a la flor que liba.
En su hermoso libro sobre los días, las ideas y los libros de Johann Sebastian Bach, el pensador catalán Ramón Andrés traza coordenadas exactas dentro de la exactitud astronómica y milimétrica de las partituras del compositor. Así como se asoma a los anaqueles de su biblioteca, deduce los títulos y los autores de los libros que los protocolos de los inventarios de la época nos tasaron. Y enaltece con su poesía la poética del compositor más importante del planeta, de esta manera:
“En una ventana de Leipzig se apaga la luz de un candil. La biblioteca ha caído sobre un fondo de silencio. Los instrumentos reposan en sus cuerdas. Un hombre cansado y de vista tenue se dirige a la cama, ha releído, más allá de las páginas, un mundo al que volverá mañana. La nada le ha sido concedida como un don. La nada es un bien. Por eso reza. De cada día surge una melodía: le pondrá un contrapunto. Mientras llega el sueño, piensa en los que yacen. Oye la vida en lo inaudible. Quizá la música consista en eso, en revelar las cosas antes de que adquieran nombre. Si ha quedado un libro abierto sobre el escritorio, el universo seguirá teniendo un espejo en la tierra”.












