on el paso de los años hemos aprendido, y no de buena manera, que en el oscuro mundo del narcotráfico, la soberbia, más que una actitud, es un pilar que mantiene en pie a las estructuras criminales; líderes de células criminales han operado durante décadas con una seguridad y confianza casi inquebrantable en la impunidad que reina alrededor del mundo.
La soberbia de los narcotraficantes se arraiga en una percepción de omnipotencia. Durante décadas, y sobre todo a raíz de la expansión de los cárteles en nuestro país, es evidente que la población y las autoridades conocen el paradero de diversos capos y sus familiares, dónde estudian sus hijos o los lugares en los que suelen vacacionar, además de que los criminales desarrollan una economía paralela que les permite establecer negocios “lícitos”.
Protegerse tras muros de violencia, crueldad, sobornos y corrupción, en múltiples ocasiones les ha permitido desafiar gobiernos y leyes; pero, a pesar de lo complejo de las redes que suelen tejer a lo largo de años y dentro de las estructuras institucionales públicas y privadas, quizás sea cierto lo que decía el poeta Horacio: “La justicia, aunque anda cojeando, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera”.
Uno de los temas más controvertidos de esta semana, además de la lamentable pelea del Congreso el miércoles, fue la aceptación de culpabilidad, el 25 de agosto, de Ismael Zambada García por cargos que incluyen conspiración de crimen organizado y empresa criminal continua, enfrentando una posible cadena perpetua.
El hecho no sólo marca el ocaso de uno de los capos más elusivos de la historia, sino que obliga a México a mirarse en un espejo incómodo, donde el narcotráfico ha moldeado no sólo su seguridad y su estabilidad política y económica, sino también su relación con Estados Unidos.
Pero ¿en qué podría traducirse la captura no sólo del Mayo, sino también la extradición de los hijos de El Chapo, de Caro Quintero y de más de 50 reconocidos narcotraficantes? ¿Esto es realmente como diría Terrance C. Cole, el Director de la DEA, que regresó para continuar con su batalla contra las drogas, el derrumbe de un mito y que nadie está fuera del alcance de la justicia estadunidense?
El golpe al cártel de Sinaloa intensificaría la violencia interna, con El Mayo jugando en un diferente escenario. Facciones rivales podrían buscar expandirse, exacerbando los conflictos en diversos países, pero principalmente en México.
Imaginemos audiencias donde El Mayo detalle pagos a funcionarios y militares de alto nivel. Esto permitiría darles nuevos giros a investigaciones como las del caso Ayotzinapa o los vínculos del narco con elecciones. Lo anterior indudablemente desestabilizaría la política interna y erosionaría la gobernabilidad.
Sin embargo, es una extraordinaria oportunidad para que la presidenta Claudia Sheinbaum imponga una agenda de combate real a la corrupción e impunidad. El eslogan “abrazos, no balazos” ha quedado superado frente a un crimen organizado que se fragmenta en facciones cada vez más violentas e impredecibles; pero además, la intensificación de la inseguridad tiene repercusiones en la economía, el turismo y la migración forzada.
La relación con Estados Unidos, ya tensa, se complica aún más. México ha acusado a EU de actuar unilateralmente, mientras la administración de Donald Trump ha intensificado su retórica de designar a los cárteles como organizaciones terroristas y usar los aranceles como herramienta de presión.
Esta dinámica evidencia una contradicción dolorosa: el narcotráfico, alimentado por la demanda de drogas no sólo en EU, no sería posible sin el flujo inverso de armas principalmente estadunidenses que usan los cárteles.
Compartimos responsabilidad, pero la asimetría de poder hasta el momento parece inclinar la balanza hacia Washington, quien impone su agenda mientras México lucha por mantener su soberanía. La captura de múltiples capos, lejos de ser una victoria compartida, ha tensado la relación con nuestro vecino.
La aceptación de cargos por parte de El Mayo Zambada marcará nuestra agenda en los próximos años y nos permitirá ir conociendo poco a poco muchos episodios. Este caso, al igual que otros, es un recordatorio despiadado de que el narcotráfico ha permeado la vida mexicana, y es que aunque nos duela reconocerlo, su influencia se extiende a la cultura, la educación, la economía y la política, normalizando un sistema donde la corrupción parece inevitable.
La culpabilidad de Zambada es un triunfo simbólico, aunque puede convertirse en una oportunidad para replantearnos el rumbo del país; México debe decidir si seguirá siendo rehén de un ciclo de violencia o si, finalmente, romperá con él.
¿Cuánto más toleraremos que el narco dicte nuestro destino? La pregunta no es sólo qué hará el gobierno, sino qué exigiremos como sociedad.
* Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia, y política.