l rugido del león puede escucharse por toda la selva, imposible ignorarlo. Es un sonido potente que advierte o intimida a rivales, o saluda generoso a su propia manada. Representa fuerza y poder, es símbolo de autoridad y dominio, llama a luchar o exige justicia, su voz es sinónimo de la verdad. Ese león también opera en los ámbitos humanos.
Era el segundo día después de la muerte de Luis Donaldo Colosio, el ambiente no podía ser más fúnebre. A pesar del duelo, empezaron a surgir las especulaciones sobre su sustitución en la campaña.
Dentro del comité ejecutivo del PRI se hablaba de simpatías hacia su presidente, Fernando Ortiz Arana, gran ser humano y respetado político, pero había otras razones, por algo fue sustituido días después por Ignacio Pichardo Pagaza. Algunos autopromovidos no eran ni tan confiables ni meritorios, otro se portaba abiertamente, hablaba como si ya hubiera triunfado no sólo en la selección, sino en la campaña misma.
Manuel Camacho Solís era una persona decente, de méritos intelectuales y políticos, pero no era su momento. Estaba herido por no haber sido el elegido. Las horas pasaban, cualquier incidente podía desencadenar hechos irreversibles, ya se cruzaban compromisos y promesas. La cabeza del presidente Salinas debe de haber sido un infierno.
En algún momento de la noche, se citó a los gobernadores de extracción priísta a estar en Los Pinos a las 9 horas del otro día. A su llegada se les conducía a la propia residencia, no a la casa Lázaro Cárdenas donde estaba el despacho presidencial. Se les ubicó en la biblioteca, en los pequeños salones junto al gran hall. No se hablaba, se susurraba, pero el tema era el mismo: el candidato. Pasados unos minutos se les invitó a pasar al despacho presidencial.
El presidente estaba de pie tras el escritorio. A su derecha, sentado en una silla de ruedas estaba don Fidel Velázquez con sus 94 años. La imagen de Salinas de Gortari era la de quien sufre al máximo, enflaquecido, pálido, con ojos irritados. Don Fidel tenía la imagen pétrea de un ídolo, era la efigie de quien está conteniendo sus emociones o tal vez no las tiene.
Habló el presidente. Las lógicas lamentaciones, ya por terminar, al mencionar la irreparable pérdida, de entre los gobernadores saltó una voz. Era Jesús Murillo Karam, gobernador de Hidalgo, diciendo: “¡que se someta a votación!” La impertinencia enmudeció a todos, pero el peligro de desarreglar el acto era terrible, faltaría otro idiota.
No había pasado un respiro cuando rugió el león y su rugido mágicamente regresó a todos a la serenidad. Fue breve, dirigiéndose a Salinas la voz tronante vigorosamente exclamó: “¡Me opongo, señor presidente!”, la sola frase congeló a todos los asistentes.
En el mismo respiro saltó Manlio Beltrones, gobernador de Sonora, quien con un cartucho de grabadora de televisión en la mano decía:
–Que sea nuestro fallecido candidato quien hable de su sucesor.
Metió el cartucho en una máquina, entró la imagen centrada en la figura de Colosio, quien externaba las cualidades de Ernesto Zedillo al ser nombrado su coordinador de campaña. Volvió Manlio a la carga diciendo:
–Ha hablado nuestro candidato.
Así se consagró a Zedillo por boca del mismo Colosio. Retomó Salinas la conducción del acto invitando a los gobernadores a abordar un autobús que los llevaría a la sede principal del partido, donde saludarían a Zedillo y participarían en su juramento como candidato presidencial.
Así rugió el león. Cuatro palabras bastaron para evitar un desaguisado provocado por el inexcusable acto de Murillo Karam.
Estos hechos poco difundidos trasladan una lección de valor actual. Todo conductor humano: sean presidentes, líderes políticos, sindicalistas o sociales, en ciertos casos requiere que una voz distinta, acertada, fuera respetada o temida, prevenga, rexprese, ratifique o cancele una idea, no por debilidad de la primera persona, como sería la simple conclusión, sino por el valor útil que la persona agregue como aportación de su calidad a la justicia, fuerza o razón.
Trayendo la lección de aquel acto ya añoso a nuestros días, veríamos con preocupación la soledad de nuestra Presidenta, quien sabiéndola inteligente, fuerte y serena, transmite una imagen de fragilidad, de aislamiento que, aunque no fuera así, la lectura popular así la recibe. No se advierte la presencia de quién le aporte fuerza.
El rugiente león, siempre útil, no aparece y vaya que se le necesita. Su entorno personal no se conoce, pero ahí no hay leones: el andamiaje presidencial clásico, congreso y gobernadores y sindicalismo no quieren saber nada; ahí hay hienas.
En eso andamos si leemos que ya se cumplió el primer año de la brillante elección presidencial. Cuando debería gozar de total libertad en el ejercicio del poder se le advierte atada y sin auxilios. ¡No puede ser!