Opinión
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El incómodo legado de José Revueltas
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eer a José Revueltas en un mundo donde la ultraderecha avanza no es un acto de nostalgia literaria, sino una necesidad de supervivencia intelectual. En una época donde el discurso público se reduce a la polarización binaria (“buenos contra malos”, “nosotros versus ellos”, “los puros frente a los pragmáticos”), Revueltas nos ofrece algo que escasea peligrosamente: la dialéctica incómoda.

El autor de El luto humano representa una rareza casi extinta en el siglo XXI: el militante que se atreve a señalar las miserias de su propio bando sin por ello entregarse al enemigo. En un contexto de avance ultraderechista, la izquierda cultural y política suele caer en dos trampas peligrosas: la pureza dogmática (encerrarse en una burbuja de corrección moral autoafirmativa) o la claudicación cínica (asumir que “todo es lo mismo”). Revueltas nos enseña una tercera vía: la crítica como forma de lealtad.

Cuando escribió su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962), no lo hizo para halagar a la reacción ni para publicar un panfleto anticomunista de ocasión. Lo hizo porque entendía que una izquierda incapaz de mirar sus propias contradicciones, su burocratismo y su desconexión con el dolor popular, es una izquierda que allana el camino a la derecha autoritaria. Esta lección es vital hoy. Ahí están las olvidadas “madres buscadoras”, el limbo de los 43 de Ayot-zinapa, los oídos sordos ante agricultores y transportistas que piden seguridad en las carreteras, el “no significativo” derrame de hidrocarburos en las costas de Veracruz y los impresentables protegidos para “no hacer el caldo gordo a la oposición”.

Frente al ascenso de líderes que capitalizan el miedo y la posverdad, la respuesta no puede ser un espejo dogmático que cancela al que pregunta o al que duda. Revueltas nos recuerda que la verdadera trinchera está en la complejidad y la transparencia. ¿Cuántos malentendidos se podrían haber evitado si, por ejemplo, se hubiera hecho público el convenio que el gobierno federal hizo con el Banco Santander sobre la movilidad de la Colección Gelman?

Michi Strausfeld ha recordado que pese a sus convicciones Revueltas no fue un fiel soldado del Partido cCmunista; se enfrentó por igual a los dogmas de los comunistas como a los de la Iglesia.

Además, su literatura (El apando, Los muros de agua) nos vacuna contra la estetización de la violencia. La ultraderecha simplifica el mundo con narrativas de héroes y villanos; Revueltas nos sumerge en un realismo donde las víctimas pueden ser crueles y los verdugos, patéticos. Leerlo es entender que la barbarie no es una abstracción de “los otros malos”, sino una estructura de la que a veces somos cómplices pasivos.

En 1949 publica la novela Los días terrenales, que provoca acaloradas polémicas. En ella critica la rigidez ideológica. Uno de sus personajes, Fidel, “es una horrible máquina de creer, una horrible máquina sin dudas”. La novela fue una bomba para la izquierda de entonces y tal vez quizá para la de ahora. La tacharon de reaccionaria y decadente. Evodio Escalante afirma que “la izquierda de la época la condenó de manera unánime”. Hasta Pablo Neruda, que fue su amigo, la condenó. Marco Antonio Campos cita al poeta chileno: “las páginas de su último libro no son suyas. Por las venas de aquel noble José Revueltas que conocí circula una sangre que no conozco. En ella se estanca el veneno de una época pasada, con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte”.

Fue tal la polémica, que Revueltas retiró de circulación Los días terrenales y la obra de teatro El cuadrante de la soledad, que versaba sobre el mismo tema. Quería hacer una autocrítica.

En un presente que exige definiciones instantáneas, Revueltas nos regala hoy el oxígeno de la autoconciencia crítica. Porque combatir el avance de la intolerancia exige, antes que un tuit furioso, o una declaración airada, la valentía de pensar contra uno mismo. Como escribió desde Lecumberri: “la verdad no es bondadosa ni cruel, simplemente es verdad, y hay que soportarla como se soporta una quemadura en la piel, sin gritar”. En tiempos de agitación y gritería, de triquitraques convencidos hasta el último cheque, de autonombrados puros y duros, esa quemadura es nuestra única brújula.